Animalización del personaje: los seres humanos somos miembros privilegiados de la cadena evolutiva de
monos. Perseguimos sus mismos objetivos: queremos más y mejores bananas, queremos monas, y vivimos colgados de
una palmera. Hay que tener presentes las tres premisas que mueven a todo hombre en la toma de decisiones: elige lo
más barato, elige lo más cómodo, y elige donde haya más chicas.
El periodista border no debe perder de vista la noción de que todos somos animales disfrazados. Conocer
la especie que cada entrevistado lleva dentro, facilita las cosas para describirlo. Es necesario tener presente que
está hecho de sangre, de huesos, de fibras musculares, de agua, de apetito sexual, de vicios, de ganas de ir al baño.
Si olvidó esto, alquile La noche de los muertos
viventes, de George Romero, o El loco de la
motosierra, de Tobbe Hopper. Recuperará la memoria de inmediato.
Sentido de la no
pertenencia: como el border mira y disecciona las cosas como un marciano, no se alista
en ningún partido político, no sigue modas, no tiene amigos en el ambiente ni pertenece a ningún movimiento
social, artístico o cultural. No lee los diarios excepto para zambullirse en su historia, lo cual le permite un
abordaje descontaminado, auténtico, un golpe de lanza que va desde la ignorancia al conocimiento, un viaje de iniciación
que todo lector agradece.
La simulación
imbécil: hay un aspecto indefenso en el periodista gráfico que le permite acceder a lugares
y confesiones más íntimas que a un periodista televisivo o a un fotógrafo. El
border se inspira en la estrategia de Columbo, el detective protagonizado por Peter Falk que se hacía pasar por idiota para desenmascarar asesinos
-que no se le vaya la mano con la idiotez, sino puede terminar en la política-. Un periodista con espíritu de
ingenuo alienta a que el otro se muestre auténtico y con la guardia baja. Por otro lado, alienta también a que lo estafen,
así que le recomiendo: lleve poca plata.
La mirada en doble sentido y la puesta en
escena: los periodistas tradicionales acostumbran contar los hechos
en una dimensión única. La observación estéril del personaje pitando su cigarrillo, o llevándose el café a la boca
-lo interesante será el día que lo beba con la nariz-, es nuevo periodismo mal entendido un virus como la gripe
que convierte las crónicas de medio planeta, literalmente en moco.
El periodista
border observa lo que le ocurre al entrevistado siempre y cuando la observación sirva para
entenderlo. A la par, observa lo que le ocurre a él mismo, al fotógrafo, lo que sucede a sus espaldas, a su alrededor. Y cuando
el personaje habla, lo hace en un marco que le es propio. Por eso busca siempre descubrirlo en su propia casa, el
rincón donde todos los objetos hablan de él. El periodismo
border se da en tres dimensiones: el audio de lo que conversa,
la visión del entorno donde lo dice, y la percepción de sus intenciones (en
Un bárbaro en Asia, Henri Michaux demostró cómo una percepción vale más que mil cifras). Es fundamental, más allá de grabar la conversación, llevar
anotador. Esto no sólo le permite apuntar sus observaciones, además, le permite mirarle las piernas a la entrevistada.
Bien, hasta aquí las siete reglas del periodismo
border. Tal vez, con el tiempo alguien descubra más.
Antes de terminar con esto, salgo a la pizzería, porque los
borders, si bien nos cagamos en todo, también
paramos de vez en cuando a comer. Ceno, pago, me porto bien. Pido la cuenta, aplasto una mosca, la envuelvo en una
servilleta y, de nuevo en casa, se la sirvo a mi planta carnívora.
Ya saben, mi vida normal.