Cuando la Televisión se apaga
Ariel González Jiménez
Las épocas de crisis política o económica se antojan buenas para la televisión. Eso es por lo menos lo que a
primera vista uno tiende a suponer: los paisajes fatigosos y desesperantes de la realidad
se distorsionan u olvidan a través de la pantalla chica. Si los ministros
renuncian, sintonizar un programa de concursos; si la bolsa cae, qué mejor
que una telenovela; si el desempleo se hace crónico, ver películas toda la tarde (de todos los días).
Para mi sorpresa, sin embargo, la televisión argentina no parece ser el refugio
in crescendo de la distracción ciudadana. Son tiempos difíciles para este país, pero aquí no se cumple la
hipótesis de que la gente pasa trances de esta naturaleza sentada más
horas frente al televisor. No más horas, precisemos, que el año pasado, cuando
las cosas no marchaban tan mal.
Un informe del diario La
Nación indica que hay medio millón menos de
espectadores. No es una cifra que suene tan catastrófica, pero ante el
espectáculo televisivo casi nunca se habla de cifras a la baja. No por lo menos para
el conjunto de televisoras.
Este descenso se explica en el
informe citado a partir de varios factores. El primero y más importante sería la
caída de 20% en la publicidad, una tendencia que se mantendrá durante el 2001.
Otro factor que se apunta es la
"ansiedad generada por la aparición de nuevos protagonistas", es decir, el
cambio de propietarios y directivos en las principales televisoras, los cuales prefieren
concentrar sus energías y presupuestos en estrellas y famosos que sostengan los niveles de audiencia.
Pero estos factores no explican con suficiente claridad
por qué los argentinos están apagando el televisor.
La reducción publicitaria no se traduce automáticamente en
menor calidad; menos aún la competencia, que se
supone más bien fuente de toda clase de inspiraciones para el medio. Lo
que parece estar en el fondo es una crisis
añeja y compleja que involucra diagnósticos inadecuados en la definición
del televidente argentino, falta de compromiso empresarial y concepciones arcaicas del quehacer televisivo.
El principal abandono lo está sufriendo la televisión abierta. Según datos de Ibope que cita
La Nación, "si se compara septiembre de 2000 con el mismo mes de 1999, resulta que más de medio millón de televidentes
560 mil abandonó la tv abierta en el horario
de 19 a 24 horas. En esa misma franja se observa que 360 mil
espectadores se fueron al cable".
Argentina es el país con más
cablevidentes en América Latina (52% de su población está conectada). Es ahí
donde se han refugiado quienes no han desertado totalmente de la tv y donde el escape del aburrimiento tiene su
última oportunidad. Y aunque no todo es miel sobre
hojuelas entre los usuarios y proveedores de cable y
de televisión satelital es claro que estos servicios se expanden gracias a las carencias
y poca calidad de una televisión de aire
que ni siquiera llega a todo el país.
No es difícil saber por qué HBO o E!
Entertainment resultan más atractivos que algunos de los canales
argentinos (al igual que en otros lados), pero lo que toca revisar a las televisoras de aire incluso si solamente quieren
defender sus ganancias es qué ofrecen las producciones locales de cable que ellas pudieran retomar y desarrollar.
Ariel González Jiménez colabora en Milenio Diario. Radica en Buenos Aires.