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Pocas nueces


Jorge Javier Romero



Tristes son estos tiempos de decadencia, cuando el ambiente general que se respira en el país es de debilidad, si no de ruina. La política y los políticos parecen declinantes, ante los ojos de la ciudadanía convertida en audiencia televisiva.

Y eso cuando nos habían anunciado que ya habíamos llegado a ese reino feliz de la democracia, que acabaría con todos los males del antiguo monopolio político, esencialmente corrupto. Comenzaría, se dijo, una nueva era de la vida de México en la que todos podríamos dedicarnos a buscar la felicidad mientras nuestro voto llevaría a los virtuosos al poder por simple obra y gracia de las ventajas de la voluntad popular encarnada.

El sortilegio parece no haber sido efectivo y la gracia insuflada a la política por la conclusión exitosa, para más de un apologista, de la tan dilatada transición se ha esfumado en el aire, como aseguraba el viejo Marx que le ocurría a toda certeza por más sólida que ésta fuera.

Al despertar, el dinosaurio estaba ahí, con otras pieles, variopinto y con nuevos plumajes, pero tan saurio primitivo como antaño. De pronto resultó que aquello de que en México todo mundo era priista hasta que no demostrara lo contrario era cierto y que la atribución de todos los males del país a la carcomida maquinaria de reparto de las rentas del Estado que nos dominó por 70 años era, por decir lo menos, una frivolidad. Resulta que el PRI no estaba formado por marcianos bajados de una nave que se le habían impuesto a los virtuosos mexicanos a través de malas artes y nos habían extraído nuestra riqueza a la fuerza, sino que eran políticos pragmáticos bien adaptados a las concreciones de esta cultura. Cuando los demás exigieron su espacio lo hicieron para utilizar las parcelas conquistadas de manera que rindieran el mayor fruto posible. Para algo habían sacado a los priistas del poder. O tal vez el himno nacional debería decir "un priista en cada hijo te dio".

Si la política no tuviera consecuencias distributivas nadie la haría, ha escrito el premio Nobel de Economía Douglas C. North, mientras Mancur Olson, el gran teórico de la acción colectiva, ha explicado la lógica del poder a través de la metáfora del bandido que se estaciona en una comunidad para extraerle parte de sus recursos a cambio de seguridad y de algunos bienes públicos. El poder patrimonial ­la utilización del poder público como una extensión del patrimonio privado­ es una etapa histórica para Max Weber, mientras que en la imaginería popular mexicana el que no transa no avanza. La omnipresente apropiación privada de los bienes públicos, el aprovechamiento de la posición de poder para beneficiar a los validos y a uno mismo, el interés egoísta como motor principal de la conducta humana. Y, de pronto, nos llamamos a escándalo.

Que los políticos sean corruptos no debería sorprender a nadie en México. Larga es nuestra tradición en la materia y, por cierto, para nada exclusiva, pues la política es una actividad hecha por humanos, no por ángeles, como le gustaba recordar a Alexander Hamilton, el marrullero fundador de la nada celestial república estadounidense. Sólo los ingenuos fundamentalistas de voto como panacea de los males sociales han podido imaginarse que bastaba con elecciones limpias y el PRI fuera del gobierno para que, como por ensalmo, se fueran los corruptos y ganaran los buenos.

Es verdad, empero, que la democracia contribuye a disminuir la corrupción, pero no por su bondad moral intrínseca, sino porque modifica las reglas del juego y expone más a los políticos al escrutinio público. El voto es un instrumento para castigar a los corruptos, lo que eleva los costos de corromperse, y las libertades asociadas a la democracia, entre ellas el acceso a la información, hace que quienes utilizan sus cargos en beneficio particular, ya sea personal o partidario, deban cuidarse más si no quieren ser atrapados con las manos en el portafolios. Pero no basta con el voto y con la mayor transparencia para reducir este mal social. Hacen falta reglas que hagan cada vez menos racional el corromperse. Si los partidos buscan financiamiento ilegal es, en buena medida, porque tenemos una política encarecida en la que sin recursos ingentes no hay posibilidades de competir. No estoy haciendo una justificación, sino intentando una explicación del asunto: cuando la competencia política se da en la arena de los medios electrónicos de comunicación y éstos se rigen por las reglas de un mercado inflado por una cantidad enorme de dinero público utilizable para la contratación libre de espacios de radio y televisión, entonces el precio de la contienda política se eleva descomunalmente.

La paradoja es que son precisamente los medios, principales beneficiarios del dinero incontrolado en la política, los que están empeñados en una campaña de demolición de los partidos actualmente existentes. No deja de sonar fariseo que el payaso convertido en líder de opinión por la pobreza del medio informativo mexicano clame por la eliminación de los recursos públicos a los partidos, cuando 70% de ese dinero va directamente a las dos principales cadenas del oligopolio televisivo. La hipocresía de nuestros medios, convertidos en paladines de la denuncia, radica en que poco les importa informar, si por información se entiende la adquisición de conocimientos que permitan ampliar o precisar los que se poseen sobre una materia determinada. Es ya una perogrullada decir que a los medios de comunicación de masas, en México y el mundo, no les interesa informar sino entretener y dar espectáculo. Eso es lo que ellos venden y nada más. Por eso quedan siempre tantas preguntas sin respuesta y tantos cabos sueltos cuando aparece un escándalo.

En el número pasado de etcétera, Marco Levario nos dejaba claro cómo en las escenitas que nos brindó la señora Marta, como la llama su marido, los medios mexicanos estuvieron lejos de investigar y profundizar en el meollo del asunto ­la información del Financial Times sobre los manejos de la fundación Vamos México­ mientras que se centraron en los desfiguros de quien, a pesar de lo dicho por su esposo, no termina de descartarse para una carrera política que imagina luminosa. Ahora, con el sainete del Verde y el culebrón del gobierno de la ciudad de México y el PRD, no han hecho otra cosa que tratar de exhibir a los pillos de cara conocida y las escenas de pastelazo entre unos y otros, pero nos han dejado sin auténtica información sobre los asuntos que realmente importan. ¿Qué medio se ha puesto a investigar sobre lo dicho por el ex secretario de Finanzas ludópata de que fue a pedido del jefe de gobierno que hizo malos manejos para allegarse recursos utilizables en obra pública? ¿Cuál de los opinadores tan proclives a la sorna y a la indignación ante pantalla ha pedido a su medio que investigue a fondo el origen de los videos de la (mala) fama? ¿Realmente nos han informado? Porque si bien es cierto que ahí está Bejarano llenándose los bolsillos con el dinero del benefactor indiscreto y prófugo, no es lo mismo que los videos hayan llegado a los medios desde el PAN, desde el gobierno federal o desde el mismo PRD.

Los hechos son que en los noticiarios, mañaneros o contrastados, lo que predomina es la superficialidad, la hipocresía, la pereza y la falta de profesionalismo. El escándalo como atracción de feria, antes que la investigación profunda. Lo dicho: es una época de decadencia.



Jorge Javier Romero es politólogo, profesor-investigador de la UAM.
Correo: jorgejavierromero@msn.com

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