Umberto Eco
Recientemente celebré mi cumpleaños, y con mis allegados, que habían acudido a felicitarme, volví a evocar
el día de mi nacimiento. Si bien estoy dotado de excelente memoria, aquel momento no lo recuerdo, pero he
podido reconstruirlo a través del relato que de él me hicieron mis padres. Al parecer, cuando el ginecólogo me extrajo
del vientre de mi madre, una vez hechas todas las cosas que requieren tales casos, y presentándole el admirable
resultado de sus contracciones, exclamó: "¡Mire qué ojos, parece el Duce!". Mi familia no era fascista, al igual que no
era antifascista -como la mayor parte de la pequeña burguesía italiana, tomaba la dictadura como un hecho
meteorológico: si llueve, se coge el paraguas-, pero para un padre y para una madre, oír decir que el recién nacido tenía los ojos
del Duce suponía indudablemente una bonita emoción.
Ahora, cuando los años me han hecho más escéptico, me inclino a pensar que aquel buen ginecólogo decía
lo mismo a cualquier madre y a cualquier padre -y mirándome al espejo, me descubro más bien parecido a un
grizzly que al Duce, pero eso poco importa-. Mis padres fueron felices al saber mi semejanza con el Duce.
Me pregunto qué podría decir un ginecólogo adulador de hoy a una puérpera. ¿Que el producto de su gestación
se parece a Berlusconi? La sumiría en un preocupante estado depresivo. Por
par condicio, asumo que ningún
ginecólogo sensible diría a la madre que su hijo parece tan rollizo como Fassino, tan simpático como Schifani, tan guapo
como La Russa, tan inteligente como Bossi, o tan fresco como Prodi, por citar algunas de las personalidades
políticas italianas más destacadas.
Un ginecólogo sensato compararía más bien al recién nacido con algún famoso televisivo, y diría así que tiene
los ojos penetrantes del periodista Bruno Vespa, el aire agudo de Paolo Bonolis, el popular presentador, la sonrisa
del actor Christian de Sica (y no dirá que es tan guapo como Boidi, tan arrogante como Fantozzi o -tratándose de
mujer- tan sexy como Sconsolata).
Cada época tiene sus mitos. La época en la que nací tenía como mito al Hombre de Estado; ésta en la que se
nace hoy tiene como mito al Hombre de Televisión. Con la consabida ceguera de la cultura de izquierdas, la afirmación
de Berlusconi de que los periódicos no los lee nadie mientras que todos ven la televisión se ha entendido como uno
más de sus patinazos insultantes. No lo era, era un acto de arrogancia, pero no una estupidez. Reuniendo todas las
tiradas de los periódicos italianos se alcanza una cifra bastante risible si se la compara con la de quienes sólo ven la
televisión. Calculando, además, que sólo una parte de la prensa italiana mantiene aún una actitud crítica ante el gobierno
actual, y que toda la televisión, la RAI más Mediaset, se ha convertido en la voz del poder, no cabe duda que
Berlusconi tiene toda la razón: el problema es controlar la televisión, y que los periódicos digan lo que les venga en gana.
Estos son hechos, nos gusten o no, y los hechos son tales precisamente porque son independientes de
nuestras preferencias (¿que se te ha muerto el gato? Pues muerto está, te guste o no).
He arrancado de estas premisas para sugerir que, en nuestro tiempo, si dictadura ha de haber, será una
dictadura mediática y no política. Hace casi 50 años que se viene diciendo que en el mundo contemporáneo, salvo
algunos remotos países del Tercer Mundo, para dar un golpe de Estado ha dejado de ser necesario formar los tanques,
basta con ocupar las estaciones radiotelevisivas (el último en no haberse enterado es Bush, líder tercermundista que
ha llegado por error a gobernar un país con un alto grado de desarrollo). Ahora el teorema ha quedado demostrado.
Por lo tanto, es una equivocación decir que no puede hablarse de "régimen" berlusconiano, puesto que la
palabra "régimen" evoca el régimen fascista, y el régimen que vivimos carece de las características de las dos décadas
de dominio mussoliniano. Un régimen es una forma de gobierno no necesariamente fascista. El fascismo obligaba a
los chicos (y a los adultos) a ponerse un uniforme, acabó con la libertad de prensa y enviaba a los disidentes
al confinamiento. El régimen mediático de Berlusconi no es tan zafio y anticuado. Sabe que el consenso se
controla controlando los medios de información más difundidos. Por lo demás, no cuesta nada permitir que disientan
muchos periódicos (hasta que no puedan ser adquiridos). ¿A qué serviría confinar al prestigioso periodista Biagi? ¿A que
se convierta acaso en un héroe? Basta con no dejar que hable en la televisión.
La diferencia entre un régimen "al estilo fascista" y un régimen mediático es que en un régimen al estilo
fascista la gente sabía que los periódicos y la radio no comunicaban más que circulares gubernamentales, y que no
podía escucharse Radio Londres, bajo pena de cárcel. Precisamente por eso, bajo el fascismo la gente desconfiaba de
los periódicos y de la radio, escuchaba Radio Londres con el volumen bajo y confiaba sólo en las noticias que le
llegaban a través de murmullos, del boca a boca, de la maledicencia. En un régimen mediático donde, pongamos, sólo 10%
de la población tiene acceso a la prensa de oposición y el resto recibe las noticias a través de una televisión bajo
control, si por un lado está extendido el convencimiento de que se acepta el disenso ("hay periódicos que hablan contra
el gobierno, prueba de ello es que Berlusconi se queja siempre al respecto, por lo tanto existe libertad"), por otro
el efecto de realismo de la noticia televisiva (si recibo la noticia de que un avión se ha precipitado en el mar,
es indudablemente cierta, de la misma forma que es verdad que veo las sandalias de los muertos flotar, y no importa
si por casualidad son las sandalias de una catástrofe precedente, usadas como material de repertorio), hace que se
sepa y se crea sólo aquello que dice la televisión.
Una televisión controlada por el poder no debe necesariamente censurar las noticias. Naturalmente, por parte
de los esclavos del poder no faltan tampoco tentativas de censura, como una muy reciente (afortunadamente
ex post, como dicen quienes dicen un
momentín y pool position), por la que se juzgó inadmisible que en un programa
televisivo se pudiera hablar mal del jefe del gobierno (olvidando que en un régimen democrático se puede y se debe hablar mal del jefe del gobierno; en caso contrario, nos hallamos en un régimen dictatorial). Pero se trata sólo de los
casos más visibles (y, si no fueran trágicos, risibles). El problema es que se puede instaurar un régimen mediático
en positivo, con la apariencia de decirlo todo. Basta saber cómo decirlo. Si ninguna televisión dijera lo que
piensa Fassino [líder de la oposición] acerca de la ley tal de cual, entre los espectadores nacería la sospecha de que
la televisión oculta algo, porque se sabe que en alguna parte hay una oposición. La televisión de un régimen
mediático usa en cambio ese artificio retórico que se llama "concesión". Pongamos un ejemplo. Acerca de la conveniencia
de tener un perro hay aproximadamente 50 razones en favor y 50 razones en contra. Las razones en favor son que
el perro es el mejor amigo del hombre, que puede ladrar si entran ladrones, que es adorado por los niños, etcétera.
Las razones en contra son que hay que sacarlo cada día para que haga sus necesidades, que nos cuesta en
alimentos y veterinario, que es difícil llevárselo de viaje y otras cosas. Admitiendo que queramos hablar en favor de los
perros, el artificio de la concesión podría ser así: "Es cierto que los perros cuestan, que representan una esclavitud, que
no se les puede llevar de viaje" (y los adversarios de los perros son conquistados por nuestra honestidad), "pero
es necesario recordar que son una estupenda compañía, que los niños los adoran, que se muestran vigilantes contra
los ladrones, etcétera". Ésta sería una argumentación persuasiva en favor de los perros. Contra los perros podría
concederse que es cierto que son una compañía deliciosa, que son adorados por los niños, que nos defienden de los
ladrones, pero a continuación seguiría la argumentación opuesta: que, sin embargo, los perros representan una esclavitud,
una fuente de gastos, un engorro para los viajes, y ésta sería una argumentación persuasiva en contra de los perros.
La televisión actúa de esta forma. Si se discute la ley tal de cual, se enuncia ésta en primer lugar, después se da
la palabra de inmediato a la oposición, con todas sus argumentaciones. A continuación aparecen los partidarios
del gobierno que objetan las objeciones. El resultado persuasivo se da por descontado: tiene razón quien habla al
final. Si se siguen con atención todos los noticieros, podrá verse que la estrategia es ésa: en ningún caso tras la
enunciación del proyecto aparecen primero los partidarios del gobierno y después las objeciones de la oposición. Siempre
ocurre lo contrario.
A un régimen mediático no le hace falta meter en la cárcel a sus opositores. Los reduce al silencio, más que con
la censura, dejando oír sus razones en primer lugar.
¿Cómo se reacciona, pues, ante un régimen mediático, visto que para reaccionar sería necesario tener ese
acceso a los medios de información que el régimen mediático precisamente controla?
Hasta que la oposición, en Italia, no sepa hallar una solución a este problema y continúe recreándose en
diferencias internas, Berlusconi será el vencedor, nos guste o no.