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¿Un final feliz para un comienzo dramático?

Sufrimos mucho. Imagínate cómo estaríamos el primer día, buscando los carteles que no estaban en ningún lado, buscando avisos en los diarios -no había ninguno-, buscando en el canal del subterráneo de Barcelona que no daba nunca la publicidad nuestra ni pensaba darla jamás. ¿Quién demonios iba a ir? Sin embargo, la gente fue.

Una concurrencia que excedió en mucho la colonia argentina.

La mayoría eran argentinos. Pero, todos llevaban -como quien lleva un alimento no perecedero-, un catalán. Casi todos habían tenido la precaución de llevar un amigo catalán para introducirlo, un poco de prepo, en ese pequeño mundo que es el programa. Algunos habrán quedado perplejos, a otros les habrá gustado. La respuesta fue muy buena. Predominaba la emoción de los argentinos. Incluso el programa que, letra por letra, parecía como cualquier otro, resultó melancólico, emocionante para quienes lo veían. Había gente que reía y luego lloriqueaban. Nosotros no podíamos participar del todo de esa emoción, la veíamos lunarmente, nos emocionábamos con la emoción del otro, pero nuestra emoción no era la misma. Porque para los otros era la patria que volvía, la que habían dejado atrás. Nosotros sabíamos que a la semana siguiente íbamos a regresar.

Hablamos mucho del infierno, mintamos un rato el paraíso. ¿Cómo lo imaginas?

En el cielo que sueño, me veo saliendo con mis amigos más queridos de la Universidad de Salamanca. Don Miguel de Unamuno acaba de darnos clase. Caminamos por un sendero arbolado. A cada instante nos saludan señoritas maravillosas. Una de ellas nos invita a una fiesta para esa misma noche. Entre los invitados está el hermano Platón, el hermano Shakespeare, el hermano Oscar Wilde, el hermano Miguel Ángel. En la noche anterior habíamos visto cantar a Carlos Gardel.

¿Tu paraíso está más relacionado con los huéspedes que con su escenografía?

El paraíso no lo es por sus características geográficas. No hace falta ríos de miel, ni lagunas doradas ni palmeras ni playas caribeñas. Basta con que no nos molesten, y podamos encontrarnos con todos nuestros parientes muertos, y con todas las mujeres que pasaron por nuestra vida. Las que fueron y las que no fueron. El paraíso es el amor y, según se ve, el arte también, que no es sino otra forma del amor.

¿Hubo lecturas decisivas en tu vida?

Sí. Cuando leí el Adán Buenosayres -de Leopoldo Marechal-, sufrí una especie de desmayo intelectual. Fue sorprendente en un grado imposible de referir ahora. Fue casi como una invitación de empezar todo de nuevo. Esa fue una lectura que, como dijo Sábato, produjo en mí una modificación tal que terminé siendo otro tipo después de leerlo. Otro libro fundamental es Del sentimiento trágico de la vida. Quizá no es un libro extraordinario -yo creo que sí lo es-, pero más que una cuestión artística está la tragedia del hombre que va a morir y que no quiere morirse. El hombre que por su eno me conocimiento de la ciencia, la filosofía, la filología, tiene una gran dificultad para creer pero que, sin embargo, necesita creer. Es una lucha impresionante entre el deseo y la verdad, nada menos. El hombre que desea algo en lo cual su inteligencia le impide creer. El tercer autor que nombraría es Borges, particularmente el Borges de Ficciones.

¿Eres disciplinado para escribir?

Trato de serlo pero no lo soy. Sin embargo, en este último libro he hecho un descubrimiento: sujeto a una disciplina los resultados fueron mejores y no peores como yo sospechaba. Yo siempre me engañaba diciendo que era inútil obligarse uno a escribir durante ocho horas, porque los resultados iban a ser menesterosos. En realidad, mucho peores eran los resultados de la pereza o de la ocurrencia repentina. Resulta ser que la ocurre cia repentina siempre tiene algún defecto en el que no habíamos pensado. En cambio, lo que sobreviene después de ocho horas de trabajo generalmente es riguroso.

¿Cómo te llevas con el mundo del tango?

Estuvimos invitados a la Cumbre Mundial del Tango de Sevilla y al Festival de Tango de Granada. A decir verdad, el gremio del tango resultó poroso conmigo, pero los inconvenientes son otros. El tango ha ido perfilando, desde hace muchos años, un estereotipo que lo primero que hace es negarse a sí mismo como estereotipo. Que parece que viene a sustituir una época estereotipada, pero que en realidad viene a reemplazar los varios estereotipos que había por uno sólo.

¿Cuál sería ese estereotipo?

Una especie de continuidad de la genial obra de Astor Piazzolla, pero amansada al gusto más burgués y más turístico. Hay que cantar y tocar así. Si uno canta y toca así, no importa que lo haga mal, se dirá que lo hace bien. Si uno no canta ni toca así, no importa si lo hace bien, de algún modo se lo expulsará hacia regiones de extramuros. A mí me han tratado maravillosamente desde el punto de vista mundano y hasta del punto de vista artístico, pero me aplaudirían mucho más si yo cantara "Como dos extraños" haciéndome malasangre.

¿Qué visión tienes de la Argentina actual?

Creo que seguimos en el infierno, pero es un infierno imperfecto. Es decir, este infierno tiene la posibilidad de alguna esperanza. Para decirlo de un modo menos metafórico, me simpatiza mucho más Kirchner que otros gobiernos que conocí. Su gestión tiene muchos defectos, sectores que no funcionan bien pero, principalmente, hay una energía bienhechora que prevalece.



Docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cátedra de Filosofía del Derecho.
sergiomarelli@uolsinectics.com.ar





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