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Pero sí hay una manera figurada, y es la que pactan Cervantes y sus lectores, claro está. De ese contrato subconsciente que firman el novelista y su público para jugar a las mentiras depende la novela, género nacido para completar las incompletas vidas de los mortales con aquellas raciones de heroísmo o de pasión, de inteligencia o de terror, que añoran porque no las tienen o no en las dosis que exige su imaginación, ese combustible de la disidencia vital. Es verdad que la ficción es un paliativo fugaz para el desasosiego que surge de la conciencia de nuestros confines, la imposibilidad en que nos hallamos de ser y hacer todo lo que nuestra fantasía reclama. Pero, aun así, gracias a ella nuestras vidas se multiplican en un universo de sombras que, aunque frágiles y amasadas con una leve materia, se incorporan a nuestras vidas, influyen en nuestros destinos y nos ayudan a solucionar el conflicto que resulta de esa extraña condición nuestra de tener un cuerpo condenado a una sola vida y unos apetitos que nos exigen otras mil. La manera como la literatura influye en la vida es misteriosa y todo lo que se diga al respecto debe tomarse con cautela. ¿Hizo la ficción más desdichado o más feliz a don Alonso Quijano? De un lado, lo puso en entredicho con el mundo, lo hizo estrellarse contra la terca realidad y perder todas las batallas. De otro ¿no vivió así más plenamente que los demás? ¿Hubiera sido más envidiable su destino sin esa porfía suya en proyectar sobre el mundo las criaturas de su espíritu? ¿No hay, en esa empresa insensata, algo que nos redime de la rutina, no nos hace vivir algo de todo aquello que no hicimos, ni fuimos, y hemos vivido añorando, soñándolo?

Por eso, si todos los seres humanos que recurren a las ficciones tienen por el Quijote una devoción particular, los que dedicamos nuestras vidas a escribirlas, nos sentimos recónditamente afectados por su historia, que simboliza la que emprendemos cada vez que, enfrentados a la página en blanco con la fantasía y las palabras, lo emulamos en el afán de arraigar lo imaginario en lo cotidiano, la ilusión en la acción, el mito en la historia, y encontramos en su aventura aliciente para las nuestras.

Pero, quizá, estas consideraciones sean demasiado abstractas para hablar de una vocación, la del contador de historias, que es a la que debo estar hoy día aquí, en la patria chica de don Miguel de Cervantes, recibiendo este premio que honra su memoria y que me honra, de mano de los reyes de España. Como todo el que escribe historias, yo fui lector antes que escribidor, y, antes que lector, fui, por supuesto, escuchador de ficciones. Mi vocación debió nacer al conjuro de aquella otra vida que te revelaron los cuentos de los abuelos, o de la tía abuela Elvira, la Mamaé, en Cochabamba, cuando era un pequeño déspota de pantalón corto, que, por lo visto, exigía una historia con principio y final por cada cucharada de sopa. Yo era entonces inmensamente feliz, viviendo, como Alonso Quijano, "todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos". Pinocho, La Sombra, El Coyote, Bill Barnes, el pequeño Guillermo, Mandrake y Nostradamus, las correrías del Zorro en la Misión de San Juan de Capristano, las de Sandokán y el fiel Yáñez en Malasia y las historias que irrumpían en la casona de Ladislao Cabrera con El Peneca y el Billiken llenaban mis días de exaltación. En mi memoria, aquellos personajes se conservan más vívidos que Gumucio, Román, Artero, Zapata y Ballivián y demás compañeros de La Salle con los que reproducíamos sus hazañas en los patios y techos de la casa. (Olmedo lloriqueaba porque, para entrar en el juego, debía hacer de Chita, el mono de Tarzán).

No sé cuándo oí hablar por primera vez de Don Quijote, pero me gustaría que hubiera sido allí, en Bolivia, y de boca del abuelo Pedro, a quien mi infancia debió tanto, un señor que tenía una frente muy ancha y una gran nariz. Escribía versos festivos cuando se presentaba la ocasión, contaba cuentos con mañas de brujo y me incitó a leer libros soberbios. Pero sí recuerdo con precisión que mi primera tentativa de entrar en El Quijote, en algún año de la secundaria, fue un fracaso: a cada párrafo, las palabras difíciles y los giros arcaicos pulverizaban la ilusión, y a mí lo que me gustaba de las novelas -lo que me gusta todavía de las novelas-, era que me abolieran y transubstanciaran, como a Alonso Quijano las del Amadís y del Espliandán, y me hicieran enamorarme, combatir, enfurecerme, llorar, matar y resucitar. Sólo años después, y gracias a La ruta de Don Quijote (1905), de Azorín, relato de su recorrido por La Mancha en pos de las huellas de Cervantes, volví a leerlo, hasta el final.

Para entonces era un devorador desaforado de historias ajenas y garabateador de algunas propias. No sospechaba que llegaría a ser un escritor pero ya me desvelaba esa ambición, que parecía todavía más improbable que esas otras, acariciadas en secreto: ser marino, torero, aviador, legionario, explorador, mosquetero, rey del mambo y conquistador de la India y de Brigitte Bardot. Pero sí sabía que siempre sería un lector empedernido de novelas porque las horas que pasaba sumido en esa vorágine de destinos excepcionales, paisajes exóticos y gentes estimulantes, eran siempre las mejores. Sin exageración puedo decir, por eso, que entre mis quince y veinte años, mientras estudiaba Letras y Derecho y manufacturaba noticias y reportajes alimenticios, me las arreglé, sin salir de Lima, para combatir al Kuomintang con los camaradas chinos en las calles de Shangai, perseguir a un gran cetáceo blanco por los mares de Oceanía en un ballenero de Nueva Inglaterra, vivir la bohemia de la entreguerra en los cafés de Montparnasse, mudar en cucaracha y ser ejecutado por un ignoto crimen en una ciudad que pudo ser Praga, sufrir la derrota napoleónica en la morne plaine de Waterloo, asfixiarme de oscuras fobias y retorcidas animosidades en el violento Deep South, y, ayudado por la linda Placer-de-mi-Vida, cometer gongorinas bellaquerías con Carmesina, la heredera de Grecia, mientras devastaba el Imperio Turco. Malraux, Melville, Hemingway, Kipling, Kafka, Victor Hugo, Stendhal, Faulkner, Johanot Martorell, Balzac, Flaubert, Tolstoi y tantos otros fabuladores formidables, debieran comparecer a recibir este premio conmigo, pues sin ellos, que deslumbraron mi juventud y me enseñaron a animar los sueños en la vida gracias a las palabras, no habría llegado a ser un escritor.

La literatura ha sido mi primer y más grande amor, la más querida de las servidumbres, pero sé de sobra que tampoco habría podido consagrar mi tiempo a mi vocación como lo he hecho, ni escribir lo que he escrito, ni publicar lo que he publicado, ni, por cierto, estar hoy aquí, recibiendo el Premio Cervantes, sin España, la tierra de los remotos antepasados que es ahora también la mía. Quién me iba a decir, en aquel verano de 1958, cuando desembarqué en el puerto de Barcelona y corrí a las Ramblas a identificar los lugares descritos por Orwell, en su Homenaje a Cataluña, que llevaba escondido en la maleta, que, a partir de entonces, mi vida daría un vuelco mágico. La acción de gracias sería interminable pero creo que puedo reducirla a algunos reconocimientos. El primero, a esos médicos catalanes, amantes de los cuentos y de Leopoldo Alas, que editaron mi primer libro. Y a Carlos Barral, poeta, editor y compinche queridísimo a quien nunca podremos agradecer bastante lo que hizo por desembotellar la vida cultural de los sesenta y unir, en un gran intercambio de libros, ideas, valores y amistades, a lectores y escritores de ambas orillas del océano. Había algo quijotesco en Carlos Barral, en su flacura con úlceras y su desprecio al mundo comestible, en su munificencia de señor renacentista y sus desplantes retóricos, pero, sobre todo, en su aptitud para desobedecer la realidad, trabajar contra sus intereses, preferir la forma al contenido -el teatro a la vida- y vivir la ficción hasta sus últimas consecuencias, es decir, la derrota y la muerte. Antes de ser derrotado definitivamente se dio maña para abrir las puertas de España a la mejor literatura moderna y para promover a una serie de escritores nuevos, yo entre ellos, que, sin su aliento, su fe en lo que hacíamos y sus maquiavelismos para sortear la censura, jamás habríamos salido del limbo. Tendría, también, que citar a otros editores, críticos benevolentes, compañeros del oficio y, por supuesto, a los lectores españoles, esas amigas y amigos invisibles que estuvieron siempre allí para levantarme la moral. Pero sería interminable y me contentaré sólo con agradecer lo mucho que le deben mis libros, mi familia, mi persona pública y mis demonios inconfesables a quien, desde hace treinta años, en su torre de vigía de la ciudad condal, organiza y desorganiza como una hada madrina fugada, de los manuscritos de Cide Hamete Benengeli, mi trabajo de escritor, defendiéndolo de toda clase de peligros, empezando por mí mismo. Terror de editores, conspiradora pertinaz, pródiga amiga, cómplice de mil y una aventuras, se llama Carmen Balcells y juraría que anda por aquí, llorando como una Magdalena.

Y ahora, para terminar, con permiso de sus majestades, quisiera contarles un cuento. ¿Hay manera mejor de recordar a don Miguel de Cervantes Saavedra que practicando, el día de su fiesta, este oficio al que su genio dio tanta gloria? ¿Y qué homenaje podría apreciar más Don Quijote de la Mancha, ese fantaseador indoblegable, que el de una ficción viva, desplegando sus alas en el aire culto de este claustro? Se trata de una historia que no es mía y que ni siquiera es inventada, pues la leí en un periódico, hace meses. Desde entonces, me ronda en la memoria como una tierna alegoría sobre los poderes y maleficios de la ficción.

Aquel caballero madrileño, hoy un hombre entrado en años, era un mozalbete sin barba al que un día, de pura casualidad, cayó en las manos una novela de autor ruso, no sé cuál. Le gustó tanto, pasó tan bien aquellas horas, trasladado en espíritu de Madrid a Moscú, o San Petersburgo, o a algunas de esas mansiones perdidas en la inmensidad de las estepas donde ocurren las historias de Gogol o los dramas de Chéjov, que el joven de mi cuento empezó a buscar afanoso otras novelas rusas y a devorarlas. Lo que fue al principio una curiosidad, un pasatiempo, se convirtió con los meses y los años en una vocación, en un vicio, en una enfermedad. No se hizo escritor, ni crítico literario ni profesor de letras eslavas ni aprendió ruso. Fue y es todavía, solamente -pero ese solamente es un universo- lector de novelas rusas traducidas al español. Ahora, gracias a él, sabemos que hay miles de cuentos y novelas rusas vertidos a nuestra lengua, y lo sabemos porque todos esos libros están, o tarde o temprano estarán, en la biblioteca de este señor que les profesa el mismo amor que Alonso Quijano a las novelas de caballerías. Mi ferviente lector, a lo largo de su vida, mientras terminaba los estudios de leyes, se recibía de abogado, y practicaba su profesión, paralelamente llevaba una doble y suntuosa vida, allá, en Rusia. Quiero decir que recorría las librerías nuevas y viejas de Madrid en busca de novelas rusas, que compraba, leía y releía. Lo ha venido haciendo, toda una vida. Lo hace todavía. Los años no han entibiado su entusiasmo; el reportaje de mi cuento lo mostraba en plena forma, relatando con regocijo sus cacerías por el Rastro, por los puestos y estanterías de las esquinas y mostrando su botín, esos volúmenes que han invadido los cuartos y pasillos de su hogar. Pero, tal vez, la parte más extraordinaria de la historia, sea ésta: que el caballero asegura haber leído gran parte de aquella biblioteca de libros rusos, sobre la marcha y al aire libre, es decir, andando por el centro de Madrid, en las idas y venidas de su casa a su estudio y de su estudio a su casa, a lo largo de muchas décadas. Las precisiones y detalles que ofrecía eran sorprendentes, hasta inverosímiles, pero, era obvio que decía la verdad. Juraba que sus pies, o su instinto, o el ángel de la guarda de los lectores compulsivos habían llegado a memorizar tan rigurosamente cada bache, cada poste de luz, cada agujero, saliente o sardinel de la Gran Vía que no necesitaba casi levantar los ojos del libro que iba leyendo, a lo largo de todo el trayecto y que en esas matutinas y vespertinas lecturas semovientes, nada lo arrancaba de su hipnótica concentración. Exactamente aquí quiero terminar el cuento y dejar al caballero, avanzando a un ritmo parejo, ni muy despacio ni muy rápido, por la atestada arteria madrileña, entre presurosos asalariados, vagos, paseantes y hordas de turistas, sus ojos moviéndose con deleite sobre las líneas del libro que lleva en las manos, indiferente a las bocinas y a las voces y a los olores y sabores de la actual realidad, exiliado en el tiempo y el espacio, disfrutando con toda la atención de su alma de la efusiva animación de una aldea siberiana o galopando en salvajes caballos de cosacos a la orilla del Don, atragantándose de vodka y caviar y balalaikas con los oficiales de la zarina o temblando de frío y de remordimientos entre las nubes del zahumerio, los iconos dorados y las barbas de los popes, en una iglesia ortodoxa con capillitas como alvéolos de panal. Nada lo distrae, nada lo despierta, nada le recuerda los avatares de su vida real. Rumbo al trabajo o al porrazo, el caballero vive la ficción y es feliz.



Discurso del autor durante la entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 1994, entregado en Madrid en abril de 1995.





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