Si no, preguntemos cuántos de los hechos que nos han mantenido cerca de los medios durante semanas
tuvieron solución como seguimiento de la información (ese término prácticamente arcaico) en los propios medios. Un día
se deja de hablar de ellos, porque ya el favor expresado en el
rating, decayó. Sin más. Si hay un repunte se vuelve
sobre el tema. Pero el concepto de cierre o de conclusión pasó a la historia. Y como en la sociedad los temas
quedan irresueltos los medios cancelan la información que los refiere. Ahí, para que vean, sí se nota una correspondencia.
El periodismo de investigación brilla por su ausencia, sustituido por un exceso de periodismo de opinión que
da idea de originalidad (todos opinan diferente) cuando no la hay; y, lo que es peor, da idea de que se está ejerciendo
al máximo la libertad, cuando es todo lo contrario. Lo verdaderamente libre y original sería ir al hecho, rastrearlo
y contarlo, analizarlo con seriedad, en sus causas y en sus consecuencias y entrevistar a sus protagonistas con
profundidad y no sólo en la circunstancia novedosa, epidérmica y pasajera.
Lo que verdaderamente está sucediendo es que los hechos, las noticias, se han reducido a unos pocos temas.
Dar vuelta al dial radiofónico o al control de la televisión durante los horarios noticiosos, no significa otra cosa
que escuchar diferentes versiones de las mismas noticias, casi siempre con los mismos entrevistados quienes siempre
se dan tiempo para responder a tanta misma pregunta. A la prensa escrita no le va mucho mejor y, salvo cuando
ocurre algún suceso extraordinario, la información transcurre por idénticos rieles. Si bien nos va, como
radioescuchas, televidentes o lectores, lograremos extraer uno que otro criterio lúcido o enfoque personal interesante, de parte
de alguno de los titulares de los espacios, pero eso sí, invariablemente sobre los mismos temas.
Hay algo que demuestra hasta qué punto el camino ha sido trillado, adocenado y despojado de toda creatividad
en el manejo noticioso. Esto sale a relucir, justamente cuando surge un hecho extraordinario que obliga a todos
a volverse hacia él. Puede ser el fallecimiento del papa Juan Pablo II o los efectos de Wilma en Quintana Roo.
Los medios se vuelcan sobre el tema. Y todos lo tratan igual. En las recientes semanas se hizo notable un
comportamiento novedoso que alguien cercano a mí dio en llamar "el efecto hombre araña". Comunicadores de diferentes
medios televisivos, tal vez por indicación de sus directivos, decidieron mostrar cómo arriesgaban sus vidas y/o su
salud frente a las cámaras. Uno estuvo a punto de ser llevado por el viento mientras reportaba el próximo paso del
huracán frente a las costas de Cozumel. El otro, con el agua a la rodilla, recorría la zona de inundación y entrevistaba a
los damnificados a su paso. La actitud corporal era: miren lo que hago para transmitir para ustedes desde el lugar de
los hechos. Observen mi heroicidad.
Ahí también se dio la competencia por el espacio escénico. Pero el espectáculo proyectó una suerte de
heroismo ridículo que pretende remitir a los corresponsales de guerra bajo las balas. Sólo que sin guerra y sin balas. Con
el Jeep esperando a unos pasos de la cámara y el helicóptero a la mano, el mayor riesgo no pasa de una gripa y el
show resulta bastante patético, sobre todo porque en tales casos el comunicador se vuelve un actor en el intento de
interiorizar una tragedia que ni por asomo le toca. Al subir al avión de regreso a su vida cotidiana, termina el mensaje. Una vez más, se impone el sentido del espectáculo, como fuente de originalidad. En lo particular me recuerdan a esas
malas actrices, tan pendientes de su belleza ante la cámara que no logran sacar adelante su papel. Por donde quiera que
la miren, la noticia sale derrotada.
Algunos radioescuchas, varios lectores, hemos resentido las carencias con tristeza. Nos refugiamos en
ciertos líderes de opinión que percibimos cómo se debaten contra la arrolladora avalancha del consumo, expresada en
el dominio del rating y la tiranía de los anunciantes. No expreso nombres para no hacer más amarga la plática, pues
son escasos; pero sí que existen y sí los apreciamos en el debate diario por no perder el espacio sin hacer
demasiadas concesiones. A ellos apostamos en este periodo que se avecina, tal vez el más gris que hayan vivido los medios en
la vorágine del espectáculo electoral.
Un poco de flash back como conclusión. En realidad todo ello ha estado aquí desde el siglo XVII. Tal vez no
era tan obvio, de seguro no había tantos lectores. Los medios masivos de comunicación no aparecieron hasta el
XX. Pero desde que el primer anuncio publicitario fue insertado en la
Gazette, aquel periódico que dirigía en
París Théophraste Renaudot, amigo del cardenal Richelieu y desde entonces conocido como "el Padre de la
Prensa", emergió el embrión de lo que hoy narramos.
No obstante, la situación no se formalizó hasta 1836 con la llegada de Emile de Girardin a la prensa. Fue él
quien hizo de la publicidad y el periodismo una unión trascendente. En aras del periódico barato, Girardin legó a la
posteridad una herencia que hoy se reconoce como invasora, no sólo de la vida cotidiana de las personas, sino de su
intimidad. Ese año, proclamó: "La publicidad comercial pagará por el lector. Ella colmará la diferencia entre el precio de
costo del ejemplar y su precio de venta deficitario. Cuanto más bajo sea ese precio de venta y más elevado el número
de ejemplares que se tiren, más cara se pagará la publicidad". Se dijo entonces que con él, el periodismo dejó de
estar al servicio de los políticos para ponerse al servicio de los anunciantes.
Cuando los anuncios empezaron a pagar el costo de las ediciones, lo que más tarde nombramos concepto
editorial, pero que existió desde siempre, se echó la garra de la publicidad a su propio cuello. El poder comercial se
fue imponiendo al poder de la comunicación, lo forjó, lo diseñó a su modo, le dio sus objetivos y los jerarquizó
por encima de la misión de informar y, por supuesto, de informar la verdad.
Y así hasta nuestros días. Modalidades y épocas, gobiernos y sistemas. Todo es lo mismo. En los
regímenes totalitarios hay unas encumbradas oficinas a las que llaman a los directores de medios ante cualquier desliz
o imprudencia informativa. En los otros, se retiran los anuncios más costosos, transnacionales mediante, si el
titular del día o el reportaje se salen de lo que consideran adecuado a sus intereses. Si el medio en cuestión no tiene
otros recursos, pobre de él. En México sobran los ejemplos, en toda época.
Hoy la publicidad rige a políticos y a ciudadanos. Sin ella, el universo sería como una isla desierta. Traten
de imaginarlo.