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Iván de la Torre  El Santo Oficio de la memoria


 Crónicas de la mirada indiscreta

 Iván de la Torre




Hacia el final de Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano cita a Blas Otero: "No dejan ver lo que escribo, porque escribo lo que veo". Galeano interpreta y cuenta su Latinoamérica incorporando a la historia "oficial" el material que diarios y revistas le ofrecen día a día: nada parece desvinculado en ese azulejo que pone la mirada indiscreta de quien ve para contar, y oye para no callarse nada ­ni pasado ni presente­ mientras sueña un futuro.

Las venas... fue perseguida, quemada y prohibida y Galeano terminó exiliado mientras el libro seguía su camino, escondido en pañales o viajando a lomo de mulas para internarse en el desierto peruano o en la aridez chilena, dispuesto a contar su historia de abusos y maltratos. La edición de 1998 hace notar que el libro tiene casi 30 años y la misma cantidad de reediciones.

Siempre atada, comprimida, censurada en tiempos de mala democracia, perseguida por dictaduras, atacada, desmembrada en pedacitos minúsculos y crecida en mentiras, la verdad suele ser un rumor escapándose a duras penas de sus censores. En 1972, mientras trabajaba como editor de Panorama, Tomás Eloy Martínez recibió un cable: 19 guerrilleros habían muerto al intentar fugarse del penal de Trelew. Desconfiando, publicó un recuadro desmintiendo la versión oficial: "... la sangre de Trelew puede cerrar el camino a la democracia que el gobierno ha prometido".

El capitán de navío Emilio Massera exigió el despido de Martínez y su nombre entró a las listas negras. Sin trabajo ni apoyo, Martínez viajó al pueblo y reconstruyó la verdadera historia en La pasión según Trelew (1974).

Como sucedió con Martínez, los hechos sorprendieron a un escritor y periodista sentado en el bar donde jugaba al ajedrez. Una calurosa noche de 1956, Rodolfo Walsh escuchó una premonitoria serie de disparos y fue a ver qué pasaba, cuando llegó a la plaza sus compañeros habían desaparecido y frente a su casa vio a un recluta morir gritando "no me dejen solo, hijos de puta".

En plena "revolución libertadora", Walsh contó cómo una decena de civiles ­la mayoría inocentes­ fueron capturados y fusilados en los basurales de León Suárez sin juicio ni lógica después del levantamiento del general Valle para devolverle el poder a Perón: en un año, Walsh encuentra a siete sobrevivientes ­la mayoría con balas en el cuerpo, en la cara, en el cuello­ que coinciden en describir una fuga demencial en la madrugada.

Foto: Marcelo Montesino/
Con sangre en el ojo
Walsh comienza Operación masacre contando la gesta de la historia: "La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata". Para investigar se convierte en Francisco Freyre, se muda al Tigre, carga una pistola "entretanto la gran divinidad de la picana y sus metralletas empieza a tronar desde La Plata. En el diarito trabajaba un periodista con las mismas iniciales pero en otro orden: J. W. R.".

El 24 de marzo de 1977, de regreso en Argentina y ya en la clandestinidad, envía su "Carta abierta de un escritor a la junta militar" y a los principales medios del país que no la publican; el 25 "desaparece" en manos de un grupo de tareas.

"La censura de prensa, la persecución de intelectuales, el allanamiento de mi casa en Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado como escritor y periodista durante casi treinta años", comienza la carta.

Como siempre, la historia de la infamia se mueve en círculos extraños, late en diarios viejos, en recuerdos ajenos, en memorias enterradas, hasta tomar forma y color y estallar. En tiempos peligrosos, con dictaduras y asesinos sueltos, la verdad se vuelve un animal fantástico al que nadie ha visto pero todos persiguen: en 1969, Osvaldo Bayer investiga para Todo es historia la masacre de un grupo de huelguistas en la Patagonia en 1917 por obra y gracia del teniente coronel Héctor Varela.

En 1974, cuando el cuarto tomo va a salir, Bayer entra en las listas negras de la Triple A y el volumen se atrasa hasta 1978, cuando lo publican en Alemania escrito en español. Dos años antes, ve cómo un grupo de militares entra a una librería y tira sus libros sobre la caja de camión para llevarlos, imagina, al gran quemadero donde arde buena parte de la memoria argentina.

Los cuatro tomos de La Patagonia rebelde ­Los bandoleros, La masacre, Humillados y ofendidos y El vindicador­, incomodan porque vuelven del pasado para denunciar cómo un grupo de peones rurales fue asesinado al pedir mínimas comodidades sanitarias. "Debo confesar que cuando inicié la investigación, a fines de los 60, mi intención era que, sobre la base de hechos trágicos, aprendiéramos todos y nunca más se repitieran represiones sangrientas de movimientos de humildes que exigían más dignidad y justicia. Pero se siguieron usando las armas como en un principio". 30 años después, Bayer repitió el discurso que aún sostenía frente a él uno de los oficiales de Varela: "Para comprender el porqué de los fusilamientos en la Patagonia tiene que ser militar. A nosotros se nos ordenó solucionar el problema de cualquier manera. Y cumplimos con la orden. No podíamos volver a Buenos Aires y decir: Señor Presidente, nos dio lástima esa gente. No: lo que valía era la solución absoluta del problema. Y nosotros lo solucionamos. Nunca más, durante cincuenta años, hubo huelgas en el Sur".

Desde la Guerra de Crimea (Rusia, 1854-1856), momento en que los diarios y revistas decidieron enviar redactores y dibujantes a cubrir revoluciones, hasta 1999 ­150 años mediante­ murieron en promedio diez periodistas por año.

Antes de Crimea, los periodistas eran asesinados por investigar escándalos de corrupción o denunciar líderes políticos. Ese asesinato ritual desapareció hasta las dictaduras latinoamericanas de los años 60 y 70. En la Segunda Guerra Mundial murieron 72 corresponsales internacionales. Las dos décadas siguientes tuvieron ocho periodistas muertos por año en lugares tan lejanos como peligrosos: Corea, el conflicto argelino, el mayo francés y la Guerra de los Siete Días. En los 80 el promedio de muertos era de 30 por año, en 1989 la cifra ascendía a 52. Para 1991 ya eran 92. Actualmente el valor dobla el de hace dos décadas. Estados Unidos encabeza la lista con 269 corresponsales caídos, sigue Argentina con 104, Colombia con 71, Argelia con 64, Filipinas con 60, Chile con 53, Guatemala con 51 y Perú con 33. Haití cierra la lista con siete.

24 años antes, la compañía de Seguros Hellmers informaba: "El periodismo es el oficio más peligroso del mundo".

Alejada de cualquier lista donde figure el primer mundo, Sudamérica logra acortar distancias gracias a su amor por la pólvora y el cuchillo: de 104 periodistas argentinos asesinados, 94% cayó durante el último gobierno militar. Alfredo Astiz, capitán de la marina argentina, declaró dos décadas después ser "el hombre mejor preparado técnicamente, en ese país, para matar a un político o a un periodista".

En Colombia, Álvaro Dussán Niño debió exiliarse luego de denunciar públicamente a las FARC por el asesinato del parlamentario Diego Turbay Cote y su madre, Inés Cote de Turbay, el 29 de diciembre de 2000.

Omar O. García Garzón contó en La Nación (2/VI/2002) uno de esos encuentros: "Mi jefe, José Duviel Vásquez Arias, y yo nos dirigíamos a las 7:30 de la mañana de ese día hacia nuestros sitios de residencia. En esas circunstancias fuimos interceptados por un hombre que nos esperaba en una intersección de parada obligatoria. Allí nos disparó en repetidas ocasiones".

La pelea entre los que cuentan las noticias y los que imponen silencio sigue en saldo permanentemente rojo: "El criterio independiente de los dueños de medios de comunicación y de los periodistas colombianos que trabajamos en ellos, así como cualquier posición crítica ante los actos de corrupción y el conflicto armado, se ha convertido en una amenaza tanto para los políticos corruptos como para los cuerpos armados del Estado, estimulando la intolerancia y la intensidad de la guerra interna. (...) Guillermo León Agudelo fue ajusticiado en su propia casa por tres individuos que se filtraron en la misma. (...) En el caso de Abad López, al parecer, las FARC ordenaron su asesinato luego de que el periodista en un espacio emitido los miércoles, en el que se le daba la oportunidad de opinar a la ciudadanía, puso como tema de discusión si el gobierno debía prorrogar o no el plazo sobre las negociaciones en la zona de despeje, consulta en la que se obtuvo más del 90% de negativa por parte de los participantes en el tema".

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) denunció en septiembre de 2001 "numerosas irregularidades en nuevas investigaciones sobre crímenes contra periodistas cometidos en Brasil, Bolivia y Colombia". Los casos apuntaban al periodista brasileño Mario Eugenio Rafael de Oliveira, asesinado en Brasilia el 11 de noviembre de 1984: casi 20 años después, el crimen sigue sin resolverse y el asesino continúa cómodamente prófugo. A Amparo Leonor Jiménez, asesinada el 11 de agosto de 1998, con el autor identificado y detenido... por otro delito. A Juan Carlos Encina, periodista boliviano muerto el 29 de julio del 2001 en circunstancias confusas.

Latinoamérica sigue creando cotos de caza y preparando cazadores cada vez más jóvenes. En Medellín, Colombia, funcionan escuelas donde adolescentes de 15 años se preparan para matar. En Brasil según Isto é (20/V/1998), la vida de un juez vale 500 dólares y la de un abogado, 400; ese precio también puede ser el de un periodista.

Apenas un mes antes, un informe del diario Folha de Sao Paulo contaba que los políticos brasileños controlan una de cada cuatro concesiones para operar canales de televisión privados, a pesar de la legislación que prohíbe que personas en ejercicio de cargos públicos participen en la administración de emisoras de radio y televisión. 59 de las 250 empresas televisivas no estatales de Brasil están en manos de hombres y mujeres relacionados con la política.

En Perú, los Crousillat, accionistas mayores de América Televisión, fueron grabados aceptando 620 mil dólares para poner su canal al servicio de la reelección de Fujimori; Ernesto Shultz, dueño de otra emisora fue detenido en Argentina tras haber recibido 350 mil dólares de Vladimiro Montesinos.

El 5 de enero de 1895 comenzó el conflicto más famoso entre el poder y la prensa, cuando el único oficial judío del Estado Mayor francés fue acusado de espía. Alfred Dreyfus sufrió degradación, corte marcial y condena e inauguró el ex leprosario de la Isla del Diablo. Basándose en la historia, Franz Kafka escribió En la colonia penitenciaria y El proceso. Mucho antes un grupo de artistas había comenzado una campaña para liberar a Dreyfus: el Yo acuso de Émile Zola estalló en los periódicos junto a un manifiesto donde se alineaban Marcel Proust, Anatole France y Andre Gide. Finalmente Dreyfus fue liberado y el nuevo siglo aceptó la definición de los intelectuales como luchadores públicos que utilizaban la arena de los medios para dar aire a sus ideas.

Katherine Graham, propietaria de The Washington Post, habilitó a los periodistas del Watergate cuando le preguntó a Bernstein, uno de los artífices del caso, "'¿Cuándo va a salir a la luz toda la verdad sobre Nixon?'. Le contesté que nunca, que la gente de Nixon era tan buena y habilidosa para ocultar información e intimidar a los demás que la verdad nunca se sabría. '¿Nunca? ­repitió ella con firmeza­. No me digan nunca. Ustedes deben contarnos qué pasó y por qué. Usen todos sus recursos y los recursos del diario para averiguarlo, para tener la historia completa'".

El Watergate actualizó el caso Dreyfus: el poder oficial enfrentado a la prensa mientras la verdad subía peldaño a peldaño hasta alcanzar al Presidente y su grupo de "fontaneros", especialistas que habían regado de micrófonos la Casa Blanca hasta ser descubiertos y detenidos invadiendo el hotel Watergate, donde se celebraba la Convención Demócrata.

Luego de una serie de presiones, el propio Nixon renunció.

La verdad suele ser un objeto precioso al que hay que mantener alejado del público, la censura (estatal o privada) funciona entonces como vidrio protector y manto de terciopelo ­o plomo­ con el cual cubrir problemas.

Escrito en los meses anteriores al atentado de las Torres Gemelas, Estúpidos hombres blancos apareció el 10 de septiembre, pero nació prematuro y durmió el sueño de los justos en un almacén.

Las lúgubres fantasías de Kafka sobre un poder omnívoro sin antídoto ni razón, inmerso en burocracia atrapó otra víctima: Michael Moore soportó las presiones de la editorial que exigía reescribir el libro y devolver los 100 mil dólares de adelanto mientras la presidenta de Regan-Books se negaba a regresarle las llamadas y su editor le informaba que si no cedía el libro iba camino a convertirse en papel picado.

El 1 de diciembre de 2001, en una reunión para leer fragmentos de su libro anterior, Moore contó su experiencia y una bibliotecaria de Nueva Jersey llamada Ann Sparanese escribió una carta a sus amigos bibliotecarios y pidió a todos que exigieran se pusiera en venta el libro.

El Publisher's Weekly, alertado por las inmensas olas levantadas por los bibliotecarios, entrevistó a Moore quien contó toda la historia. La editorial decidió terminar el juego: se venderían los 50 mil ejemplares originales pero ni uno más. No habría promoción y la gira de presentación se limitaría a tres ciudades. Estúpidos hombres blancos no se mencionó en ningún medio y una cadena de librerías se negó a recibir a Moore por razones de seguridad.

Moore contó a través de Internet lo sucedido: las idas y venidas, la frustración y la persecución de un libro que había nacido maldito: "En esta nueva era de represión, las palabras se antojaban tan peligrosas como terroristas y pedía a los lectores que compraran el libro para no dejar que quedaran sepultadas". Estúpidos hombres blancos se convirtió en el libro más vendido de Amazon.com y trepó hasta el primer puesto de best-sellers de The New York Times.

Hasta 1952, Borges había envuelto sus puñales envenenados hacia Perón en relatos de interminables laberintos, asfixiantes desiertos y hombres resignados esperando su muerte en pensiones suburbanas. Otras inquisiciones, en 1952, abre con una reflexión sobre el emperador chino Shih Huang Ti, famoso por construir la Gran Muralla y quemar todos los libros anteriores a él. Borges entendió el mensaje implícito en ambos gestos y se lo tradujó al propio Perón en una sola frase: "Shih Huang Ti quería que la historia empezara con él".

Muchos han repetido la historia, mucho se ha repetido la historia de entonces a ahora.


Iván de la Torre estudia en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Pampa, Argentina.
Correo: helliconiaa@yahoo.com.ar

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