I
A los 30 años de edad, Martín Bermúdez Palacios esgrimía excelentes razones para creerse un hombre
de éxito: socio importante de los estudios de grabación y doblaje Venus Melody, donde además le
consideraban un productor certero, había comprado recientemente un coche deportivo y un departamento en la
colonia Condesa; por si fuese poca su mucha suerte, acababa de conquistar por méritos propios el corazón de
Mary Wharton, una atractiva neoyorquina, cantante de coro, que algunos baladistas de moda contrataban a
menudo, no tanto por su voz de cisne (en verdad singular) sino más bien por despampanante belleza.
La única zona oscura de la vida de Martín Bermúdez quedaba en el pasado, bien sepultada bajo
orgullos recientes. Sin embargo, él había conseguido no rascar esas heridas familiares y sólo parecía interesado
en seguir adelante con su plan de ser feliz. Por eso se sintió tan incómodo cuando aquel miércoles de
noviembre, al mediodía, volvió a llamarlo el licenciado Carreras, abogado de San Lucas de los Pinos, para recordarle
que debía ocuparse cuanto antes de la herencia que le había testamentado su difunto abuelo Lucio Bermúdez,
pues existía el riesgo de perderlo todo si desatendía ese tercer aviso legal.
"Qué cansado me tiene el tal Carreras... Llama cada miércoles y siempre con la misma cantaleta...
Dime, mujer: ¡qué hago yo con una farmacia de supositorios en San Lucas de los Pinos!", exclamó Martín y dio
un puñetazo en la consola de sonido: "No me dejan ni olvidar".
La pragmática Mary Wharton se encargó de convencerlo con un beso y un consejo telegrafiado: "No
olvides, amor, mejor aprende a recordar. Vende la farmacia. El dinero es gran medicina. Te acompaño. No tengo
nada mejor que hacer en dos semanas. Tú tampoco tienes nada mejor que dejarte acompañar".
Ese mismo día, Martín Bermúdez arregló sus pendientes de trabajo y pidió unas cortas vacaciones a su
socio y amigo Eliseo Alberto. El jueves, a media mañana, Martín partió en su coche hacia San Lucas de los Pinos,
sin muchas ilusiones pero en la grata compañía de Mary Wharton. Llegó al pueblo al atardecer, veinticinco
horas después. Pasaron sin detenerse por frente al cenizo cementerio de las afueras, y por un lateral del Cuartel
de Bomberos, mas Martín sólo detuvo la marcha al reconocer con el rabillo del ojo la fachada de la vieja
"Farmacia Bermúdez", oscura como un mausoleo abandonado.
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Foto: René Mayoral Zuloaga |
Los cuatro o cinco recuerdos que él guardaba de su niñez comenzaban a despabilarse poco a poco, pero
aún estaban tan borrosos que apenas pudo apelar a ellos cuando Mary Wharton le preguntó por sus padres y
el famoso abuelo Lucio: "Mis padres murieron en un temblor, hace años y en este pueblo. Me salvé de
milagro. Abuelo era un hombre que olía a alcanfor", dijo Martín. "Todo apesta a fantasma en San Lucas de los
Pinos", comentó Mary Wharton al abrir la puerta de la habitación que habían conseguido en un hotelito del
zócalo. Una suite primitiva con vista a la calle. "Huele feo pero es bonito. Me gusta", comentó la Mary Wharton y
respiró profundo. Martín se tiró sobre la cama, todavía vestido: "No mames, vieja", dijo un segundo antes de
estirar los huesos de su esqueleto para sacudirse el cansancio de la manejada. Desde el balconcillo del cuarto,
Mary Wharton comenzó a tararear un tema de Madonna: su voz de cisne durmió a Martín que vino a despertar
a las diez de la mañana de ese viernes complicado, el más complicado viernes de su vida. También el último.
II
Al mediodía, el licenciado Carreras los recibió en su oficina, y sin mucho protocolo entregó al heredero
una carpeta con documentos "listos para firma". Lejos de lo que Martín había alucinado durante la
travesía, Carreras no era un leguleyo malgenioso sino un viejo parlanchín que, entre elogios a la bella Mary
Wharton, se ofreció para ayudar en cuanto hiciera falta. "Te pareces mucho al loco de tu padre. Tienes su porte",
dijo al brindarles dos caballitos de tequila que Martín desdeñó. "La doctora Teresa Fábregas tiene las llaves de
la farmacia... Tu farmacia, claro", añadió Carreras al despedirse y le dio un papel: "Te apunté la dirección de
su casa, frente al Cuartel de Bomberos. Ahí encuentras a Teresa... o lo que va quedando de ella. ¡Ah!, qué vieja...".
"Consultorio Dental. Dr. Fábregas", se leía en el vidrio de la puerta. Teresa los estaba esperando en la
entrada. "Carreritas me llamó y me dijo. Ya está aquí el profesor Beltrán. Pasen...". Martín no quiso demorar
demasiado aquella escala obligatoria, y le pidió las llaves. El profesor Beltrán se quejaba de una caries. Llevaba un
parche negro sobre el ojo izquierdo. Cuando Teresa le entregó la pata de conejo que hacía las veces de llavero,
Martín tuvo la impresión de que a la mujer le temblaban las manos.
"Entras por la puerta del fondo, una pintada de rojo. La llave grande, es la de esa puerta... La pequeñita
abre el candado del estudio, en la segunda planta", dijo Teresa: "La farmacia debe estar hecha un desastre. Por
los gatos, ¿sabes? Yo les dejo comida en el patio, pero ya sabes cómo son los gatos: gatos". Según el caótico monólogo de Teresa, el caserón de la farmacia se había agrietado con el temblor que sacudió San Lucas de
los Pinos "y se llevó a tus padres, que en Gloria estén", dijo Teresa: "Nunca ha vuelto a temblar, gracias a
Dios. Me hubiera gustado recoger un poco, pero apenas tengo tiempo... Eso sí, limpié hace días la segunda
planta... Lástima no haber sabido antes de tu llegada, Martincito... Perdón que te diga Martincito... Te vi nacer. ¿No
se acuerda de Martincito, profesor? ¡Híjole, usted no se acuerda de nada!". Teresa forzó una sonrisa: "No
sólo es tuerto, también es sordo", reveló con un guiño de ojo. "Gracias", fue lo único que Martín pudo decir.
Las campanas de la iglesia repicaron el mediodía.
III
Cuatro gatos salieron corriendo como prisioneros en fuga cuando Martín Bermúdez abrió a empujones
la puerta de la farmacia. "¿También te heredan los gatos, cariño?", dijo Mary Wharton y apretó el
interruptor eléctrico. Al cabo de una pausa que a ambos les pareció interminable, una serpentina de bombillas iluminó
la estancia, sacándole chispas a los frascos ambarinos de las repisas, entre los hilos de las telas de arañas.
Sobre el recio mostrador de caoba, Mary Wharton descubrió los espinazos de tres guachinangos. En la pared
del fondo, dos cicatrices de cemento crudo cubrían las rajaduras del viejo temblor: en el techo, descascarado
de cal, también podían descubrirse huellas de la sacudida. Los alambiques aún atesoraban líquidos densos. En
una esquina, había una bicicleta con una cesta metálica y un cartel estampado en letras de oro: "Servicios
a domicilio. Farmacia Bermúdez, Telf. 84295". Una cortina cerraba el paso al almacén del fondo, un sitio
repleto de cajas de cartón y damajuanas de mimbre. Y una escalera de caracol conducía hacia el piso superior,
donde quedaba el área residencial: una sala comedor, un dormitorio y una segunda recámara, cerrada con
candado: el estudio de Lucio. De pronto, Mary Wharton empezó e estornudar:
"Soy alérgica a la acetona", dijo.
"¡Esto es una locura, carajo!", exclamó Martín y el eco le devolvió la queja. Al descubrir la resonancia de
las paredes, Mary Wharton comenzó a cantar un tema de Britney Spears: su voz y sus estornudos se
multiplicaban hasta alcanzar la ilusión de que todo un coro de cisnes acatarrados repetía el rock, haciendo tintinear
las ampolletas de vidrio. A las tres de la tarde, debilitada por el hambre y la alergia, Mary Wharton se
declaró derrotada y dijo a Martín que se iba caminando hasta el hotel: "Tranquilo, amor, tómate tu tiempo. El
aroma de la acetona me mata, por eso jamás llevo las uñas pintadas. Nos vemos al rato".
IV
Ya a solas, Martín Bermúdez comenzó a recorrer aquellos escenarios de su pasado. Ante la caja
contadora, tarareó un acoplado repique de campanillas y jaló la palanca lateral, con lo cual comprobó que la memoria
tiene resortes muy particulares porque el aparato repitió la tonadita al echar afuera la charola del dinero, como
un anciano al que se le bota la dentadura postiza. Luego, echó un ojo al polvoriento almacén y decidió subir a
la segunda planta por la escalera de caracol que en un escalón le pareció debilitada. En el área residencial
todo estaba limpio, los muebles, los estantes de libros, los cuadros en la pared, el piso. Teresa Valdivia hacía bien
su trabajo. Lo primero que Martín vio en la sala fue una foto de Lucio, a la moda de su juventud, enmarcada
en un óvalo de cedro reluciente. No era la clásica imagen del adulto respetable, de cuidada estampa y
recio empaque, sino la de un hombre sonriente, con barba descuidada, despeinado, que trae puesta una
camisa florida, tropical, y la lleva abierta hasta medio pecho con la misma hidalguía que otro caballero portaría
un esmoquin de etiqueta.
En la recámara, también inmaculada, había una cama con respaldar de hierro y dos mesas de noche
repletas de fotos familiares. Martín reparó especialmente en la fotografía de un niño de cinco años escoltado por
dos jóvenes (Martín y sus difuntos padres), y los tres abrazados por los poderosos brazos del abuelo Lucio. El
padre de Martín es un joven con bigote fino, a lo Jorge Negrete; la madre, una muchacha de trenzas, a lo Dolores
del Río. Martín dejó la foto en la mesita de noche y recorrió con la vista el lugar para así descubrir entre frascos
de fragancias, tres cráneos de maniquí cubiertos con máscaras de luchador. La de la derecha reproducía la
cabeza de un pájaro; la de la izquierda, la cara de un orangután (a la manera de King Kong) y la del centro, sin
duda, era una réplica de la máscara plateada que usaba el justiciero Santo.
Martín Bermúdez iba de bajada por la escalera de caracol cuando se acordó del estudio. Pata de conejo
en mano (símbolo de buena o mala suerte), regresó sobre sus pasos y, luego de un segundo de vacilación,
abrió el candado con la segunda llavecita. La puerta daba a un salón rectangular, amplio, totalmente oscurecido
con cortinas de lona negra. La luz que entraba por la rendija guió a Martín hasta las cuerdas del cortinaje.
Tropezó con algún mueble. Tiró de las cuerdas. Un potente resplandor invadió la estancia. Martín quedó
deslumbrado: al centro del salón, había cuatro filas de cinco sillas de tijera cada una, perfectamente alineadas; al fondo,
sobre un escritorio de madera, un proyector de cine y dos carretes vacíos en las bobinas. En la pared de
enfrente colgaba una pantalla de dos metros y medio de ancho por un metro y medio de alto, de superficie
arenosa. Detrás del escritorio, y desde el techo hasta el suelo, había una estantería. Martín se acercó y descubrió una colección de la revista Mecánica
Popular (años cincuentas y sesentas) encuadernada en pasta dura, varios
libros de técnica fotográfica y un mapa de San Lucas de los Pinos garabateado en círculos rojos. Dos puertecillas
de rejilla cerraban lo que parecía un pequeño nicho. Martín tuvo que esforzarse para abrirlas, pues las
bisagras debían haberse oxidado con el tiempo; en el tercer o cuarto intento, a punto de darse por vencido,
las puertecillas cedieron y con la sacudida cayeron al suelo unas diez latas de películas de ocho milímetros,
en aparatoso estruendo. Algunas se abrieron con el impacto, y varios carretes rodaron de punta a punta del
salón, cruzando sobre la duela un desordenado tejido de celuloide.
V
El proyector hacía un ruido de ruedas dentadas. Contra la pantalla granulada se estampa una vista
"aérea" de San Lucas de los Pinos, en blanco y negro, filmada desde el campanario de la iglesia. Sobre los techos a
dos aguas, de tejas, y las tendederas de ropas y los palomares de madera y los escombros de las
construcciones inconclusas se imprime el siguiente cartel: "La muerte visita San Lucas de los Pinos". El celuloide tiene
arañazos, marcas del tiempo. Un coche negro atraviesa frente al cenizo cementerio de las afueras. Por montaje, el
coche pasa cerca del Cuartel de Bomberos y toma a la derecha al llegar al zócalo del pueblo...
Martín Bermúdez contempla las escenas, sentado en una de las sillas de tijera del salón. Sonríe. La
escena sucede en la farmacia. De pronto su expresión se contrae. Acababa de reconocer a su madre, por las
trenzas: sin duda, era aquella señora que besa a un luchador. El gladiador esconde su identidad bajo aquella
misma máscara con cabeza de pájaro. Es un beso apasionado, interminable, resuelto en un primer plano de
pasional inocencia. En la barra del antro, un cantinero (el profesor Beltrán en persona, irreconocible si no fuera por
el parche en el ojo izquierdo) limpia unas copas con un paño, sin prestar mucha atención a los
fervorosos enamorados. Al término de la escena, el luchador se arranca la máscara, mira fijamente a cámara y se alisa
el bigote a lo Pedro Infante. Martín lo supo enseguida: era su padre pero también era él, Martín Bermúdez
Palacios, con la misma camisa florida, tropical que el abuelo Lucio lleva abierta hasta medio pecho en la foto de
la recámara del abuelo. El (digamos) actor no desvía su mirada del lente, en consecuencia con su papel "de
hombre duro", hasta que no puede más y estalla en una silente pero contagiosa carcajada. La mano de un niño
entra a cuadro y, con sus dedos índice y del medio, indica el corte de la toma, como una tijera. En ese
preciso momento, comenzó a temblar en San Lucas de los Pinos
Ocho horas después, Mary Wharton regresó a la farmacia y encontró abierta la puerta del exterior. La
roja. Recorrió la estancia (los gatos dormían sobre el mostrador, junto a la caja contadora), subió la escalera y
se detuvo, al igual que Martín, ante la imagen del señor con camisa tropical, enmarcada en un óvalo de
cedro. Luego anduvo por la recámara del abuelo, curioseando. Entonces, un ruidito de ruedas dentadas llamó
su atención. Siguió el rastro del sonido hasta llegar a una segunda recámara. Entró. Un rayo atravesaba el
salón, como la luz de un faro. Martín Bermúdez yacía bajo una viga del techo, único puntal que se había
desprendido con el reciente temblor. Mary Wharton se sentó a su lado. En una pantalla de pared se proyectaba una
escena cursi, naif, pésimamente filmada: Martín Bermúdez se abraza a ella, a Mary Wharton, y dice mirando a
cámara este enigmático parlamento: "Me siento una mosca en la tela de una araña". Números, códigos. Cola negra.
VI
Martín Bermúdez nunca regresó de su viaje. Se le da por desaparecido. Es un misterio más o un misterio menos, quién sabe. Por cierto, tampoco se ha vuelto a ver a Mary Wharton en los estudios Venus Melody, pero Eliseo Alberto, el socio de Martín Bermúdez, asegura haberla reconocido en un cortometraje poco publicitado de Luis Buñuel, en verdad apenas un ejercicio de puesta en escena que el gran director debe haber filmado allá por el año 1929. Ella, sin duda es ella, se ve al fondo de la toma, vestida totalmente de negro, y parece fumar de una boquilla. Conocedores de la obra del gran cineasta, suponen que deben ser trozos sueltos de un proyecto que, en sus diarios, menciona varias veces bajo el título improbable de "La muerte. Apuntes de su visita a San Lucas de los Pinos". En ningún mapa de México aparece un pueblo con ese nombre. Hoy por hoy, lo que más preocupa a los amigos de Martín Bermúdez es quién escribió esta reseña, pues según se desprende de su lectura, no hubo testigos de su muerte.