Primera parte
Marco Lara Klahr
I
Fuelle en mano, la atribulada Zofi intenta reavivar el fuego -Calcifer-. Recién convertida en anciana por Saliman, hechicera real, La Bruja Calamidad fuma un puro. A su lado, Marker, el pequeño asistente del mago Howl, lee
el diario. Se hallan a bordo del Castillo Vagabundo. El mundo está en guerra. Marker exclama: "El periódico dice
que el reino ha ganado". En uno de sus escasos destellos de lucidez, la decrépita Bruja Calamidad responde: "Sólo
los idiotas le creen a los
periódicos".1
Quizá sea un ajuste de cuentas liberado como maligna gota de arsénico por el director Miyazaki; una frase
para imprimir realismo a la historia, o algo absolutamente casual. Pero para un periodista resulta tan hostil que
obsesiona. Aunque tal vez, ante todo, tendría que serlo para un consumidor de noticias diarias impresas. La
complementariedad entre el medio de comunicación (incluyendo a sus hacedores) y sus interlocutores (el público, incluyendo al
poder) aquí es ineludible; da sentido a la industria. Con perturbadora fidelidad, cada mañana el lector se hace cómplice
del periódico que lo mueve a desembolsar una cierta renta y concentrarse en sus páginas por alguna razón poco clara
a la luz de la realidad.
Un clisé ve en ese hábito peculiar -el de consumir noticias impresas- "el interés por informarse". Pero si
fuera así, la de "Sólo los idiotas le creen a los periódicos" sería una frase disparatada, y no necesariamente lo es,
como tampoco describe por fuerza, ni mucho menos, a todos los lectores. Lo crucial de dicha frase es que remite a
la cuestión de si al situarse frente a
su diario y sucumbir entre sus páginas, cada uno lo hace de forma consciente, o
si, en diversas proporciones, experimenta un tipo de onanismo ideológico en donde la comunión, la reflexión de
ideas ante el determinado contenido mediático (noticias, historias, columnas, fotografías, cartones y aun la
de correspondencia y otras secciones de servicios) suprime el juicio crítico. La disyuntiva está entre si los
lectores persiguen puntos de referencia para aproximarse a realidades o, al reafirmar sus propias convicciones, se
procuran solaz.
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Ilustraciones: Atanur Dogan |
Los consumidores de los diarios europeos
Le Monde (Francia) y
ABC (España), por caso, podrían asumir
la segunda posibilidad y ufanarse de ello; desde los extremos que representan -el primero a la izquierda y el
segundo a la derecha del gradiente ideológico-, ambos poseen espléndida factura, enorme legitimidad social y
rotunda definición editorial. Los acredita toda una historia. La cuestión se complica en México, donde el carácter
instrumental de los rotativos compite con una sistémica medianía editorial. El
periodismo de facción es una realidad
inherente a la historia de la industria mediática, pero al caso mexicano se añade el deterioro paulatino del periodismo en sí;
las realidades diversas terminan casi siempre sometidas a la tiránica, simplista, mezquina y unidimensional
realidad mediática -sujeta, a su vez, a determinantes
empresariales.
2
No todo es identidad ideológica, por supuesto. La disputa por las asignaciones de publicidad, ya se verá, hace
lo suyo, como también la seducción por la proximidad con el poder o los intereses meta-periodísticos de
dueños, directivos y periodistas que se vislumbran en la arquitectura editorial.
La ciudad de México amanece cada día con dos periódicos tabloides, digamos, hermanados por el pasado y por
un presente rijoso: La Jornada y La Crónica de
Hoy. Para mala fortuna del melodrama que bien podría salpimentar
a este relato, si bien en lo político son contrapuestos, en lo editorial no podría decirse que representen el bien y el
mal, que equivalgan al ging y al gang; Abel y Caín; Oliver Hardy y Stan Laurel; Doctor Jekyll y Mister Hyde; Gollum
y Smeagol; El Santo y la Momia Azteca. Son los dos componentes de un tándem que exhibe con sorprendente
nitidez al periodismo de facción y remite a la conjetura del onanismo ideológico de los lectores.
En el origen, la intromisión del presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) en el diario
Excélsior desemboca en la salida de su director, Julio Scherer García, y un numeroso grupo de periodistas y creadores, en 1976.
Entonces Scherer García funda el semanario
Proceso y un año más tarde Manuel Becerra Acosta (subdirector de
Excélsior), el tabloide
unomásuno. Carmen Lira Saade fue fundadora y reportera durante la mejor época de este último diario.
Pablo Hiriart trabajó a principios de los 80 en la agencia noticiosa
CISA-Proceso. Ambos, Lira Saade e Hiriart,
se cuentan entre los fundadores, en 1984, de La
Jornada, que resulta de un cisma en
unomásuno.
Fiel a la tradición de periodistas asimilados al poder, un grupo de
La Jornada (incluyendo el subdirector
José Carreño Carlón) se marcha para ponerse al frente en diversas áreas de comunicación social a principios del
régimen de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) -en un proceso semejante al que experimenta el mismo diario a partir
de 1997, con la supremacía electoral del perredismo en la capital, y hasta la ascensión de Andrés Manuel López
Obrador al gobierno del Distrito Federal (2000)-. En 1988, Pablo Hiriart, en particular, abandona
La Jornada para irse a dirigir la agencia estatal Notimex.
Carmen Lira Saade se convierte en directora general de
La Jornada en 1996, el año en el cual Pablo Hiriart
funda y dirige La Crónica de Hoy. En 1997, el perredista Cuauhtémoc Cárdenas es elegido jefe de gobierno del
Distrito Federal. Lo sustituye en 1999 Rosario Robles (cuando aquél se hace candidato presidencial). Y en 2000
Andrés Manuel López Obrador, perredista también, ocupa la jefatura de gobierno capitalina.
De 1997 a la fecha, La
Jornada ha sido el principal ariete mediático del perredismo vuelto gobierno en el
Distrito Federal, en tanto que La Crónica de
Hoy se pretende un diario cruzado contra ese mismo perredismo. Siguen, así,
un atropellado camino paralelo. Columnistas del primero han llamado
Salinews u "órgano oficial del
salinismo"3 al segundo, el cual a su vez ha dedicado aun su nota de ocho
columnas4 para desacreditar a La
Jornada, señalándolo de concentrar desproporcionadas asignaciones de publicidad del gobierno
capitalino.5 Directa e indirectamente,
ambos diarios se han denostado de manera sistemática. Su disputa en torno de la figura de Andrés Manuel López Obrador
-La Jornada, acrítica, en ocasiones hasta el servilismo;
La Crónica, crítica, a veces, hasta la vileza ofensiva-.
Se atizan aun a rayuelazos y
esquinazos.6