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Sergio Marelli  Círculos


 El Estado no debe controlar a los medios,
 tampoco los medios deben controlar al Estado



 Sergio Marelli



En los turbulentos años 60, Marshall Mc Luhan acuñó su célebre frase "El medio es el mensaje", empujando a los científicos sociales a perderse en la polvareda de una discusión teórica no saldada hasta la fecha.

Cuarenta años después, debiéramos tener una perspectiva crítica que nos ayude a desentrañar qué ha ocurrido con los medios, con el poder de la información. ¿"La aldea global" es la geografía de nuestro tiempo o es sólo un embeleco utópico para disfrute de unos pocos habitantes virtuales? Esa pregunta, a caballo entre la crítica y el homenaje, es el punto de partida para desplegar las siguientes reflexiones.

¿Dónde estamos?

"¡Qué ciegos estamos en medio de tanta luz!", confió Rousseau en una carta dirigida a D'Alembert. "¿Dónde estamos?", podríamos continuar urgiendo nosotros, ante las trizas de la utopía tecnotrónica que luego de firmar la defunción de la "era del vapor" prometía llevarnos por un camino recto, indetenible y ascendente, elevando de manera permanente la calidad de vida de las sociedades con posibilidades de crecer a su sombra. No sólo la filosofía positivista alimentaba ese luminoso equívoco, según Armand Mattelart, mucho antes de la revolución de la microelectrónica, los anarquistas cifraban buena parte de sus esperanzas en el desarrollo de los medios de comunicación. "Los anarquistas ­dice Mattelart­ pensaban que la invención de la electricidad y las redes ­no en términos comunicacionales­ llevaría a una era neotécnica superadora de las condiciones de vida de las concentraciones urbanas iniciales". Mc Luhan sería, en algún sentido, un heredero del anarquismo, aunque Mattelart considera necesario efectuar algunas precisiones: "Sin duda, una fuente de inspiración de Mc Luhan ­lo dice en La Galaxia Gutenberg­, es el pensamiento anarquista. El problema con Mc Luhan es que el pensamiento anarquista se diluye en un pensamiento que está muy marcado por el determinismo técnico. La virtud de Mc Luhan fue recordar que no se puede analizar solamente el contenido ­como diría Foucault, el dispositivo técnico­, sino también todo el contexto".

Mc Luhan, el optimista

Mc Luhan, sin duda, fue un precursor. Alguien que veía en el desarrollo tecnológico la portentosa posibilidad de establecer las verdaderas bases para un diálogo universal. "Si la naturaleza del hombre es el lenguaje", la comunicación con el otro sería más una fatalidad que una elección. La capacidad de comunicación interhumana fue potenciada geométricamente por la imprenta ­"la primera línea de montaje de la historia"­ que hizo posible la automatización de las copias y aceleró prodigiosamente la circulación del libro. De allí en más, los saltos cualitativos que la técnica hizo dar a la comunicación formaron en su pensamiento la convicción incontrastable que desde los mass-media podría armarse una comunidad mundial. Ese determinismo técnico se entronca con un neocartesianismo que somete a un proceso de corrosión permanente lo que hasta entonces eran verdades santificadas por las instituciones. "El medio o el proceso de nuestro tiempo ­la tecnología electrónica­ reforma y reestructura los modelos de la interdependencia social y cada aspecto de nuestra vida personal. Nos fuerza a reconocer y revaluar prácticamente cada pensamiento, cada acción, cada institución finalmente dadas por sentadas". Esa concepción implicaba, necesariamente, la necesidad de incidir transformadoramente sobre la realidad: "Nos damos cuenta ahora de la posibilidad de arreglar el entorno humano como una obra de arte, como una máquina diseñada para maximizar la percepción y hacer del aprendizaje de cada día un proceso de descubrimiento". El filósofo católico Theillard de Chardin, en los años 30, auguraba que el telégrafo y el teléfono iban a ser los instrumentos con los cuales se iba a cincelar el ideal de la comunidad integrada por medio de la comunicación. El teletipo ­pariente aventajado del telégrafo y la máquina de escribir­, a partir de su fecha de nacimiento (1913), sacude enérgicamente la morosa gimnasia periodística, al enviar a los periódicos las noticias impresas y preformateadas, con la posibilidad suplementaria de titulación a gusto del receptor. Se celebraban los fastos de lo que Touraine definió como "sociedad informacional" ­superadora de la sociedad industrial­, en la que el periodismo surfeando los gigantescos saltos de la técnica, conocería distintos modos de presentación y nuevos códigos de señales. "Si el teléfono acortó la frase, la radio acortó la noticia, la televisión introdujo una nueva forma de hacer periodismo". Esa frase ­que no pasa de ser una seca descripción de un fenómeno muy primario­ fue escrita con la entonación de un himno, rubricando la celebración de lo que Mc Luhan entendía como la cartografía de "la aldea global".

Este optimismo avasallante, tuvo un aguafiesta avant la lettre, un agorero purísimo ­amado por Ralph Emerson y Walt Whitman­, Henry Thoreau, quien en Walden o la vida en los bosques, en 1854, denunció que el vértigo de la tecnolatría enceguece sin alumbrar, siendo uno de sus horizontes posibles el de ensanchar el universo y estrechar el espíritu: "Nos damos mucha prisa para construir un telégrafo entre Maine y Texas, pero Maine y Texas, tal vez, no tienen nada importante que decirse... Estamos anhelando un camino debajo del Atlántico para acercar en unas semanas el Viejo Mundo al Nuevo, pero quizá una de las primeras noticias que llegue al amplio y agitado oído americano será que la princesa Adelaida tiene la tos convulsa".

La mirada de Mattelart

No es necesario informar a los lectores de esta revista que Armand Mattelart es uno de los más grandes expertos mundiales en materia de comunicación y medios, ni el orgullo que significa saber que forma parte del Consejo Editorial de etcétera alguien que se ha dedicado con tanta precisión al estudio de los mecanismos de dominación social a través de los medios masivos de difusión. Porque quien escribiera junto a Ariel Dorfman, Para leer al Pato Donald, ha sabido desmontar, con la infinita sapiencia de un relojero, el etéreo tablado de las revistas infantiles construido sobre los cimientos de la ideología más regresiva.

Dicho lo anterior, veamos cuál es el pensamiento que este teórico belga tiene acerca de la eufórica saga cientificista personificada en Marshall Mc Luhan, Teillard de Chardin y Manuel Castells: "Caen en un determinismo técnico que les hace olvidar que el mal uso de las tecnologías se deciden en un contexto político, donde la contradicción histórica entre el capital y el trabajo sigue intacta y donde prevalecen los intereses de los propietarios del capital". De esa manera estalla en pedazos la cristalería tecnicista-comunicacional que pretende una sociedad global sin centro ni jerarquías, una "red" que sólo existe en su enredada retórica. "Esa concepción está totalmente negada por la realidad, en ese sentido, el 11 de septiembre fue clarísimo. Todas las historias que planteaban la desaparición de los Estados-nación, se cayeron porque finalmente hay un repunte de la necesidad del Estado y la globalización de un tipo de Estado a partir de la ideología de la seguridad".

Esto, en manera alguna, puede interpretarse como una puesta entre paréntesis, como un "aislamiento profiláctico" de toda la masa de recursos que la técnica puso al alcance de la comunicación. Por el contrario, el desafío de la época es iniciar un proceso crítico de apropiación de la tecnología. Dice Mattelart: "Pienso, justamente, que Internet se demostró una herramienta fundamental para el intercambio entre científicos, incluso adentro de una comunidad. Yo no concibo más mi trabajo intelectual, desde fines de los años 80, sin una computadora. Que no vengan a decir los críticos del tecnosistema mundial que somos tecnócratas. Es un deber la apropiación de la tecnología, a condición de no participar en la mitología de vamos a abrir todos los bancos de datos del mundo y va a haber un acceso universal a la información. El gran problema de la tecno-ideología es hacer pensar en volver al planteamiento de la sociología difusionista de la modernización, en las virtudes del mito de la tecnología redentora. Hay que plantearse antropológicamente lo que significa la entrada de estas tecnologías en nuestras maneras de construir el saber y difundirlo. Eso es parte del gran debate democrático que nos debemos".

A dos voces

Recientemente se pudo ver en Canal 7 ­el canal estatal argentino­, un diálogo entre Armand Mattelart y el sociólogo argentino Atilio Borón. El siguiente párrafo es una transcripción de uno de sus tramos, cuya atingencia con el tema de esta nota, me exime de toda justificación:

"Atilio Borón: A mí me sorprende el supuesto ingenuo de que los medios de comunicación de masas y el acceso a las redes y a Internet, y a todo lo que es la radiotelefonía de la comunicación, prácticamente no reconoce segmentaciones en el planeta. Cuando uno empieza a estudiar algunas estadísticas muy elementales, se encuentra, por ejemplo, que en Estados Unidos hay 700 televisores por cada mil habitantes, en tanto, en el África negra subsahariana no llega a los 50 televisores por cada mil habitantes, con lo cual la idea de una comunidad formada a partir de los medios de comunicación se derrumba a partir de esa contradicción exhibida en la mera materialidad.

Armand Mattelart: Yo tuve la oportunidad de mirar los archivos de la revolución francesa, cuando inauguraron el primer telégrafo ­el telégrafo óptico­, la primera vez que se utilizó un código moderno, con frases. Los discursos, tanto de los políticos como de los científicos, apuntaban a que íbamos a encontrar el medio de reconstruir el ágora, la democracia ateniense, porque cada uno iba a poder conectarse ­de manera casi instantánea­, para hacer conocer su voluntad a la comunidad. Este mito de la comunicación como camino directo a la democracia despega con la Modernidad. Los dos anclajes de este mito son: la imprenta y el camino. Ahí se percibe el paralelismo entre autopista de la información y caminos, hay mucha similitud. Es increíble los discursos del Antiguo Régimen y los primeros economistas ­los fisiócratas, por ejemplo­, prometiendo la liberación de la economía, la profecía de las sociedades libres haciendo circular el flujo de riquezas. El mito de que todo lo que permite la movilidad de las ideas tiende a resolver los problemas de la democracia.

Borón: Hay alguna potencialidad democratizadora, de todas maneras, en este desarrollo de los medios. Lo digo pensando en la experiencia del zapatismo, y la articulación del zapatismo, a nivel internacional, gracias al uso de esas tecnologías. Pero, ¿hasta dónde se puede llegar en esa dirección?

Mattelart: Los medios de comunicación han conectado pueblos, en ese sentido han reforzado la conciencia de la necesidad de un vínculo mundial. Primero local, nacional, luego internacional. El gran problema es que los progresos en comunicación han permitido conectar a la gente, pero han construido, también, nuevas segregaciones entre la gente y la economía.

Borón: En ese sentido uno podría decir que hay una posibilidad de que eso se convierta en un instrumento de liberación pero que chocan en este momento con el altísimo grado de concentración monopólica que tienen esos medios. Son pocas las ramas de la economía mundial que tienen tal nivel de concentración.

Mattelart: El problema de este determinismo técnico que pregona que por este camino vamos a llegar a la democracia, no tiene en cuenta que la tecnología es un artefacto social, que los usos de la tecnología dependen de los humanos organizados. La novedad es que hoy hay una toma de conciencia de la necesidad de apropiarse de las tecnologías. De allí la importancia de plantearse políticas públicas en materia de comunicación e industrias culturales. Hoy se puede decir que hay una socialización en la toma de conciencia de que los sistemas de comunicación son decisivos para pensar una nueva sociedad."

Lo mismo pero distinto

Los hogares de los incluidos en el sistema experimentaron cambios profundos en el acceso al mundo de la comunicación, contribuyendo a la robinsoniana construcción de una "cueva aterciopelada": televisión por cable, computadoras, DirecTV, CD, teléfonía digital, DVD, videojuegos, Internet. Todo un universo de posibilidades disponibles para generar en los sujetos la presumida impresión de estar on line con el mundo. Eso ha establecido nuevos parámetros para categorizar las conductas humanas. Ya no se trata de fuertes y débiles, sino de rápidos y lentos. Dice Juan Pablo Ramírez Cortez ­docente de la Universidad Pontificia Bolivariana­: "En Colombia una persona puede leer los principales diarios del día siguiente desde las 11:30 de la noche anterior. ¡No hay que levantarse temprano para escuchar la radio o buscar los periódicos impresos! Desde la noche anterior ya están publicados en la red".

Ahora bien, de qué sirve ese arsenal de posibilidades, esa velocidad de acceso a la información, esa "superstición" adoradora de la razón instrumental y cientificista, si una y mil veces, a través de una y mil voces, se cuenta siempre el mismo cuento, la misma cuerda se pulsa, y es la única ­y por única, falaz­ campana que se escucha hasta la saciedad, hasta la sordera de empujarnos a la confusión de creer que hemos visto y escuchado todo lo que sobre este mundo había para ver y escuchar. De esa manera, quien no lo hace como activo cómplice, colabora con su pasividad a que "la cultura única" barra con todo tipo de respeto al derecho a la diferencia cultural, asfixie las voces disidentes, impide lo que Herbert Schiller llama la "información socialmente necesaria" que radica en la posibilidad de reinformar al país y a sus habitantes sobre sí mismos, en síntesis, de rescatar al hombre de un universo informático cuyo vértigo sólo reclama su pasiva contemplación desde la privacidad del hogar.

Podría ser distinto

Es imposible transformar la realidad si previamente no se la conoce en profundidad. Es indispensable multiplicar los ámbitos de discusión y debate. Sólo en America Latina hay 700 facultades de Comunicación. Pero los espacios reflexivos no deben circunscribirse al ámbito académico. Deben instalarse en el corazón mismo de la sociedad, en el escenario central de sus preocupaciones, porque hace a la calidad de su supervivencia, al derrotero de sus preocupaciones, a la viabilidad de sus proyectos. El Estado debe ir al frente de esta batalla de ideas, porque si bien el Estado no debe controlar a los medios de difusión, tampoco los medios de difusión deben controlar al Estado. Los mass media funcionan como un poder ideológico que permite una penetración ideológica en el tejido social con la que ni soñaron Goebbels o Stalin, y que ni siquiera fue prevista en su alcance actual por el imaginativo Mc Luhan. Como recientemente dijo Ignacio Ramonet, esta furia monopolizadora que encarna el Poder Mediático, sólo puede ser contrarrestada democráticamente con la creación de un "contrapoder" que nazca de las preocupaciones de la gente urgida por la necesidad de conocer su verdadera situación en el mundo, único modo de emprender la transformación de su realidad cotidiana.


Sergio Marelli es docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cátedra de Filosofía del Derecho.
sergiomarelli@uolsinectics.com.ar

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