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¿Qué diablos es el periodismo border?



Cicco



Un año atrás, harto del periodismo, de los periodistas de culo pesado, y en particular, de mi jefe periodista, inicié una serie de crónicas donde me propuse abordar las historias tomando prestadas técnicas que no pertenecían al periodismo. Tal vez no debería decir "prestadas", sino emplear el término más exacto: las robaba.

Como en las películas de momias donde el protagonista viaja a Egipto a desenterrar un tesoro faraónico, dejé el periodismo atrás y me dediqué a explorar géneros inhóspitos y a vivir cosas fuera de lo común. Asistí a autopsias, a orgías, me empleé como enterrador, como asistente de boxeo, fui catador sexual, cazador, anfitrión de tangos, nudista. En fin, me divertí. Al igual que el arqueólogo que regresa con una maldición a cuestas -o no regresa-, yo volví al periodismo siendo otro. Una bestia corrompida que descubrió que la realidad real, la verdad verdadera, por algún motivo, no entraba en los medios. A partir de entonces, decidí incorporar el hallazgo en mis textos y ver qué ocurría. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: me peleé con infinidad de gente, me llamaron gay, antisemita, drogón, inútil, me dejaron fuera de fiestas, eventos, y en mi revista empezaron a mirarme como al unicornio. Un ser que directamente no existe.

Y así fue como, en mayor o menor medida, se inició el border, una forma de narrar los hechos con pautas personales, desprejuiciadas, desencantadas.

Toda definición comienza por decir lo que no es. Bien, el border no es nuevo periodismo. Cuando Tom Wolfe, un dandy que se doctoró en la Universidad de Yale, estableció las bases del "nuevo periodismo", se nutrió exclusivamente de la literatura, de sus reflexiones mentales, de sus descripciones, de su catarata de diálogos. Si bien Wolfe registró el género en un ensayo de 1975, el nuevo periodismo se inició en los 60 y confesemos que, excepto que usted crea que Cher sigue siendo una adolescente, ya está un poco viejo. Sin embargo, nadie ha hecho el intento por superarlo.

Cuando Hunter S. Thompson fundó el "periodismo gonzo" en una crónica en primera persona sobre las carreras de caballos en Kentucky, donde se tomaba hasta la humedad de las paredes, daba la impresión de que se venía una verdadera revolución. "Para ser gonzo", describió Thompson, la voz más auténtica de la revista Rolling Stone, "se necesita el talento de un maestro periodista, la mirada de un artista o un fotógrafo, y las bolas bien plantadas de un actor". Aunque vaga, no era mala definición. En verdad, Thompson nunca tuvo en claro a qué apuntaba con lo de gonzo, estaba más bien ocupado tomando whisky y disparándole a todo lo que se le cruzaba en su cabaña de Colorado. Hasta que en febrero último tomó el revólver del revés y se voló los sesos. Tenía 67 años. Las enciclopedias, sin embargo, se ocuparon de definir el género por él: "El gonzo es, en esencia, una extensión del nuevo periodismo. Como el punto de vista de Thompson estaba distorsionado por el consumo de drogas y alcohol, la mayor parte de sus crónicas deben ser consideradas como ficción".

Tanto Wolfe como Hunter, y su camada -Guy Talese, Norman Mailer, Truman Capote-, se basaban en una premisa de William Faulkner: la mejor ficción, decía, es más verdadera que cualquier clase de periodismo. Esto les permitía retocar los hechos para presentar aquello que consideraban el gran sentido de la historia. El motor de su búsqueda era, sobre todo, un motor literario.

El periodismo border tiene, en cambio, un motor informativo. Y está básicamente pensado para hacer cagar en sus pantalones a los popes del periodismo de museo, a los redactores de manual, al periodista lavado, meticuloso, que no escriben adverbios porque les parecen que son muy largos, no escriben adjetivos porque temen ofender a alguien.

El periodista border viola todas estas reglas, salta la frontera y regresa cargado de sustancias ilícitas sorteando la aduana de los editores, intoxicando todo lo que le rodea -el género, su vida-, en pos de una narración auténtica, de primera mano, con olor, con color, con un sentido, con una revelación.

Establecí siete pasos para entender de qué demonios hablamos cuando hablamos de periodismo border. Siete pasos que no lo llevarán al estrellato, ni a la dirección de un medio. Más bien, lo llevarán en dirección al baño y a la ruina. Sin embargo, para el periodista border, el baño y el dormitorio son los ambientes donde ocurren las cosas importantes de la vida, los lugares donde el hombre se muestra tal cual es. Y esa búsqueda es la esencia del género.

El relato vivencial: tal vez por pura comodidad, el periodista tradicional no vive las cosas, las pregunta o las averigua por Internet. Un error. La premisa del periodista border es: "¿si puedo vivirlo yo, para qué quiero que me lo cuenten otros?". La vivencia otorga autoridad. Siguiendo esta premisa, yo trabajé hasta de actor porno. El porno no sólo da autoridad, además, facilita el enganche con las chicas. Sólo ocúpese de que ninguna vea la película. Esto aviva el mito.

La técnica serial killer: hay una tendencia, en especial en la TV, del periodista canchero que genera reacciones espectaculares para la cámara. No busca descubrir una historia, se concentra en provocar una situación. Un periodista border es precisamente lo contrario: necesita el enmascaramiento de la normalidad para hacer su trabajo. Jeffrey Dahmer era un excelente vecino de Milwaukee hasta que descubrieron que coleccionaba cráneos de una docena de víctimas, y, si le parecían apetecibles, las servía en la cena. En Rostov, Rusia, la mujer del maestro Andrei Chikatilo lo consideraba un padre ejemplar. Pensó que se trataba de un error cuando lo detuvieron por el crimen de 52 personas, la mayoría niños. Cuando estaba de humor, Andrei también se los comía. Vidas ordinarias en mentes retorcidas. Este es el rango de acción del border. Pero, por amor de Dios, deje a los niños en paz.

Cruce al humor: empleo de la situación hipotética con fines cómicos, del chiste que desmitifica el tema tabú, del elemento grotesco que desmantela a la celebridad. El humor es una fuente rica para el periodismo. Al fin de cuentas, todos vamos a morir, qué mejor chiste que ése. Henry Louis Mencken, P.J. O'Rourke y Dave Barry son ejemplos magistrales del cruce entre ambos géneros. Todas sus obras son recomendables, aunque hay poco traducido. Si no tiene dinero suficiente, lea el apartado de "la simulación imbécil" y conseguirá, como mínimo, un descuento en librerías por incapacidad mental.





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