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Leduc, en efecto, existe

El genio nos revela a un clásico y a la vez un "renegado" de la poesía mexicana; la figura contiene los rasgos de un temperamento que fue leyenda en vida. Ahora, con la publicación de su Obra literaria en la serie Letras mexicanas -remedio a su dispersión editorial-, Renato Leduc aguarda a sus nuevos lectores, tal vez en contra de su incredulidad ante cualquier consagración literaria ("No haremos obra perdurable /. No tenemos de la mosca la voluntad tenaz").

Personaje del siglo XX mexicano, autor de una obra poética no por breve menos intensa, Renato Leduc -en efecto, y de acuerdo con José Alvarado-; fue un poeta que renegó de sus dones indudables, aunque buena parte de su fama se debe precisamente a sus versos. Con el paso del tiempo, Renato hablaría de sus poemas como simples "pendejadas de juventud", aun cuando publicó cerca de los setenta años su última incursión en el género, Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles (1963).

Los rasgos distintivos de su vena poética se extendieron a lo mejor de sus ensayos, narrativa y periodismo: por ejemplo, el desparpajo, la antisolemnidad, la amenidad, el sentido paródico, la ironía, el sarcasmo, el humor irreverente, el tono coloquial que no descarta el gusto por las formas clásicas y las referencias cultas, aunados a la visión de un culto dandy de arrabal en tránsito constante por la vida callejera; el amor, la belleza o cualquier otra idealización romántica son desacralizadas ­en el último estertor del cisne modernista­ y la salida procaz y sorpresiva prueba ser infalible.

Intentó la novela, con dividendos menos perdurables. A su regreso de Europa y la noche de nazismo, el columnista y periodista político en que Renato se convirtió reclamaría su tiempo; de esa etapa ­miles de artículos escritos desde la urgencia del momento­ nada perdura en esta Obra literaria.

"Cada mañana Leduc inaugura una leyenda y cada noche la deja morir", escribe José Alvarado en su semblanza titulada "¿Existe Renato Leduc?". Modelo insuperable del "arte de vivir", conversador espléndido, manantial de anécdotas en mesas múltiples de restaurantes y cantinas, Renato, entre los círculos expansivos de amigos y lectores ­todas o casi todas las celebridades, pero también desheredados y gente común­, subsiste con ese brillo singular en la memoria de sus contemporáneos. La paradoja sería que el periodismo y el estilo personal ampliaron los márgenes de la leyenda en vida, mientras que la poesía ­contra su voluntad explícita­ habrá de sostener su permanencia.


Renato Leduc, Obra literaria, prólogo de Carlos Monsiváis, compilación e introducción de Edith Negrín, Letras Mexicanas, FCE, México, 2001, 752 pp.


Roberto Diego Ortega

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Del ojo a la red

La historia del conocimiento de divide en tres etapas, señala Raffaele Simone (profesor de Lingüística en la Universidad de Roma) en La tercera fase, texto que aborda el recorrido que ha tenido el saber: de la lectura a la cultura audiovisual. El autor especifica que la primera fase coincidió con el invento de la escritura; la segunda comienza con el invento de la imprenta, y la tercera arrancó en los últimos 15 o 20 años del siglo XX con la masificación de la tv y la irrupción de la computadora, principalmente, "la cantidad de cosas que sabemos porque las hemos leído en alguna parte es mucho menor que hace treinta años. Sabemos muchísimas cosas que en realidad nunca hemos leído en ninguna parte, y mucho menos en los libros: las hemos podido simplemente 'ver' ­en la televisión, en el cine, en un periódico...­ o quizá la hayamos leído con una forma especial de lectura en la pantalla de un ordenador".

Simone precisa que, en la actualidad, el sentido mismo de la palabra leer es más amplio que hace dos décadas: ya no se leen sólo cosas escritas y la lectura de éstas dejó de ser el único y el principal canal utilizado para adquirir conocimiento e información. La tercera fase ha sido puesta en marcha por la aparición de la informática y la telemática, producto del desarrollo de los mass media. Así, el libro ya no es el emblema único, y quizá ni siquiera el principal del saber y la cultura. Con las nuevas modalidades de conocimiento posiblemente se lleguen a activar nuevos módulos o nuevas funciones de la mente. El libro describe cómo se ha pasado de la segunda a la tercera fase de la historia del conocimiento e insiste en las formas de conocimiento que se están perdiendo.

Simone establece que los tipos de conocimientos que circulan en la tercera fase están menos articulados y son menos sutiles y hasta pueden prescindir de su apoyo en formulaciones verbales. Este hecho ha llevado a algunos a mantener que, en el paso del siglo XX al XXI, se ha producido una degradación cualitativa del saber general, mientras que quizá sólo haya cambiado su naturaleza.


Raffaele Simone, La tercera fase. Formas de saber que estamos perdiendo, Taurus, España, 2001, 165 pp.

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Visconti, ascenso a la belleza


Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, es uno de los grandes modelos de adaptación literaria al cine, "aunque el interés de la película está en el hecho de que no pretende ser una somera y banal adaptación al uso, sino la recreación de un mundo, el que plasma Thomas Mann a lo largo de sus obras, que coincide con el ideario estético de Visconti", dice Jaume Radigales en el libro homónimo donde realiza un estudio crítico de esta adaptación de la novela de Mann. La película de Visconti, filmada en 1971, es desmenuzada analíticamente por Radigales (Barcelona, 1969, doctor en Historia del arte y profesor de Estética y de Lenguaje Musical en la Universitat Ramon Llull) que ubica al lector desde el contexto cinematográfico italiano y la obra de este cineasta nacido en Milán (sus orígenes aristocráticos y sus influencias literarias: Proust y Mann, principalmente). Se incluye un estudio crítico (precisiones metodológicas, sinopsis de la cinta, el proceso de filmación, análisis del contenido por tomas y escenas, el encuentro con la belleza), para finalizar con la ficha técnica y artística de la película, su filmografía y bibliografía.

Radigales señala que "en Muerte en Venecia Aschenbach (personaje central) anda en busca de la belleza como síntoma de autoconocimiento en medio de una atmósfera putrefacta y que se hunde en sí misma... y que asiste al 'espectáculo' de una clase ociosa que no parece enterarse de que en el 'entorno inmediato' se encuentra la propia clave que pueda explicar su declive".

Jaume Radigales precisa que en Muerte en Venecia no puede decirse que haya un divorcio entre cine y literatura: la adaptación del relato del escritor alemán más que de "literalidad" cabe hablar de transliteralidad, pues el cineasta trabajó no a partir de Mann sino a través de éste. Una de las conclusiones a las que arriba el autor es que en esta película sintetiza no sólo la novela sino gran parte del ideario estético del escritor.


Jaume Radigales, Luchino Visconti. Muerte en Venecia, Paidós, España, 2001, 145 pp.
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