Enfoque conservador en la
mayoría de los medios españoles
Ludolfo Paramio
El debate sobre la guerra contra Irak ha sorprendido a los medios de comunicación españoles en un
momento político delicado: Aznar no será ya candidato por voluntad propia en las elecciones generales de 2004, y
la decisión sobre quién será su sucesor, que el propio Aznar se reserva sin ningún rubor como
competencia exclusiva, aún no se ha hecho pública.
De hecho, la idea parece ser mantener la incógnita hasta octubre, un propósito que comienza a parecer
difícil de aceptar para sectores empresariales a los que esta incertidumbre, añadida a las muchas que
proporciona el contexto internacional, resulta crecientemente insostenible.
 |
Fotos: El País |
Pero además, paralelamente, Aznar ha comenzado a cometer algunos errores que pueden ser fatales a
su partido en las próximas elecciones. El primero de ellos fue la celebración con un fasto institucional
inadecuado de la boda de su hija Ana, en grave contradicción con la imagen que Aznar había siempre intentado
subrayar de hombre sencillo de clase media. La discreta pero perceptible incomodidad de los dirigentes y
simpatizantes del Partido Popular apuntaba una creciente sospecha: que el presidente del gobierno español había
perdido el sentido de la realidad.
Esta sospecha se veía acrecentada por algunas iniciativas políticas de alto riesgo, que Aznar impulsó
consciente de la oportunidad excepcional que le brindaba disponer de una mayoría absoluta en el Congreso desde
las elecciones de 2000. La reforma de la educación secundaria y la introducción de una nueva ley de
universidades enfrentaron al gobierno con la totalidad de estas últimas y con los estudiantes y los principales sindicatos
de ambas. Para redondear la faena, el ministro de Trabajo, persona tradicionalmente prudente, anunció
una reforma del sistema de desempleo que provocó una generalizada protesta sindical. La tajante respuesta
del gobierno, aprobando los cambios por decreto sin esperar a su discusión en el Congreso, hizo inevitable
la sospecha de que se trataba de una apuesta personal del propio Aznar.
El decretazo, como se le llamó, provocó la convocatoria de una huelga general para el 20 de junio
pasado, que tuvo seguimiento masivo en la industria, el transporte y la construcción, lo que además pudo
comprobarse por la caída del uso de energía al nivel de una jornada festiva. Y aquí es donde el gobierno puso por
primera vez en peligro lo que hasta entonces había sido una de sus principales bazas: la manipulación de la
opinión pública gracias a su control de la televisión pública (TVE y La 2) y de una de las dos principales
televisiones privadas (Antena 3). El problema es que la decisión de participar o no en una huelga general no se toma
con la alegría que parecían creer los estrategas del PP, y la decisión del gobierno de negar que la huelga
hubiera tenido lugar irritó profundamente a quienes habían tomado parte en ella.
La credibilidad de las televisiones controladas por el gobierno entró así en crisis, y por otro lado la
perspectiva de un conflicto creciente con los sindicatos llevó al gobierno a modificar su estrategia. Tras un reajuste
del gabinete, el nuevo ministro de Trabajo modificó o retiró las reformas que sólo unas semanas antes
eran inamovibles, pero el daño ya estaba hecho. Por primera vez en seis años la izquierda política y los
sindicatos, los estudiantes y los profesores coincidían en ver al gobierno como un enemigo.
La apoteosis en el desencuentro de Aznar con la sociedad española, sin embargo, estaba aún por llegar.
A mediados de noviembre, un petrolero cargado de fuel, el Prestige, comenzó a tener serios problemas
frente a las costas de Galicia, y la administración española tomó una serie de decisiones equivocadas y
contradictorias que culminaron con la rotura y el naufragio del buque en alta mar, convirtiéndose así en una pesadilla
de contaminación para Galicia y el Cantábrico hasta las costas francesas, y en un grave desastre económico
y social por sus consecuencias para la pesca y el turismo. Lo peor fue la actitud del gobierno, que
pretendió ocultar sus responsabilidades y no compareció, ni en el Congreso ni en los lugares afectados, hasta que
fue demasiado tarde y ya no podía hacerlo sin grave peligro para la seguridad de las personas que
pretendieran asumir su representación, incluyendo al propio Aznar.
Este es el muy incómodo contexto en el que Aznar decidió alinearse con las tesis de Bush en torno a
Irak, y a la necesidad ineludible de recurrir a la fuerza para conseguir un inmediato desarme del régimen de
Sadam Husein. Pese a que sólo una minoría excéntrica puede sentir en España simpatía hacia este personaje, la
más reciente encuesta sitúa en 90% al número de españoles que se oponen a una guerra para desarmarle, y
las manifestaciones contra dicha guerra sumaron el sábado 15 de febrero a tres millones de personas en las
grandes ciudades, personas además de todas las edades y características sociales.
La situación de los medios de comunicación, por otra parte, ha cambiado bastante desde las elecciones
que dieron a Aznar la mayoría absoluta en 2000. La disminución de la actividad empresarial se ha traducido en
una reducción de los ingresos por publicidad, y Telefónica, la empresa privatizada que utilizó con todo descaro
el gobierno para realizar inversiones en la compra de medios de comunicación, comenzó a tener problemas propios con el desplome en la bolsa de las empresas de telecomunicaciones, por lo que se vio obligada
a racionalizar sus gastos para proteger su rentabilidad. Esto ha significado que por un lado ha crecido la
presión para la reestructuración empresarial, y por otro el gobierno ha debido aceptar una reducción del área de
medios afines.
Los problemas empresariales de Prensa Española, la sociedad editora del diario
Abc, llevaron a la entrada de capital del grupo Correo, de un conservadurismo más moderado, y que parece estar intentando convertir
al diario en una versión madrileña de
La Vanguardia de Barcelona. Aunque la moderación editorial no encaja
bien con el agresivo tono de algunos columnistas heredados de la fase anterior, la de la oposición sin cuartel a
los gobiernos de Felipe González, la línea de derecha más dura ha dejado de ser la de
Abc para encarnarse en La
Razón, el nuevo diario creado por Luis María Ansón, director e ideólogo del
Abc durante la fase de crispación antisocialista.
Dentro de la prensa escrita el fenómeno más complejo viene siendo el del diario
El Mundo, que desde su aparición ha intentado llegar a la vez a un público de centroderecha y a quienes desde la izquierda se
mostraban críticos e incluso fóbicos frente a los gobiernos de Felipe González. Con la llegada a la secretaría general
del PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, al que la opinión pública está otorgando alta credibilidad,
El Mundo ha dado un tratamiento más objetivo a los socialistas y sus propuestas, a la vez que no oculta sus simpatías
por el gobierno de Aznar pero toma distancias respecto de algunas de sus actuaciones.
En este cuadro cambiante, los medios españoles se enfrentaron mayoritariamente a la posible guerra
contra Irak desde un enfoque conservador. La principal excepción fue el diario
El País, al que la hostilidad del
gobierno y las expectativas de buena parte de sus lectores han llevado al papel de órgano de la oposición. En la
prensa, El Mundo adoptó una línea cuyo referente se podría pensar que era el
New York Times, considerando inevitable la guerra pero sin mostrarse abiertamente beligerante, y tanto las televisiones públicas como Antena 3
apoyaron la línea del gobierno sin mayor hincapié, puesto que inicialmente al menos parecía una cuestión a la que
la opinión pública española resultaba ajena.
 |
|
Los problemas comenzaron cuando la gala de entrega de los Premios Goya se convirtió en una
manifestación espontánea contra la guerra tanto de los presentadores como de los ganadores y el resto de los
participantes. La ceremonia se transmitía en directo por TVE, la cadena oficial de cuyo control más se ha cuidado el
gobierno, y la reacción de éste, con la ministra de Cultura a la cabeza, fue innecesariamente beligerante. Esto a su
vez movilizó al mundo del cine y del teatro para mostrar más abiertamente su discrepancia con el apoyo de
Aznar a Bush, y la brecha entre el gobierno y la opinión pública, abierta ya desde la crisis del Prestige, se ha
ensanchado y ha revelado una profundidad preocupante para el gobierno.
La prueba de fuego fueron las manifestaciones del 15 de febrero: a la vez que Blair anunciaba la
necesidad de que su gobierno tomara en cuenta la oposición pública a la guerra, Aznar dio un giro hacia posiciones
de menor confrontación, ateniéndose al comunicado común de la Unión Europea y subrayando la necesidad
de aplicar la resolución 1,441 de Naciones Unidas. Para
El Mundo no es difícil asumir este giro desde su
estrategia de doble lenguaje, pero para la prensa abiertamente conservadora las cosas son más difíciles. Todos
pueden coincidir para atacar al PSOE y a Rodríguez Zapatero por su
irresponsabilidad al participar en las protestas,
pero denunciar a los manifestantes como defensores del régimen iraquí es algo que sólo se le ocurre a La Razón.
Peor lo tienen las televisiones. Antena 3 rompió el fuego con una entrevista a Aznar para que éste
tratara de convencer al país de la necesidad de ir a la guerra: los resultados no fueron muy estimulantes. TVE se
dedica a emitir reportajes sobre la peligrosidad de las armas químicas y biológicas, lo que no resulta
necesariamente positivo, pues los principales expertos hablan de lo que se viene haciendo en este campo en Estados
Unidos. Y en general, excepto El
País y su grupo la cadena SER de radio y la televisión de pago Canal Plus, y en
menor medida Tele 5, una cadena que viene sufriendo las presiones del gobierno en los últimos meses, puede
decirse que los medios españoles se ven en este momento en la difícil situación de aceptar que la opinión
pública española ese terrible 90% de las encuestas no está de acuerdo con la línea que, por convicción o
conveniencia, venían manteniendo sobre esta cuestión.