Script cargado de sentimientos
Bernardo Barranco
Todas las religiones son por esencia un acto de comunicación. Ninguna religión existe sin comunicación.
La tradición oral, la utilización de símbolos e iconos, la escritura sagrada y el manejo de la imagen han sido
instrumentos para transmitir la revelación y la trascendencia religiosa.
La Iglesia católica desde los años 50 ha desarrollado una política global de comunicación. El Concilio
Vaticano II fue el primer suceso religioso transmitido por televisión a todo el mundo. La construcción de las
imágenes mercadotécnicas de los últimos papas no son obras de la casualidad, refieren un uso sofisticado de
estrategias comunicativas. Juan XXIII, 1958-1962, "El papa bueno"; Juan Pablo I, 1978, "El papa de la leve sonrisa" y Juan
Pablo II "El atleta de Dios", son eslóganes que acompañan a los personajes.
Sin duda, Karol Wojtyla posee un carisma excepcional que la Iglesia ha aprovechado al máximo; ahora bien,
en el largo pontificado de Juan Pablo II de 24 años, la construcción de su imagen ha pasado por diferentes etapas.
Desde el "peregrino incansable", pasando por el "superstar" triunfador de la caída del socialismo hasta el
anciano enfermo, "profeta y patriarca", nos indica los ajustes y estrategias flexibles que el Vaticano ha diseñado en
torno de su principal actor.
Resulta paradójico que hace 24 años, los estrategas de la Santa Sede centraran la imagen de la Iglesia en
el vigoroso y atlético Karol Wojtyla, esa estrategia ahora se revierte, pues el papa transmite dolor, ancianidad,
enfermedad y dificultad para comunicarse fluidamente. Esta imagen se traslada a la institución e inevitablemente uno
pregunta: ¿quién y cómo es conducida la Iglesia?, ¿en estas condiciones, cómo una persona puede gobernar una
institución tan complicada como la Iglesia? Si hace 24 años, la presencia del papa polaco, el mensaje era de un
relevo conservador y musculoso hoy, en cambio, el script está cargado de los sentimientos encontrados de la
decadencia. En otras palabras, el papa arrastra con su sufrida imagen a toda la Iglesia estacionándola en el pasado vetusto
y rancio.
Si la religión es comunicación, qué pasa cuando su principal personaje institucional ya no tiene ni la fluidez ni
la capacidad comunicativa. ¿Construirán nuevas fórmulas que exploten el espíritu, la tenacidad y espiritualidad de
un actor en declive? Estas son cuestiones centrales que surgirán en la próxima quinta visita del papa a México:
¿un papa gravemente enfermo al frente de una Iglesia marcada por los escándalos atraerá nuevamente al
pueblo mexicano?
¿A qué viene el papa?
El papa Juan Pablo II vendrá a México. Es un hecho que canonizará a Juan Diego, los voceros del Vaticano así
lo han confirmado y finalmente si su salud lo permite, aquí estará a fines de julio. No debemos olvidar que México
es tierra fértil para los pontífices, su sola presencia trasciende los motivos de su viaje. Así han sido las visitas
anteriores. ¿Quién se acuerda que vino a inaugurar una conferencia latinoamericana de obispos en 1979 o a presentar
un documento en 1999? La interrogante por ello, no sólo es, ¿a qué viene el papa sino en qué condiciones vendrá
a nuestro país? Un pontífice anciano y enfermo, cierto, con una fe férrea pero que no le impide ser consumido
por los dolores acechantes de múltiples padecimientos y de la conflictividad de una Iglesia católica tironeada y
marcada por divisiones internas propias de un verdadero fin de ciclo pontifical.
El papa es el papa y México es siempre fiel. Los mexicanos han expresado en numerosas oportunidades
su fascinación por este personaje. Diversos sectores sociales se le han entregado, desde las clases populares que
tienen que plantarse 25 o 30 horas para verlo pasar unos instantes hasta las élites que pierden toda compostura para
ubicarse en algún lugar de privilegio en cualquiera de las ceremonias e incluso están dispuestas a intercambiar favores
para participar en algún encuentro reservado sólo para los acaudalados.
Desde 1979, fecha de su primer viaje a México, Juan Pablo II se ha convertido en un personaje central entre
los mexicanos. Su presencia física, mediante cuatro visitas directas a nuestro país como su continua aparición en
los medios electrónicos, llena el profundo vacío de líderes y conductores sociales en México. La imagen carismática
del papa es acompañada por un discurso social y religioso firme que es sustancialmente antagónico a la práctica
de corrupción, a los dobles lenguajes de los políticos y pobre visión de nuestros estadistas y empresarios. Su
pontificado coincide con el declinamiento del PRI, así como del viejo sistema político mexicano. El discurso del papa, en
suma, más en la forma que en el fondo es aceptado por el mexicano como principios confiables porque la figura
central de la Iglesia católica goza de absoluta autoridad moral.
Ante este interés de la sociedad se explica sobe todo el interés comercial de los medios, poco preparados
en materia religiosa, sobre todo la televisión explota los sentimientos, las emociones y la figura del pontífice
llegando a rozar las fronteras de lo ridículo y en otros casos, con preocupación lo decimos, ante el peligro de desatar
catarsis social.
El comportamiento de los medios ha venido modificándose con los años. Durante las visitas pontificales, la
prensa escrita, por lo general, ha sido moderada en el registro de los hechos, sin duda, más analítica que los
medios electrónicos. Principalmente los artículos de opinión han sido más críticos y agudos tanto sobre los mensajes,
los símbolos como en el comportamiento de la sociedad. En cambio los medios electrónicos, de manera especial la televisión, han descubierto y explotado en las últimas visitas el valor comercial de las giras pontificales en
nuestro país y la atracción de firmas comerciales. La cuarta visita del papa realizada en enero de 1999 llegó a los
extremos de la mercantilización de las figuras tanto del papa como de la virgen de Guadalupe. Ligándolos a productos y
a campañas de marketing como "las papas del papa" que escandalizaron a la feligresía y provocaron
hondas divisiones entre el clero.