El silogismo de Rumsfeld
Alberto Foncerrada Berumen
Amediados del siglo pasado el Comité de Acciones Antiamericanas del Congreso estadounidense
emprendía una caza feroz en contra de los denominados "rojos". La ofensiva corría a cargo del entonces senador
Joseph McCarthy, quien diera origen al tristemente célebre y socorrido movimiento macartista.
Cualquiera que albergara la más remota simpatía con el comunismo era incluido en las listas de
sospechosos del comité, aun cuando no existiera el menor resquicio de vinculación. El mayor dramaturgo
estadounidense Arthur Miller, víctima en carne propia de la mano persecutoria contra los izquierdistas, plasmó en un
artículo publicado en 1983 el vía crucis que se vivía en esos años en que una fuerza imparable rodeaba al senador
de Wisconsin, quien "había paralizado al Departamento de Estado, intimidado al presidente Eisenhower e
hipnotizado a toda la prensa del país". El autor de
Las brujas de Salem recuerda que McCarthy, armado de un
silogismo, había encontrado una veta de oro: "puesto que él estaba total y furiosamente en contra del comunismo,
todo aquel que se le opusiera estaba por fuerza en favor del comunismo, aunque sólo fuese porque estaba en
contra de McCarthy".
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Rumsfeld y Bush Foto: Newsweek |
Cinco décadas después, una embestida equiparable ha engendrado en Estados Unidos encabezada por
el secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, quien, ante la extinción de comunistas, dirige sus baterías en
atacar a todos aquellos que se oponen a la política unilateral de seguridad y defensa del gobierno republicano y a
los que difícilmente se les podría etiquetar de antiestadounidenses.
El silogismo del que se vale Rumsfeld y que exitosamente ha vendido al presidente Bush consiste en
afirmar categóricamente que, toda vez que Estados Unidos está en contra del terrorismo, todo aquel que se opone
a la política estadounidense favorece el terrorismo.
El fenómeno, por supuesto, no se circunscribe al ámbito externo
per se, sino que pretende llevarse a la
esfera de lo interno y más aún, al ámbito electoral. A la caza de las brujas del siglo XVII y de rojos en el XX, se
suma la de antipatriotas en el XXI.
Hace unas semanas, John Kerry, senador de Massachussets y contendiente demócrata a la presidencia,
en una entrevista con la agencia AP dejó ver cómo es que "los republicanos han tratado de hacer del ataque
una práctica en contra de cualquiera que hable fuerte cuestionando su patriotismo". El pecado de Kerry,
veterano condecorado de Vietnam: criticar al Presidente por no haber dado a la diplomacia más tiempo antes de
recurrir al uso de la fuerza en Irak. El titular del Pentágono, es obvio, ha ejercido una influencia espectacular sobre
Bush, y es a él y a su subsecretario Wolfovitz a quienes les debe la autoría, contenido y enfoque conceptual del
"Eje del Mal", que lo mismo podría extenderse en los próximos días a Siria e incluso, por qué no, llegar
eventualmente a las costas de La Habana.
El secretario de la Defensa, quien ha ostentado el cargo por segunda ocasión (la primera en el gobierno
de Ford), es un insensato promotor de incrementos desbordados en el gasto de defensa y el motor de la
redefinición estratégica de seguridad estadounidense enfocándola más en Asia y Medio Oriente que en Europa. De ahí
que Donald Rumsfeld quizá por convicción o tal vez por ignorancia considere despectivamente a la "vieja
Europa" como un obstáculo a las pretensiones de dominio estadounidenses; esa Europa que para Rumsfeld
responde al cretino de Chirac en Francia y al crápula de Schröder en Alemania. En el ámbito institucional, emulando
a McCarthy, el secretario de la Defensa ha intentado poner trabas al Departamento de Estado y es de todos
bien sabido que pugnó hasta el final para que la operación de reconstrucción en Irak quedase en manos
del Pentágono, y no de la oficina que dirige Colin Powell, con quien ha tenido diferencias sustantivas desde el
inicio de su gestión. Llama la atención, sin embargo, que la permanencia de soldados que hace unos días
defendía el funcionario deja al desnudo las negras y petroleras intenciones que rebasan toda sospecha para
convertirse en certidumbre, y que poco o nada tienen que ver con estrategia militar. El contraste proviene de sus
propias declaraciones al Washington Post en mayo de 2001, cuando refiriéndose a la Bosnia de la postguerra,
afirmaba que una vez que el trabajo militar concluye, éste se sustituye por el orden civil, y en la que aludiendo a
la presencia militar estadounidense, añadía que "estas gentes no llegaron al ejercito para ser policías en Bosnia".
Pero quizá los rasgos más similares que uno puede encontrar entre Rumsfeld y McCarthy se refieren a
su relación con los medios. Afirmar que el primero ha hipnotizado a la prensa como lo hizo el segundo sería
ir demasiado lejos y subestimar el criterio de los comunicadores y su, hasta hace poco, bien ganada
reputación, al mismo tiempo que sería ensalzar la figura de Rumsfeld cuyo carisma, en todo caso, se alberga en las
plantas de los pies. No obstante, muy lejos llegó el propio secretario al instaurar una censura pactada y
condicionada con ciertos medios en esta guerra, particularmente los electrónicos y muy notablemente la cadena
internacional CNN.
El balance mediático en Estados Unidos al final arroja un saldo muy negativo y vergonzosamente
sesgado, lo que resulta preocupante para un país que presumía con buena razón acerca de las libertades civiles y
los derechos de libre expresión.
El hecho de que los medios, incluidos algunos impresos, hayan accedido a esta censura pactada y
patriotera, por supuesto que no deriva únicamente de las directrices que formuló arbitrariamente el Pentágono al
inicio de la invasión, sino que va mucho más allá y responde a un sentimiento de nacionalismo muy peculiar de
buena parte de la sociedad estadounidense que en momentos de guerra termina justificando la agresión, por
injusta y encarnizada que sea, y respaldando al jefe de las fuerzas armadas.
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Joseph McCarthy |
Apoyar a los hombres y mujeres que portan el uniforme verde olivo estadounidense entra dentro de
una lógica racional que justifica lo ilógico e irracional y en la que lo único que se exige a cambio, es evitar ver
regresar a la patria al mayor número de cuerpos inermes de paisanos en ataúdes envueltos con la bandera de las
barras y estrellas. A esto hay que añadir la fuerte influencia que los medios tienen sobre la sociedad, donde la TV,
como bien lo señala Sartori, se afianza como la "agencia más grande de formación de opinión pública". Así, no
es gratuito el apoyo que recibió Bush de su guerra y que queda constatado en las encuestas de opinión.
Para Rumsfeld, la censura pactada entre gobierno y medios, la omisión de la realidad bélica, la ausencia
de imágenes y la manipulación lo único que pretendían y lograron con asombrosos resultados, era cegar a
una opinión pública que tuviera que servirse de los monitores como falderos para apoyar las causas de su
aventura bélica. El éxito fue rotundo.
Miller relata que en 1953, "en Europa se decía que por fin Estados Unidos había encontrado en Joe
McCarthy a su propio dictador nativo", no era para menos. Si nos atenemos a la definición de dictador que utiliza la
Real Academia Española como alguien "que se arroga o recibe todos los poderes políticos extraordinarios y los
ejerce sin limitación jurídica", no encontraríamos grandes diferencias entre McCarthy y Rumsfeld.
Cuando se ve la manipulación directa del brazo militar sobre los medios no queda más que recordar a otro Joseph, aquel Joseph Goebbels que encabezó para el régimen del Führer el aparato propagandístico más grande de que se tenga memoria. Qué ironía, Rumsfeld anunciaba hace unos días la pomposa caída de Husein como otro dictador equiparable a Ceausescu, Hitler o Stalin, sin caer en cuenta que al menos estos demoníacos personajes dieron la cara y no se comportaron como titiriteros o ventrílocuos del poder subterráneo. Al final Miller nos recuerda que "McCarthy quedó tan sólo como maestro de la retórica cháchara de los leguleyos, como un actor enamorado de su voz y de su capacidad de asombrar al público". Aún nos falta saber hasta dónde llegará el proyecto expansionista y corporativo de Rumsfeld y sus bandidos. Por lo pronto, el éxito militar ha quedado asegurado en Irak y entre los vencedores se erige el halcón republicano y sus acompañantes: la censura, la manipulación y la mentira. Rumsfeld logró apoderarse del control... remoto, sin embargo, difícilmente podrá revertir el veredicto histórico que terminará narrando cómo es que esta última guerra transitó de lo virtuoso como nos la quiso vender, a lo virtual que la logró proyectar, y de lo patriótico, como la intentó justificar, a lo patético que resultó ser.
Alberto Foncerrada Berumen es internacionalista y maestro en políticas públicas.