Como dije antes, con el tiempo el pasmo ante la televisión fue disminuyendo, hasta desaparecer por completo. Un incendio era un
incendio, y nunca más la espléndida copia de un incendio. Lo mismo con los caballos, con la gente importante y con el presidente. A nadie le
interesaba ya que nuestra ventana privilegiada estuviera espejando astutamente sus prodigios. Quiero decir, a nadie más que a mí. A mí nunca
me abandonó el asombro. Más bien fue en aumento, y al descubrirme solo en mi embeleso, éste se tornó en inquietud. La inquietud fue luego
tremor y el tremor incendio, incendio nuevamente. No podía ver la tele sin
sospechar mi eco en las salas del país entero. Cada vez que la
encendía, sentía una carga terrible en mis acciones, una responsabilidad al oprimir aquel botón, algo en el mundo se duplicaba ante mis ojos.
Me duplicaba yo mismo ante la pantalla de la televisión apagada, me abismaba largas horas en la contemplación de mi reflejo, que no era tal
sino mi imagen en la televisión. Eventualmente llegaba alguno de mis hermanos y me apartaba con violencia. Me hacía rabiar, y a la vez
suspirar con alivio, pues lo que hacían era salvarme de morir ahogado en esas aguas. Todo ocultaba en su seno el mismo peligro, y con el paso de
los años aprendí a desconfiar de la casa entera. Donde no había televisión, había ventana mostrando cosas poco confiables, o había
espejo duplicándome
nítidamente. Junto con el horror, se acrecentó una vieja ambición, recientemente recuperada: no quería estar reflejado,
quería estar allá adentro, en el único lugar donde podría ser yo sin imitarme, quería ser hechizo en todas las salas del país. Allá adentro, el que
habla es hechizo, y se le escucha.
No era tanto ambición, como esperanza, pues, ¿de qué manera? Yo no era presidente, no era importante. No decía cosas sorprendentes,
ni vestía de colores insólitos, brillantes como llamas. O como las velas que prendimos en la sala el día que se fue la luz y la tele nos
desamparó a la mitad del cuarto a oscuras. Fue terrible que se quedara callada a media frase, que seguro de haberse completado habría sido
persuasiva y sorprendente.
Andaba yo con una vela en la mano dando vueltas por la sala a oscuras. Dos de mis hermanos se divertían burlándose de
mí, y otro se ocupaba de quemarme cuando podía con la cera de su vela. Les ignoraba, y rabiaba por dentro. ¡De qué maneras podría vengarme
de ser importante, de ser hechizo y resplandor! Rabiaba por dentro y nada hacía, pues habría sido peor. Aparté la cortina para mirar por
la ventana y me di cuenta que en todas las casas había pasado lo mismo, todas las luces estaban apagadas, y también todas las teles.
Fue abrumador, la gran sala de la gran familia estaba a oscuras. La gran familia se quedaba callada, esperando. Pero realmente no le
interesaba, en absoluto. No era presa del embeleso, de los colores insólitos. El país entero estaba de repente a oscuras y callado, y
creí que yo, que
andaba con mi vela junto a la cortina esperando a que volviera la luz, era capaz de devolverle el hechizo, las cosas qué decir durante los apagones
en las salas. Pensaba en esas cosas, no en hacer daño. Pensaba más bien en crear un nuevo embeleso, pero cada vez es más y más difícil, pues
ya nadie se deja embelesar. Pensaba en estar ahí dentro, sin el horror de estar de algún modo espejado. Lo que hice no fue por furia, no por
odio, quién quiere tanto fuego, para qué. Pero el fuego tiene sus colores insólitos, y sin duda dice también cosas fascinantes. Atrae todas las
miradas, y ya está hecho, habrá miradas aquí en breve. Que me observe el ojo de este cíclope país.