Raúl Trejo Delarbre
Gracias a videos como los que pudimos contemplar durante la intensa temporada de incriminaciones
y denuncias con que nos sorprendió el reciente marzo, se ha podido constatar la propensión por los billetes
fáciles en personajes de distinta adscripción política.
Los mexicanos ya sabíamos que había corrupción en partidos y gobiernos de variadas filiaciones. Pero
mirar una y otra vez el esmero con que el líder de la mayoría en la Asamblea Legislativa del DF acomodaba los
dólares que le entregaba el empresario Carlos Ahumada, la tosquedad del delegado en Tlalpan recibiendo dinero
en la misma oficina, o la presteza del dirigente del Partido Verde para interesarse en un soborno de varios
millones de dólares, ha sido una indeleble experiencia cívica.
El saldo de esas exhibiciones está por definirse. La cultura política mexicana, de por sí escasa y tosca,
estará condicionada por mayores desconfianzas. La política y los políticos habrán quedado marcados por recelos
que se añadirán a los que ya padecían. Muchos ciudadanos se preguntarán si vale la pena ir a las urnas cuando
la corrupción se extiende más allá de trayectorias e ideologías.
Los medios no habrán tenido la culpa de tales consecuencias. Ni la prensa ni la televisión crearon la
impudicia de René Bejarano o la avidez de Jorge Emilio González Martínez. Al publicitar los tristemente célebres
videos los medios ofrecieron un servicio, aunque fuera tan deprimente y escandaloso, a la comprobación de
conductas de sus dirigentes que la sociedad vislumbraba pero nunca había contemplado en el televisor.
Pero más allá de esa contribución para documentar las miserias éticas del quehacer público, los
medios además de cauces han sido protagonistas en esta temporada de escándalos al instituirse en fiscales de
las conductas así develadas y, en ocasiones, al administrar la propagación de los videos.
Junto con las debilidades de los personajes políticos retratados en esos testimonios quedó de manifiesto
la capacidad de los medios, y muy especialmente de Televisa, para gestionar, imponer, propagar y ubicar a
su antojo los temas escandalosos de la agenda pública.
Al decidir cómo y cuándo mostraba los videos, esa empresa los pudo utilizar de acuerdo con su interés
para espectacularizar el escándalo y ejercer presiones que luego podrá usufructuar. Televisa no estaba
distanciada del gobierno de Andrés Manuel López Obrador que ha sido el principal damnificado con la exhibición de
las tropelías de algunos de sus colaboradores más cercanos. Pero la casa presidencial, donde ese consorcio
ha encontrado gran beneplácito a sus intereses, debe haber estado complacida con el carrusel de escenas
comprometedoras para algunos de sus rivales que se transmitió durante varios días.
La presencia de Bejarano en un canal de Televisa mientras en el estudio contiguo se difundía el video que
lo incriminaba, fue un montaje dramática y mediáticamente perfecto. Los televidentes de
El mañanero acababan de conocer el video, cuando el líder de la Asamblea Legislativa fue inesperadamente convocado a ese
programa. Jamás la televisión mexicana había colocado a un personaje público en una situación tan peliaguda. A la
ventaja y alevosía con que a ese ahora ex dirigente del PRD se le ponía delante de sus propias fechorías, se aunaba
la actitud vapuleante del conductor del programa. Ninguna escena de
Big Brother ha alcanzado tan perversa capacidad de fascinación mediática. Teníamos la ignominia videodevelada de un personaje político junto
con el semblante que lucía, en vivo y directo, en el momento preciso en que entendía que el mundo se le
hundía para siempre.
Esa mañana fue en varios sentidos emblemática del poder de Televisa, que no sólo se da el lujo de
emplazar a dirigentes políticos a conversar con un payaso ¡y ay de aquel que se niegue, porque se haría acreedor a
la furia del consorcio mediático!. Además, constituido en intérprete y representante de la moral social,
Brozo amonesta e incluso vilipendia a los personajes que comparecen ante él. Bejarano es un personaje
indefendible. Pero cuando el payaso le manoteaba y recriminaba con insolencias, estábamos ante la inequívoca imagen
del trato que Televisa ha decidido tener con la clase política: desprecio y convenencierismo, ordinariez y soberbia, articulan esa relación que además resulta crecientemente desigual porque no hay una sola
fuerza política dispuesta a enfrentar el poder político e ideológico del consorcio. Otros conductores de
noticieros mostraron en esos días comportamientos parecidos. Joaquín López-Dóriga le daba instrucciones al
procurador del DF sobre las indagaciones que debía emprender y más tarde, en radio, se vanagloriaba de su resistencia
a presuntas presiones del subsecretario de gobierno. Carlos Loret de Mola reprendió al gobernador de
Oaxaca por los errores en la explicación del atentado que sufrió el 18 de marzo. Las actitudes corporativas se
sobreponen al periodismo.
Los conductores actúan como fiscales, los noticieros se vuelven tribunales, la justicia se allana a los
medios y el veredicto mediático es irrecusable porque ha estado precedido de los videos que muestran la
podredumbre de esos políticos. Los medios no inventaron la corrupción pero la aprovechan. No estamos ante el
predominio de la imagen sobre las instituciones sino ante la explotación mediática de esa didáctica iconografía del
deterioro político. Es erróneo decir que hemos arribado a una videocracia, porque la hegemonía política no la ejerce el registro visual sino el poder que la administra. Lo que tenemos, tal y como lo confirman su capacidad
para imponer y manejar la agenda pública, la prevalencia de sus intereses y el sometimiento del resto de los
actores políticos es una inmoderada, prepotente e impune mediocracia.