Sergio Marelli / Alejandro Dolina
Su primer libro, Crónicas del ángel
gris, lleva vendido más de medio millón de ejemplares. Es autor de la
opereta Lo que me costó el amor de
Laura, en la que participó con Ernesto Sábato, Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa,
Les Luthiers y Sandro. Su programa de radio
-La venganza será terrible- desde hace 30 años es el más escuchado
en Argentina, en horario de 0 a 2 hrs. Con este humorista que lleva escrito en el fondo de su espíritu la más
melancólica de las certezas y en cuya voz reverbera el brillo trágico de vivir, conversamos largamente. Lo que sigue, son
algunos tramos de esa charla.
Parece ser que el infierno es un lugar que conoces bastante bien, primero el "Atlas del infierno", que
escribiste para El libro del fantasma, ahora,
Bar del infierno. ¿Qué es lo que te atrae tanto de un lugar tan poco hospitalario?
Me parece que son los sitios menos hospitalarios los que más despiertan ciertas curiosidades quizá un
poco patológicas. Cuando chico yo quería que me contaran los cuentos más infernales. Cuando me hablaban de
La divina comedia, pensaba en el infierno. Y no me faltaba razón, a Dante le salió mucho mejor el Infierno que el
Purgatorio o el Paraíso. El artista romántico elige casi siempre como material de trabajo los lugares infernales y, mejor
todavía, los estados de ánimo infernales. Después de todo, un arte de descripción de la felicidad sería anodino.
El infierno que describes en tu libro, es un infierno que curiosamente se parece mucho a este mundo, a esta vida.
Lo primero que da en pensar es que a lo mejor ya estamos en el infierno y todas las preguntas que nos
hacemos acerca del sentido de nuestra vida son perfectamente inútiles, porque a lo mejor nuestra vida ya ha sido, y éste no
es sino el residuo de lo que hemos sido, y ya estamos condenados en el infierno. Si se trata de alegorizar, otra cosa
que uno puede pensar, es creer que después de todo el infierno no necesite una justificación, y que hasta sería más
eficaz y doloroso, si no proviniera de nuestros errores y pecados sino, simplemente, de un destino ciego y un poco
estúpido. Porque la pena duele más si es injusta. Enseguida comprendemos que este infierno que vivimos, este mundo
tiene ese agregado respecto del infierno tradicional, no cumple ningún propósito moral, nos suceden las cosas no
porque las merecemos sino porque sí, y eso es terrible.
Si bien en el libro hay mucho humor, la conclusión a la que se llega es de una melancolía aplastante: no
hay salida.
Es un libro áspero, evidentemente. No hay salida. Salvo algunas insuficientes esperanzas que, después de todo,
es lo que tenemos en este mundo en que vivimos. Por ejemplo, las paredes del bar son de cartón. Quiere decir que, a
lo mejor, derribarlas depende de nuestra decisión. La otra insuficiente esperanza es la del cuento llamado
"Respuesta", donde un personaje, el conde Soderini, habla del amor.
¿Qué dice?
Dice que sólo existe el amor. Las otras cosas nobles apenas sirven para dignificarlo. El amor impulsa al artista
a buscar los lenguajes que expresan la belleza. El amor impulsa al héroe a retemplarse en el riesgo. Y el amor es
la respuesta al indagador de secretos, porque es la explicación de todos los misterios.
Esa sola convicción alcanza para dar significado a la existencia toda.
Sí, aunque el personaje, recordando haber sido abandonado, percibiendo el desprecio irremediable, la
humillación y el insulto de los pasos de la mujer que amó alejándose, describe al amor como algo enteramente
desdichado. También en la obra se señala que en el infierno hay momentos de una cierta dicha, algún encuentro hay, son
efímeros y hasta falsos, pero en ciertas ocasiones un encuentro falso y otro verdadero no son distinta cosa.
¿Lo trágico puede ser hondamente bello?
Después de todo, los griegos, que era un pueblo que sabía disfrutar, inventaron la tragedia para disfrutar
inclusive del dolor.
Bar del infierno, quiso ser, además de un libro, un programa de televisión. Digo "quiso ser" porque parece
que hubo otros que decidieron que no siguiera siendo. ¿Qué balance haces de esa experienci televisiva?
Buenísimo. Estoy mucho más contento de haber hecho ese programa que tuvo que ser interrumpido por falta
de dinero, que de algunas otras cosas que he hecho en la televisión misma y que tuvieron más suerte económica, que
me permitían ganarme la vida, por ejemplo. Fue una experiencia muy breve, realizada en los arrabales del horario y
del dial, en el canal de recursos más humildes. No hice en televisión otra cosa más digna que esa. Además, vino
a suceder que, por haberse interrumpido ese programa, fue posible este libro en la forma que tiene ahora. La
anécdota que envuelve los relatos, el ámbito en el que se desarrollan -ese bar sin salida-, finalmente es una idea que nació
en la televisión. Claro que el libro tiene un desarrollo enteramente independiente, casi no hay una línea igual a lo que era el programa, salvo la descripción del foro donde suceden las cosas.
¿Qué mirada tienes sobre la televisión argentina actual?
Comparándola con otras, es de las mejores. Creo que es lo único bueno que se puede decir de ella. Me parece
que la televisión hace un daño muy grande. No sólo por la baja calidad de casi todos los programas, sino porque ejerce
-no sólo en Argentina, sino en todas partes-, una influencia tal sobre la gente que termina desalojando los hábitos
de pensamiento. Hay personas que pasan mucho tiempo mirando la televisión. La penetración que el medio tiene
sobre el pensamiento general de la población, es muy superior a la que imaginó Orwell en
1984. Ahora el Gran Hermano está presente en todas partes de un modo mucho más eficaz del que soñó Orwell. Asimismo, produce la
decadencia de algunos espíritus que en la juventud han sido pícaros, beligerantes o cínicos -en la medida que cinismo es
rastrear el desatino-. Esos espíritus son capturados, y hay personas de 50 años que ya parecen seniles, repitiendo
insensatamente lo que oyen por allí.
¿Y qué se oye por televisión?
Lo que se oye por televisión configura una especie de descripción falsa de la realidad, un perverso realismo
que no refleja lo que ocurre sino cualquier otra cosa. Voy a poner un ejemplo para que se entienda bien qué clase de
daño, qué clase de ideología puede prohijar la televisión. Pensemos en un canal de noticias que está al aire las 24
horas. Evidentemente, ya por su diseño la programación tiene que ser redundante, tiene la necesidad de enfatizar.
Imaginemos un asalto a un kiosquero. Un asalto a un kiosquero en un canal de noticias, va seis o siete veces por día. La
manera en que la televisión encara esta noticia consiste en acercar una cámara y pedir una opinión a la víctima, o al tipo
que estaba parado en la esquina. Y el tipo de la esquina editorializa, no testimonia. Y dice que los asaltos a los
kiosqueros se producen porque evidentemente no hay vigilantes. Si eso se repite muchas veces por día, uno tiene la sensación
de que la primera necesidad de la población son los vigilantes, y en todo el día, no habrá alguien que diga que, a
lo mejor, los demasiados asaltos a los kiosqueros provengan de la pobreza. Quiere decir que ese aparente realismo
de la televisión esconde una perversa literatura fantástica, que está describiendo una realidad que no es y
proponiendo soluciones que no son. Encontrarse con recursos estúpidos a cada minuto finalmente lo transforman a uno en estúpido.
¿La televisión, entonces, contribuye a esta degradación moral generalizada?
Indudablemente, una degradación moral generalizada, que se puede advertir hasta en hechos mínimos. Uno ve
la televisión y capta que la gente no tiene la suficiente autoestima como para evitar mostrarse tan miserable como
es. Nadie tiene temor al escándalo y a escandalizar en todos los sentidos, empezando por el sentido en que usaba
esa palabra el Cristo: "Ay del que escandalizare a un niño". Metafóricamente o no: ¡Ojo con bajarse los
pantalones delante de un chico! Eso es moneda corriente. Reina la mezquindad sin límites. No hay territorio sagrado.
La degradación moral probablemente sea hija de las dificultades económicas, pero produce una sensación
más íntimamente trágica. Estamos viviendo una crisis moral casi imposible de creer. Uno no puede menos que
preguntarse ¿hasta qué punto no estaré participando de esa degradación?
¿Desde los medios pueden inducirse a comportamientos sociales más humanos?
Yo tengo toda la sensación de que hay una pequeña trampa -que a lo mejor es lícita-, que los medios hacen
con respecto a las conductas bondadosas. Siempre hay un anzuelo. Y no estoy hablando exactamente de un premio.
El anzuelo es hijo de la degradación moral: es el deseo de exhibirse aun cuando esto implique el publicar sus
entrañas. La gente es capaz de dar limosna no más que por aparecer dos minutos en televisión. Y participa de
campañas solidarias, siempre y cuando estas campañas presenten, siquiera, una remota posibilidad de aparecer en la
televisión. La gente no quiere ayudar al prójimo sino aparecer en la tele. Pero si ambas cosas van juntas, si hemos descubierto un resorte, por ahí está bien utilizarlo. Quienes organizan esas "cruzadas solidarias" no pierden el sueño por la
suerte del prójimo, quizá también ellos han descubierto que tienen su "premio" bajo la forma del dinero, la popularidad
o el prestigio. Si esas carnadas sirven para inducir a cierto grado de bondad, quizá no estén del todo mal.
¿La radio sigue siendo tu ámbito preferido?
En realidad, no. Nosotros estamos en radio de casualidad. ¿Quién sabe si el nuestro es un programa de
radio? Después de todo, estamos en un lugar con público, no seguimos mucho los códigos radiales. A lo mejor lo nuestro
es una especie de humildísimo café concert, una gestión payadoril que por casualidad se transmite por radio.
Debo decir que a mí me gustaría mucho hacer televisión. Pero, si el precio por hacer televisión es tratar de sumarme a
la estética y la ética que profesa la televisión actual, yo diría que no soy capaz de sostenerla. No sólo porque no
quiero, sino porque seguramente no puedo, no tengo esas destrezas, podría agregar, cínicamente, por suerte. Si eso es
televisión yo no sé hacerlo, y tienen razón los que no me llaman.
Después de tantos años de hacer radio, ¿no llegas, a veces, con las ganas percudidas? ¿la rutina no amenaza
al placer? ¿o la radio sigue siendo una amante a la que cada noche le sigues descubriendo encantos nuevos?
Salvo algunas circunstancias muy especiales, que tienen que ver con dificultades que el mismo trabajo produce
a veces; pongamos por caso, dificultad para encontrar un lugar, restricciones por razones de seguridad,
problemas técnicos; salvo esas circunstancias extraordinarias, el trabajo viene a convertirse en un episodio diario que yo
necesito, que me hace bien y que es una suerte de diversión. Cierto que repetir una gestión durante mucho tiempo
puede percudir, pero creo que hay que tener una cierta sabiduría que consiste en ir haciendo modificaciones, no
cataclísmicas ni repentinas, sino continuas e imperceptibles, incluso para quien las hace. La mejor garantía para eso es
estudiar, tratar de aprender nuevas destrezas, nuevos conocimientos para poder contar historias que nunca contaste antes
o, mejor aún, poder ver la historia que contaste antes con unos ojos más agudos. Eso es modificar el programa
mucho más que cambiar la cortina, el orden de las secciones, cambiar el horario o poner una locutora nueva.
¿Cómo fue la experiencia de hacer el programa de radio en Barcelona?
Todo lo que se nos había prometido, en cuanto a logística, publicidad, facilidades técnicas, no se cumplió.
Radio Continental, por ingenuidad, cayó en manos de una radio trucha (clandestina). La persona que prometió
empapelar Barcelona no puso ni un afiche. Pero el último día había mil personas afuera. Entonces, pensamos que era
preferible que hubiera fracasado la logística y el público hubiera ido, que lo contrario, encontrarnos con un mecanismo
aceitado, con la Cadena SER a nuestros pies, y que nadie se hubiera interesado. Tan curiosa fue la experiencia que, a
una semana de nuestro regreso, Continental fue comprada por la Cadena SER. Habiéndose enterado de nuestras
andanzas y malandanzas en Barcelona, la cadena resolvió que volvamos allí -y a Madrid-, en septiembre.