Juan Carlos Garzón
El hombre hacía y decía las cosas más fascinantes, vestía de colores insólitos. Era increíble pensar que no sólo le veíamos
nosotros, en nuestra sala, sino cualquiera que hubiera prendido su televisión a esa hora y en ese canal. Era como si todas las casas del país
tuvieran una ventana que mirara a otro mundo, todas al mismo otro mundo. Por eso éramos una gran familia, en una gran sala, todos plácidos
y callados, era magia casi.
Como es natural, con los años cedió el embeleso, y la televisión dejó de ser misterio y se convirtió en aparato, casi
como nosotros. Por eso, para entender estas cosas que han pasado, es necesario pensarlas a la luz de aquellas primeras ocasiones en que la televisión era una
ventana privilegiada hacia el mundo que había afuera, y hacía pensar en los videntes y los profetas, en visiones y bolas de cristal que ponían ante
los ojos cosas que pasaban no sé en dónde. El prodigio aquella tarde era ese hombre, que hacía y decía cosas que algo nos movían a todos, lo
que fuera. Sus colores era necesario imaginarlos, pero seguro eran espléndidos. En otras calles, en otras colonias, en otras partes del país, la
gente le veía también, le sostenían la mirada y le devolvían las sonrisas. Todo en aquel hombre era un hechizo.
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Mirando por la ventana privilegiada me enteré de
muchísimas cosas. Así supe que áfrica existía, que había carreras de caballos y que
aquí nos gobernaba un presidente. Así pasó, de verdad, tendría yo unos cinco años y fue como si aquel hombre no hubiera existido hasta que un
buen día se paró frente a las cámaras y habló por más de una hora de unas cosas muy aburridas, o más bien aburrientes porque, como decía mi
papá, las cosas no se entretienen ni se aburren. Pero así me di cuenta de que no se tenía que ser espectacular para estar en la televisión. El
presidente no tenía colores bonitos ni aunque me los tratara de imaginar ni decía cosas so prendentes. Solamente estaba ahí porque era el
presidente. Salía en la tele porque era importante, mientras
que los otros eran importantes porque salían en la tele. El día que lo pensé me sentí un
gran filósofo, porque decía las mismas palabras pero al revés. Ahora que vuelvo a pensarlo, no estoy seguro de que los importantes y los que
salen en la tele tengan alguna diferencia. Pero ya es tarde para pensar en estas cosas.
Había ocasiones en que la televisión era motivo de discrepancia. Yo soy el menor de varios hermanos, y nunca estaba en mí elegir qué
cosas ver. Lo que yo decía estaba siempre al último, rezagado por lo que decían mis herm nos, así que tenía que quedarme callado viendo lo que
ellos querían ver, o irme a algún rincón a seguir diciendo y a decir, o volver vestido de insólitos colores, decirles cosas sorprendentes, pero
más bien me ganaba sus carcajadas y alguna vez un inexplicable puñetazo en la frente, recuerdo de todos mis enojos y mis llantos. Pero si yo
hubiera estado en la tele, me habrían escuchado, y yo les habría dicho qué cosas ver, y ellos las habrían visto, me habrían visto a mí. Hubiera
vestido colores aún más brillantes, naranjas y rojos flamígeros, como los que imaginamos sabiamente cuando en las noticias vimos un edificio alto,
por el centro, que se incendiaba. No pensamos ni por un minuto en los que estaban allá adentro, quemándose. Pero con qué atención
devota miramos las llamas, sin poder siquiera parpadear. El espectáculo duró muchísimo, no recuerdo cuánto, era como si aquel incendio en el
centro se repitiera una y otra vez, espejado en nuestros
ojos bien abiertos, y no sólo en los nuestros, sino en los de todos los que en sus salas
veían aquel fuego duplicado, ardiendo por reflejos hasta el infinito.