Javier Darío Restrepo
Nuestras crisis nos están obligando a examinar el ejercicio periodístico y a mirar cómo éste se tiene que convertir
en una fuente de esperanza para nuestros países.
Un grupo de gerentes sociales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) no ocultó su sorpresa ante la
afirmación de que la ética vende, porque contradecía la idea de una ética tan limpia que no podía permitir que sus raíces
se hundieran en la tierra. Ante un auditorio de periodistas es posible que se produzca una reacción como la de
los banqueros, porque no parece clara la relación entre lo ético, la calidad que vende y el negocio. Un
empresario estadounidense lo afirmó crudamente: "Para que se pueda hacer un periodismo libre se necesitan empresas
fuertes". El buen periodismo no tiene que estar reñido con los buenos negocios. Fernando Savater decía, "inspirar
confianza es una virtud imprescindible para cualquier empresa o empresario, es una virtud para que el empresario sea
bueno, además es virtud necesaria porque si desaparece la confianza, también desaparece la empresa", y agregaba: "Si
la empresa maneja un cierto margen de engaño, podrá tener éxito al principio, pero si se lleva hasta sus
últimas consecuencias estará labrando el camino de su extinción".
Esta relación entre un valor ético, la confianza y el éxito empresarial tiene una sólida razón de ser que
explicaba a su vez la filósofa española Adela Cortina: "Las empresas competitivas son las éticas por dos razones:
merecen credibilidad y generan confianza. La credibilidad y la confianza son dos valores morales que valen tanto para
el mundo personal como para el político y en general para todos los mundos".
Y precisaba Cortina: "No se trata de salir de la lógica de la empresa para ir a la ética como si ésta fuera una
cosa distinta, sino que sin salir de la lógica empresarial, la empresa necesita ser creíble, necesita ser innovadora y
el factor ético es un factor de credibilidad y de innovación".
Tanto Savater como Cortina hablaban de estos asuntos ante empresarios que habían llegado a aquel
auditorio convencidos de que la ética, con sus sermones, debía ir por un camino, y la empresa, con su apego a lo real y a
la ganancia, debía transitar por otro, lo más distante posible de los caminos éticos para no dañar los negocios.
En los talleres de ética para periodistas alguien ha dicho que la ética es importante hasta que se atraviesa como
un obstáculo para hacer las mejores noticias. Sin embargo, más que cualquier otra empresa comercial, la de
hacer noticias impresas, en radio o en televisión es una empresa que vive de la confianza que inspira y de la
credibilidad con la que aparece revestida ante los receptores. Por eso los empresarios de medios periodísticos están
entendiendo que, entre los activos con los que deben contar para planear el inmediato y mediato futuro, hay uno intangible
que cuenta como factor real a la hora de medir circulaciones o audiencia: la credibilidad.
Hay una diferencia entre el medio que cree necesitar historias impactantes y espectaculares -acción y
emoción- en su primera página o en su bloque de apertura para ganar la batalla diaria de la circulación o de la sintonía, y
el medio que -curado de espantos- atiende el impacto de los hechos en la vida de la sociedad para valorarlos
como noticias.
Nos ha hecho daño el retórico lugar común de que no hay nada más viejo que el periódico de ayer, porque
nos hace pensar que nuestro servicio es transitorio y prescindible y por tanto de fácil factura, cuando la verdad es que
no hay nada más nuevo y permanente que una información completa y bien comunicada.
El periódico no trabaja para satisfacer curiosidades transitorias ni para divertir. Ése es el dañino estereotipo.
El periódico informa para responder a intereses permanentes, tan actuales y duraderos, como el presente y el futuro
de la sociedad y para prestar ese servicio con eficacia.
La empresa periodística debe ser confiable y creíble, dos activos que se generan día a día con información
de calidad. En periodismo cuando se habla de calidad necesariamente se habla de ética. No manejamos una
materia prima común, como el hierro o las sedas, las esencias o la energía, sino la historia que la sociedad elabora todos
los días; o sea, esa suma de sueños, frustraciones, odios, amores, alegrías o tristezas, logros o fracasos, orgullos
o vergüenzas de la que está hecha la actividad humana.
Ésa es nuestra materia prima y por supuesto es un bien de la sociedad en cuyo manejo no interviene solamente
la audacia para obtener historias picantes o sensacionales o el arte de entrevistar o la pericia para narrar. Todas
esas técnicas tienen que estar impregnadas por un espíritu, llámenlo intencionalidad, servicio público, apertura
social, trascendencia o visión profunda de los hechos.
Lo importante es comprobar que para hacer un periodismo de calidad la técnica no basta. Lo notifica con una
mal disimulada alegría Eugene Goodwin, un viejo periodista y profesor de la Universidad de Pensilvania, al escribir
el capítulo final de un libro en el que resume las experiencias y reflexiones de decenas de periodistas, editores
y directores de periódicos de su país. En ese capítulo afirma que hay muchos periodistas que nunca tienen la
oportunidad de aprender y practicar un periodismo ético y de calidad porque trabajan para operaciones desaliñadas que cubren
la noticia sólo superficialmente. "A mi juicio -dice- los periodistas más éticos del gremio se descubren detrás de
las operaciones periodísticas de calidad grandes o pequeñas".
Creo haber asistido al nacimiento de una de las frases más citadas de Gabriel García Márquez, cuando a punto
de iniciar el primer Taller de Ética de la Fundación Nuevo Periodismo, hace ocho años, resumió con una imagen
la relación que en periodismo tienen la ética y de la técnica tan inseparables como el zumbido y el moscardón.
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Cuando se habla de ética también se habla de utopía. La utopía es una meta alta que convoca todas las
energías para lograrla y le imprime dinamismo al trabajo y a la vida. Esa utopía, recordada por los códigos de ética que
los periodistas del mundo adoptan voluntaria y libremente, no es ni puede ser parte de un reglamento de trabajo. Es
el sueño de cada uno, es la formulación de su ambición, es su proyecto de superación personal. Por eso se lo mira
como un instrumento inspirador de los mayores logros profesionales y el impulso permanente para llegar a la
excelencia. Hablar de la utopía ética es hablar de excelencia profesional, de imponerse como tarea la mejor información del día, de buscar páginas memorables o piezas periodísticas que lleguen a ser indispensables para la historia de
la sociedad.
Los que lo han padecido saben que en las redacciones hay algo peor que los virus informáticos o que las
fuentes que mienten. Se trata de las rutinas que como el polvillo penetra y paraliza los mecanismos de los más
sofisticados aparatos. Corroe igual que el óxido. Esas rutinas son las fórmulas verbales calcadas, día tras día, que les dan a
los periódicos y a los noticieros una apariencia y olor de aguas estancadas. Ese estancamiento contribuye a
la transformación de la noticia en mercancía que se vende con las mismas fórmulas de siempre: gritos de
vendedor, tipografía clamorosa, redacción hiperbólica, reedición de los temas aptos para ventas de urgencia.
El vigor de la utopía ética -que es autocrítica y creatividad renovadas- es capaz de hacerle sentir a los
periodistas que siempre se puede hacer algo mejor, imprime el propósito terco de hacer, por ejemplo, el mejor periódico
del mundo.
Cuando se debaten estos temas en los talleres de ética casi siempre alguien se queja acerca de la soledad
e indefensión con que el periodismo afronta el reto diario de la calidad de su trabajo cuando las políticas de
la empresa señalan otras prioridades o intereses; o peor aún, cuando esa pasión por la excelencia profesional
enfrenta al periodista con sus jefes y con la propia empresa. Si es cierto que la solidez de las empresas periodísticas
depende de la consistencia ética que le permite generar confianza y credibilidad, la ética individual de los periodistas
es indispensable pero insuficiente.
Apuntaba Adela Cortina que, en último término, la mejor solución es que la empresa sea ética. Destacaba
el absurdo y la injusticia de una situación en la que los periodistas, para obedecer a una moralidad corriente,
tuvieran que asumir actitudes heroicas. El profesional enfrentado al dilema de ser ético o poner en riesgo su trabajo, y con
él, el bienestar de su familia; o no serlo para garantizar el mercado, la salud, la educación y la vivienda de los suyos.
"La ética individual no basta -concluía- hay que complementarla con unas empresas que sean éticas, por el
bien de la información pública de calidad, pero además por el bien y la supervivencia de las propias empresas. Cada
vez es más claro que, en el quehacer periodístico, la técnica puede ser prescindible y los negocios no pueden ser
lo primero. La ética en cambio siempre será indispensable como garantía y alma de la calidad que se vale de la
técnica y que mejora los negocios".
Victoria Camps decía que si los medios quieren servir a la democracia y responsabilizarse de este servicio deben combatir, sin anularlos, los dos poderes que los tiranizan: el mercado y la técnica. Ambos son los elementos de
una modernización que no siempre significa progreso humano. De eso se trata, de someter el negocio y la técnica
al servicio de la utopía para bien de la sociedad y del mismo negocio.