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La hora de los medios
Octubre 2008
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Miguel Ángel Granados Chapa, condecorado con la medalla Belisario Domínguez
30 de Septiembre 2008
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mediósfera
La (otra) guerra de las cabezas
Mario A. Campos, Septiembre 2008
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días de radio
Combos: ofertas y contraofertas
Fernando Mejía Barquera, Octubre 2008
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intimidades públicas
Dos de Televisa dos
Fedro Carlos Guillén, Octubre 2008
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lo que quiero decir
Todorov, en defensa de la democracia
Rubén Aguilar Valenzuela, Septiembre 2008
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litis
Transparencia: avances en el DF
Areli Cano Guadiana, Octubre 2008
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política y media
¿Cuánto queremos perder?
Efrén García García, Septiembre 2008
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textos
La sofisticada censura
Jorge Meléndez, Octubre 2008
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Obsoleta ley de radio y TV
Andrea Recúpero, Septiembre 2008
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Jack: el asesino hecho leyenda
Roberto Saas, Octubre 2008
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Honradez intelectual
Luis de la Barreda, Septiembre 2008
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La diplomacia virtual
María Cristina Rosas, Septiembre 2008
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Purificación Carpinteyro: Hace 20 años no recibo una carta de amor
Verónica Díaz, Agosto 2008
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Opinión |
diciembre 2000
Mario Guillermo Huacuja
Los medios son hogar y escuela
En el fondo, lo que se discute en torno al código de ética para los medios mexicanos es su papel en una fase novedosa, en la cual los medios se han convertido en un poder que critica, acota y, en ocasiones, le disputa la autoridad al gobierno, y donde la libertad de expresión se ejerce sin cortapisas.
Lo importante es que, en la actualidad, los medios han dejado de ser un mero vehículo de información al público para convertirse en generadores y artífices de la conciencia nacional. Porque, en efecto, lo que los mexicanos creemos y pensamos sobre los problemas económicos, políticos y sociales más apremiantes de nuestra realidad se ha filtrado por la frase lapidaria de la prensa escrita, la inflexión de voz del locutor de radio, la mirada cándida o severa del conductor de televisión. En muchos sentidos, los medios se han convertido en los sucedáneos pedagógicos de la escuela y la familia y sus enseñanzas resultan más visibles, más constantes, más contundentes que las clases de los maestros y los consejos de los padres. De ahí su creciente responsabilidad.
Por supuesto que al hablar de los medios nos referimos a un universo sumamente disparejo, donde caben publicaciones raquíticas que luchan por su supervivencia, hasta consorcios televisivos que exportan buena parte de sus programas. En términos de influencia entre la población, las desigualdades son abismales. México sigue sin ser, lamentablemente, un país de lectores. Los tirajes de los diarios de circulación nacional alcanzan optimistamente
los más abundantes al 0.1% de la población. En cambio, sí somos un país de televidentes: los noticiarios y telenovelas llegan a millones.
¿Y la radio? Baste señalar que es el medio más íntimo de todos, que se introduce como compañero de la ducha diaria, y nos platica sin cesar en el interior del automóvil. Sin embargo, la responsabilidad de los medios no se puede medir por sus audiencias, pero puede distinguirse de acuerdo con sus públicos: mientras la televisión y la radio llegan a públicos muy numerosos, la prensa escrita influye en políticos, académicos y empresarios, la gente que toma decisiones.
El problema es que, mientras que los medios tienen una responsabilidad social que podría compararse a la del Estado, son y operan fundamentalmente como empresas privadas, que viven a diario en una competencia feroz, y hacen esfuerzos desesperados por ganar la nota, revelar el secreto que se oculta detrás de cada suceso, vender hasta el último ejemplar de cada tiraje, transmitir en el mejor horario, elevar la décima del rating. De ahí la afición a los encabezados sensacionalistas, atizar la hoguera de los morbos, la explotación del sentimentalismo, el culto inmolador al escándalo. Y encima de todo eso está la vanidad de los comunicadores, que se sienten capaces de esculpir conciencias y fustigar a cualquiera desde la soledad de sus cubículos, sus cabinas de audio o sus estudios.
Por ello, el código de ética que propone etcétera debe ser adoptado y enriquecido por todos los medios que operan en la actualidad. Creo que sería conveniente subrayar la reglamentación sobre los encabezados de los
diarios, que en ocasiones proclaman noticias falsas o parciales con tal de llamar la atención; sobre el tratamiento de temas catastróficos o sensacionalistas o el imperativo de convocar a los especialistas de los temas en cuestión para difundir opiniones autorizadas que muevan a la razón, y no únicamente al impacto sensacionalista de los temas; sobre la pluralidad de las voces y las opiniones en el interior de los propios medios, para evitar que la orientación de la información se convierta en propaganda; sobre la obligación que deberá tener el comunicador de retractarse si la información que dio es falsa, y sobre los mecanismos para lograr que los medios hagan a la gente pensar y no solamente creer en sus mensajes.
Y para los columnistas que se sienten verdaderos líderes de opinión, los locutores que destilan amargura por el micrófono y los conductores que lucen su narcisismo frente a las cámaras, el código de ética podría tener como punto de partida la máxima que les enseñan a los scouts desde pequeños, cuando ingresan a la manada de lobatos: 1) el lobato siempre piensa primero en los demás; 2) el lobato siempre tiene los ojos y las orejas abiertas; 3) el lobato siempre dice la verdad; 4) el lobato siempre está alegre, y 5) el lobato siempre está limpio
Mario Guillermo Huacuja ha sido coordinador de Comunicación Social de la Semarnap.
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