Antonio Tabucchi
Sus altezas reales, miembros del jurado, señoras y señores:
Quisiera agradecerles vivamente la concesión de este premio. Es para mí un gran honor, en efecto, recibir
este ilustre reconocimiento de la Asociación de Periodistas Europeos, dedicado a la memoria de Francisco Cerecedo,
que tanto contribuyó a la libertad de palabra en un momento en que su país tenía especial necesidad de ella. Recibo
este premio, entre otras razones, y cito textualmente las palabras de la motivación, "por mantener el vigor de la
palabra libre en un momento en que -como señala el Parlamento Europeo- una excesiva concentración de medios
de comunicación resulta inquietante y limita el debate democrático".
La libertad de palabra es algo directamente proporcional a la democracia. Típico de todo totalitarismo es el
control de la información y el sometimiento de la palabra libre. Bien lo saben dos países como Italia y España, a los
que les tocó vivir dos larguísimos periodos de dictadura.
Hoy, nuestra Europa es una vasta comunión de países en los que la palabra libre, la información libre, son
la esencia misma de los valores democráticos en los que la Carta europea se basa. Con la clamorosa excepción
de Italia. Podrá decirse que en Italia no están en vigor leyes especiales sobre la libertad de opinión y que la libertad de información está asegurada. Es cierto, pero sólo formalmente. Porque, a diferencia del pasado, en nuestros
días ya no es necesario vigilar y censurar la información: basta con comprarla. Es lo que ha ocurrido con los medios
de comunicación italianos, que, en más de un ochenta por ciento, pertenecen a una sola persona, el hombre más rico
de Europa, un multimillonario de cuya fortuna no se conocen los orígenes. Y la persona que posee casi la totalidad de
la información italiana no es un ciudadano privado, una persona cualquiera, sino que ocupa un alto cargo político, el
de presidente del gobierno. Además, no estamos hablando de un industrial del ramo del automóvil o del propietario
de una cadena de comida rápida, sino de alguien que obtiene sus ganancias gracias a la información, porque no sólo
la posee, sino que la produce. A aumentar este antidemocrático conflicto de intereses se añade hoy el control férreo
que el jefe del gobierno ejerce sobre la RAI, la televisión pública de mi país. Control que le ha permitido acciones
que resultarían inconcebibles en otros países democráticos: uso personal del medio público, despidos de periodistas
mal vistos, cierres arbitrarios de programas críticos, propaganda descarada, noticiarios domesticados, hagiografías de
su propia figura...
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Es de estos mismos días la noticia de otro grave ataque a la libertad de prensa en Italia. El Senado acaba
de recuperar una ley que estuvo en vigor durante la Segunda Guerra Mundial, según la cual a los periodistas les
está prohibido difundir noticias acerca de las operaciones o los desplazamientos de las tropas italianas enviadas
al extranjero. Es una ley de guerra para un país que en guerra no está, pero que sin embargo ha enviado tropas a Irak
por iniciativa del ministro de Defensa, sin el beneplácito del Parlamento. Tal envío ha sido denominado "Misión
de Paz". Pues bien, los periodistas italianos ya no podrán dar cuentas a los ciudadanos italianos de lo que los
soldados italianos hacen en Irak. La pena prevista puede alcanzar los 20 años de cárcel. Pero atención: esta ley, vieja y
nueva a la vez, prevé también la prohibición de realizar propaganda en favor de la paz, porque "los pacifistas", durante
la Segunda Guerra Mundial, eran considerados "derrotistas". Uno de los primeros artículos de la constitución
italiana reza así: "Italia es un país que repudia la guerra". Sin embargo, podría suceder que, de ahora en adelante,
hacer ondear la bandera de la paz sea considerado en Italia un delito que conlleve el arresto.
El problema de la limitación y del control de la información libre, devorada y sustituida por una
información propagandística feroz y servil, no puede ser confinado entre los muros de un país, al que mirar acaso con
distracción o con conmiseración benévola. Atañe a toda Europa, porque esa información de propaganda que está devorando
la información libre no es inocua, sino un cauce, definitivamente a cielo abierto, de las oscuras ideologías que
marcaron Italia durante dos décadas de dominio fascista y que constituyen la negación de los principios sobre los que
nuestra Europa se funda. En 1938 lord Chamberlain volvió de una "visita" a la Alemania nacional-socialista asegurando a Europa que no había nada que temer. Llevaba consigo un paraguas. A toro pasado, después de todo aquello que
la Historia ha vivido, quisiera interpretar metafóricamente aquel paraguas como las defensas inmunitarias de
la democracia, con las que la Europa libre de entonces contaba. Pero Chamberlain no abrió su paraguas, se limitó
a utilizarlo como bastón de paseo. Si Europa, una vez más, no sabe abrir el paraguas de Chamberlain, antes o
después una lluvia de escorias empapará la Carta de sus principios y éstos acabarán por hacerse ilegibles.
La mía es una lúcida preocupación, siento como deber propio manifestarla y lo hago con plena conciencia. Pero
es sobre todo un llamamiento. Urgente y necesario.