Minerva Salado
Digo que se avecina por un puro giro del lenguaje, cuando debiera decir: ya está aquí, pero va a ir creciendo.
Va a ser peor, mucho peor.
Y en ese empeoramiento va a suceder algo cuyos atisbos comienzan a hacerse visibles: las mezclas. Periodismo
y propaganda irán perdiendo los límites que hasta hace poco los definían, apartaban. Apenas un hilo tenue los
separará durante un tiempo hasta el momento en que sin darnos cuenta, los radioescuchas y televidentes, los lectores de
la prensa plana, no acertemos a diferenciar entre lo que es una noticia electoral e incluso una encuesta
pretendidamente objetiva, y lo que es propaganda partidista, burda y directa, como suele ser ésta.
Alguien podría pensar que la publicidad comercial quedará un poco más alejada de la contienda. Pero no se
deje engañar, porque lo cierto es que la atmósfera social, el caldo de cultivo necesario, lo que forma y conforma
las mentalidades especialmente urbanas, en ese afán de compra-venta que nos rodea de la noche a la mañana y
aun durante el sueño, es la publicidad. ¿Quién niega que al paso del tiempo, de la saturación, de la atmósfera visual en
el Periférico todas no terminamos por querer ser totalmente Palacio? ¿Y quién no cree que nuestras placas
bacterianas van a desaparecer por arte de magia bajo el efecto de alguna de las opciones de pasta dental que nos ofrece la
cura? Y conste, que ni el consejo del dentista puede hacer nada, frente a la publicidad comercial. "Ese doctor es un
negativo, lo que quiere es tenerme en el sillón cada dos meses". Y desconfiarás de tu dentista antes de traicionar a tu
anunciante matutino.
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Noticia y publicidad serán una. Propaganda y noticia, otra. Propaganda y publicidad, se acercan, cuando
nos percatamos de la vigilancia sobre el traje del candidato, el tono de su despacho en sepia, la finísima pluma que
usa, la captación del buen ángulo de su rostro, tal vez de mirada clara, la indicación del productor para que exhiba
su mejor sonrisa, la más cálida. La propaganda le toma prestado a la publicidad y se esmera, como nunca antes, en
el lenguaje de la forma y el color, en hacer verosímil la credibilidad que tiene un ademán seguro, y ello sustituye
en buena medida al discurso oral. El destino de la frase, de la palabra, queda reducido a una rúbrica de apoyo a
la imagen, pues ésta debe hablar por sí sola. Leonardo Da Vinci sonreía desde su cripta porque al fin estaba
sirviendo a la aviación a través de su proverbial
Gioconda. "Eso es poesía", escuché decir hace algún tiempo a un visitante
del aereopuerto. "Éste es un candidato azul Picasso", se le ocurrió a una amiga frente a la imagen de traje
marino, camisa celeste, sombra azul-gris de la barba, dientes de brillo azulado y ojos del mismo color de aquel político.
Atrás, como parte de esa memoria colectiva, aún presente, pero ya camino de la historia, están las
imágenes paralizadas, rígidas de los carteles sobre los postes del alumbrado. El candidato de frente, serio o sonriente,
pero siempre estático, y su eslogan tan congelado como él, escrito en signo vertical u horizontal, derecho o
izquierdo, superior o inferior. Serán historia antigua y ni siquiera servirán como experiencia o puntos de partida, los
enunciados de "Inglés y computación", "Honestidad valiente" o aquel tan simple de "Vota por mí". Y olvidaremos que
esto sucedió hace sólo seis años.
Ahora van a estar muy coordinados el saco y la corbata. Mancuernillas y expresión facial merecerán todo un
(o una) consejero de imagen. Y no tendremos que recordar tiempos pasados, en la adusta expresión irreprimible
de algún que otro candidato.
Digan si no queremos todos, postulantes incluidos, ser totalmente Palacio.
La noticia, por su parte, girará en torno de las campañas. Prueben que ya no lo hace. Sólo a fondo, muy a
fondo quedan otros acontecimientos sociales y es necesario que ocurra un huracán de la talla de Wilma para que el
hecho ocupe los teassers de radio o televisión y las cabezas de las llamadas ocho columnas en la primera plana de
los diarios.
Las campañas se avizoran como un espectáculo y en esto también se van a emparentar con las huestes de
Pati Chapoy y de Pepillo Origel. Eso no se duda. Escándalos habrá para dar y repartir y el tratamiento de ellos no
parece que vaya a diferir del que han impuesto los programas citados. Porque ese es otro tema. La forma en que, de
unos años para acá el estilo, más agresivo que informativo, inaugurado por los espacios de espectáculos invadió al llamado periodismo serio.
Columnistas y comentaristas de cierta valía se fueron con la finta. Le encontraron sabor al arte de buscar el
lado escandaloso en cualquier noticia y con ello intentaron, y tal vez lo lograron, atraer la atención de los aficionados
a las páginas de espectáculos, que son muchas y evasivas. Si se habla de la vida íntima de las estrellas, de sus
esquinas ocultas, ¿por qué no hacerlo también de los políticos, de las figuras públicas? Material hay. Sólo que se abarató
tanto la noticia seria que ya el radioescucha o lector vive sumido en un ambiente de sensacionalismo, que lo confunde
y aturde lo cual limita, si no es que aniquila, su capacidad de pensar.
Lo demostró hace tiempo Hearst, el ciudadano Kane, el fundador de lo que hoy estudiamos como
prensa sensacionalista y/o amarilla. El escándalo, léase espectáculo de las vidas ajenas, deslumbra y pasma. Se impone
la parte más lúdica del juego, sale a relucir el demonio que todo receptor lleva dentro y el emisor explota al máximo
el afán de diversión, de burla, incluso de escarnio. El juicio objetivo queda arrasado por la emoción de pasarla bien
a costa del otro y el emisor y su receptor entran en relación dentro de un escenario que retroalimenta sus lados
más umbríos: deseo y satisfacción se suceden en ciclos vertiginosos que retozan en torno al hecho y a sus
protagonistas. En el camino se pierde el raciocinio, la lucidez, el interés real por la noticia desaparece y con él, las ganas de
saber la verdad.