Mario Vargas Llosa
Hay algo abrumador en obtener un premio llamado Cervantes y recibirlo en Alcalá de Henares, la ciudad
donde nació el padre y maestro mágico de nuestra literatura, en una ceremonia realzada por la presencia de sus
majestades. Y que este acto tenga lugar precisamente el día que se conmemora, con la muerte del autor del
Quijote, la vigencia de una lengua a la que su genio inyectó un torrente de vida y de fantasía que todavía bullen, rebosantes de
juventud, cada vez que abrimos la historia del Caballero de la Triste Figura. ¿Qué puede decir este afortunado escribidor
que no haya sido ya dicho sobre Cervantes? ¿Qué añadir sobre su obra que no rechine como disco rayado?
La vertiginosa bibliografía y el culto oficial de que es objeto, lo han, en cierta forma, petrificado, como a
Homero, Dante o Shakespeare, esos autores que con él han pasado a ser símbolos de una lengua y una cultura,
haciéndonos olvidar, a menudo, que el icono semidivinizado por el respeto y las venias de las generaciones fue una criatura
de carne y hueso enfrentada, como las demás, a las emboscadas de un destino incierto y que su obra no resultó
del milagro ni el azar, sino de la voluntad, el trabajo, la artesanía y la paciencia. En ningún otro de esos creadores es
tan visible ese relente de humanidad identificable por el hombre común, como en la vida azarosa que se inició en
esta ciudad, algún día del otoño de 1547, de Miguel -el hijo de Rodrigo Cervantes, barbero y cirujano chambón,
que vivió acosado por los pleitos y huyendo de la mala suerte. Ésta fue la única herencia que legó a su hijo, al
parecer: los infortunios -juicios, excomuniones, fugas, estrecheces de una existencia que, pese al asedio de los
historiadores, conserva todavía grandes zonas de sombra y, como la de Shakespeare, tenemos en buena parte que adivinar. Pero
sí sabemos con certeza que la vida de Cervantes fue la de un ciudadano sin títulos ni fortuna, que vivió en la
medianía, aunque los dos arcabuzazos que recibió en Lepanto y la mano izquierda que le quedó anquilosada hayan inducido
a los hagiógrafos a izarlo sobre el zócalo del héroe. No lo fue, por lo menos no en el sentido épico de la expresión,
sólo en ese otro, discreto, que es el heroísmo de las gentes anónimas, por haber resistido sin desfallecer tantos reveses
y pellejerías -los cinco años de cautiverio en Argel, la esclavitud en manos del renegado griego Dalí Mamí, las
negativas de los burócratas cuando quiso servir a la corona en Indias, las cárceles por deudas, y la amargura de no alcanzar
la gloria en el género príncipe -la poesía-, debiendo contentarse con la plebeya narrativa, tan lejos de la
cúspide intelectual y tan cerca del populacho.
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Ilustraciones: Gustav Doré |
La vida de Cervantes nos emociona o entristece pero no nos admira: era la precaria del español de a pie de
esos tiempos convulsos. Lo que nos desconcierta es que de esa vida marcada por la sordidez, hubiera podido surgir
una aventura tan generosa como la del
Quijote, esa novela sobre la cual parece haberse dicho ya todo, y, sin embargo,
vez que la releemos descubrimos que aún falta tanto por decir.
Toda obra genial es una evidencia y una incógnita.
El Quijote, como La Odisea, la
Commedia o el Hamlet, nos enriquece como seres humanos, mostrándonos que, a través de la creación artística, el hombre puede romper
los límites de su condición y alcanzar una forma de inmortalidad; al mismo tiempo nos fulmina, haciéndonos
conscientes de nuestra pequeñez, contrastados con el gigante que concibió esa gesta. ¿Cómo pudo perpetrar un deicidio
semejante? ¿Cómo fue posible desafiar de ese modo la creación del Creador? Escribiendo la historia del Ingenioso
Hidalgo, Cervantes potenció la lengua española a unas alturas que nunca había alcanzado y puso un tope emblemático
para quienes escribimos en ella; y renovó el género novelesco, dotándolo de una complejidad y sutileza tan vastas
como la ambición, destructora y reconstructora del mundo que lo anima. Desde entonces, todas las novelas se
medirían con la marca que ella puso, ni más ni menos que todo el teatro estaría siempre espiando a hurtadillas al de
Shakespeare, como piedra de toque.
Que fue y es una gran novela cómica y a la vez muy seria, que ella recrea en un mito sencillo la
insoluble dialéctica entre lo real y lo ideal, que a la vez que pulverizaba las novelas de caballerías les rendía un
soberbio homenaje, nos lo han explicado los críticos. Pero, han dicho menos que, entre las muchas cosas que es, como
todos los grandes paradigmas literarios, el
Quijote es también una ficción sobre la ficción, sobre lo que ella es y la
manera como opera en la vida, el servicio que presta y los estragos que puede causar. Este tema reaparece en todas las literaturas porque es un tema permanente en la vida de las gentes, y ningún novelista lo ha descrito con tanta
perfección, en una historia tan seductora y tan clara, como lo hizo Cervantes, acaso sin siquiera proponérselo ni saber que
lo hacía.
Se trata de algo muy simple, en un principio, aunque luego se vuelva complicado. Hombres y mujeres no
están contentos con las vidas que viven, que se hallan siempre por debajo de sus anhelos y, como no se resignan a
renunciar a esas vidas que no tienen, las viven en sueños; es decir, en los cuentos que se cuentan. La literatura es una rama
de ese árbol opulento: la ficción. Ese quehacer, inventarse y contarse historias para soportar mejor la historia que se vive es antiquísimo como el lenguaje y sin duda se practicó desde que las primeras manifestaciones de
una comunicación inteligente sustituyeron a los gruñidos y brincos del antropoide, en la caverna primitiva. Allí
debieron escucharse, junto al fuego, las primeras ficciones, en la misma actitud reverencial con que, a lo largo de los
milenios y a lo ancho de todas las geografías, las escucharían los niños de boca de las abuelas, las tribus convocadas en
los claros del bosque por habladores y chamanes, los vecinos en las plazas de las aldeas cantadas por los cómicos de
la legua, y los poderosos en los salones de las cortes y palacios recitadas por los troveros. Con la escritura, la
ficción pasó al libro, que fijó lo que hasta entonces era un universo perecible de oralidad. La literatura estabilizó,
dio permanencia a los mitos y prototipos cuajados en la ficción: gracias a ella, de un modo misterioso, esa vida
alternativa, creada para llenar el abismo entre la realidad y los deseos sobre el cual se columpia la criatura humana,
obtuvo derecho de ciudad y los fantasmas de la imaginación pasaron a formar parte de lo vívido, a ser, en palabras
de Balzac, la historia privada de las naciones.
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Miguel de Cervantes Saavedra |
Una ficción es un entretenimiento sólo en segunda o tercera instancia, aunque, por supuesto, si también no lo
es, ella no es nada. Una ficción es, primero, un acto de rebeldía contra la vida real y, en segundo, un desagravio
a quienes desasosiega el vivir en la prisión de un único destino, aquellos a los que solivianta esa "tentación de
lo imposible" que, según Lamartine, hizo posible la creación de
Los miserables, de Victor Hugo, y quieren salir de sus vidas y protagonizar otras, más ricas o más sórdidas, más puras o más terribles, que las que les tocó. Esta manera
de explicar la ficción puede parecer truculenta, tratándose de lo que a simple vista no es más que el benigno
pasatiempo de un señor que, en la noche, antes de que le vengan los bostezos, perpetra el crimen de Raskálnikov y se duerme,
o de la virtuosa señora que toma el té de las cinco cometiendo las travesuras de las damas de Bocaccio sin que
se entere su marido. Pero, como nos muestra Alonso Quijano, la ficción es algo más complejo que una manera de
no aburrirse: el transitorio alivio de una insatisfacción existencial, un sucedáneo para esa hambre de algo distinto a
lo que ya somos y ya tenemos, que, paradójicamente, la ficción aplaca al mismo tiempo que exacerba. Porque
esas vidas prestadas que son nuestras gracias a la ficción, en vez de curarnos de nuestros deseos, los aumentan y
nos hacen más conscientes de lo poco que somos comparados con esos seres extraordinarios que maquina el
fantaseador agazapado en nuestro ser.
La ficción es testimonio y fuente de inconformidad, desacato del mundo tal como es, prueba irrefutable de que
la realidad real, la vida vivida, están hechas apenas a la medida de lo que somos, no de lo que quisiéramos ser, y por
eso debemos inventar unas distintas. Esa vida ficticia, superpuesta a la otra, sobre todo cuando ella es
sobresaliente, como en los tiempos en que Cervantes escribió su epopeya, no es un síntoma de felicidad social, más bien de
lo contrario. ¿Para qué necesitaría una sociedad procrear en su seno esas vidas paralelas, esas mentiras, si la que
tiene le bastara, si las verdades de la existencia la colmaran? La aparición de una gran novela es siempre indicio de
una rebeldía vital, articulada en la configuración de un mundo ficticio, que, guardando el semblante del mundo real,
en verdad rechaza a éste y lo cuestiona. Ésa es, tal vez, la explicación de la fortaleza con que Cervantes parece
haber sobrellevado su circunstancia: desquitándose de ella con un deicidio simbólico, reemplazando la realidad que
lo maltrataba con el esplendor de la que, sacando fuerzas de sus decepciones, inventó para oponerle.
Combatir la realidad con la fantasía, que es lo que hacemos todos cuando contamos o fabricamos historias es
un juego entretenido mientras nos mantengamos lúcidos sobre las fronteras inquebrantables entre ficción y
realidad. Cuando esa frontera se eclipsa y ambas órdenes se confunden, como ocurre en la mente del Quijote, el juego cede
el lugar a la locura y puede tornarse tragedia. Ahora bien, aunque es evidente que el temerario manchego acomete
un sinfín de disparates, pues actúa con una percepción de lo real esencialmente falsa, o, mejor, falseada por la ficción caballeresca, sus excentricidades no le han merecido nunca el desprecio de los lectores. Por el contrario,
incluso para sus contemporáneos, que leyeron el libro riéndose a carcajadas y vieron en él sólo una novela risueña,
el esmirriado manchego que arremete contra molinos de viento creyéndolos gigantes, toma la bacía de un barbero
por el yelmo de Mambrino y ve castillos y palacios en las ventas del camino, apareció como un ser moralmente
superior, empeñado en una aventura noble e idealista, aunque, a causa de la desbocada fantasía que enturbia su razón, todo
le salga al revés. Desde un principio, los lectores se identifican con el Quijote, que ha sucumbido a la tentación de
lo imposible tratando de vivir la ficción, y toman una distancia perdonavidas del buen Sancho Panza, a quien, por
su sentido común, por vivir amurallado dentro de lo posible, se ha convertido en encarnación de una deleznable
forma de humanidad, la del hombre en el que la materia sofoca al espíritu y cuyo horizonte vital es mezquino de
tanto pragmatismo.
Juzgando en frío, hay una gran injusticia en esta desigual valoración de la célebre pareja, al menos si la
perspectiva del juicio se desplaza de lo individual a lo social. Pues, lo cierto es que esos rechazos del Quijote al mundo tal
como es provocan múltiples desaguisados, tropelías y aun catástrofes: destruyen bienes ajenos, ponen en libertad a
peligrosos criminales, diezman rebaños, aterran o dejan tundidos y birlados a humildes aldeanos. Las empresas del Quijote
sólo son simpáticas a sus lectores, de ninguna manera a esos pobres diablos que su fantasía convierte en
encantadores, encantados o caballeros andantes y a los que trata a menudo de ensartar con su lanzón. Si hubiera prevalecido el pragmatismo de Sancho, su comprensión cabal de las cosas de este mundo, el Quijote tendría, al final de
la historia, los lomos menos magullados y su boca más dientes. Pero, entonces, no habría habido novela -o ella
habría sido aburridísima- y la lengua y la literatura españolas serían menos fecundas de lo que son.
Lo que quiere decir, por lo menos, dos cosas. La primera, que en el
Quijote no admiramos a un personaje real
sino a un fantasma, a un ser de ficción, y que lo que nos aleja de Sancho es que, a diferencia de su amo, no se
despega demasiado de nosotros, y por eso su manera de actuar y ver las cosas no nos parecen las de un ser novelesco sino
las de un mero mortal. Y eso me lleva a la segunda conclusión: que la razón de ser de la ficción, no es representar
la realidad sino negarla, trasmutándola en una irrealidad que, cuando el novelista domina el arte de la
prestidigitación verbal como Cervantes, se nos aparece como la realidad auténtica, cuando en verdad es su antítesis.
Ése es, acaso, el simbolismo del Quijote que mueve más íntimamente nuestra solidaridad hacia su
desgarbada silueta: él ha convertido en práctica cotidiana esa ficción que el común de los mortales necesita también para
rellenar los vacíos de la vida pero sólo visita a ratos, cuando sueña, lee o asiste a un espectáculo, es decir, cuando se
desdobla, ayudado por la imaginación. El Quijote no se desdobla: sale de sí de verdad, cruza los límites prohibidos, hacia
los espejismos de la ficción, y ni los peores reveses consiguen regresarlo al mundo real. Más que el contenido de
su sueño o su tabla de valores, lo que en él es eterno es el hambre de ficción que lo carcome, tan avasallador que
lo empuja a ese enloquecido trueque: dejar de ser de carne y hueso para tornarse quimera, ilusión.
Es verdad que la empresa quijotesca -salir de la realidad propia para vivir la fantasía- ha dado tipos
humanos excepcionales, gracias a cuyas temeridades el mundo ha progresado en el dominio del conocimiento y que sin
ellos la vida sería mucho más gris de lo que es. El progreso científico, social, económico, cultural, se debe a
soñadores así: sin ellos no se habría descubierto aún América, ni la imprenta ni los derechos humanos y seguiríamos
zapateando en la tierra para que cayera la lluvia sobre las cosechas. Pero también es cierto que el llamado de lo irreal,
al aguijonear en hombres y mujeres el apetito de lo que no tienen ni tendrán, ha aumentado, considerablemente,
su infelicidad. Se trata de un problema insoluble, pues no hay una manera realista de que aquello que intenta el
Quijote sea posible y lleguemos a vivir, simultáneamente, en la vida objetiva de la historia y en la subjetiva de la ficción.