Guillermo Arriaga
Son como dos grandes lagartos. En la penumbra sus figuras carnosas, casi inmóviles, emiten sonidos roncos y ásperos que se suceden con imperfecta lentitud y rompen la melodía suave y continua de la lluvia que golpea contra los cristales de las ventanas.
Los dos cuerpos, blandos e inmensos, tiemblan con un temblar despacio y sosegado que nace con
cada exhalación y los recorre de los pies a cabeza. Duermen los dos, hombre y mujer, recostados indolentes
sobre los sillones que se encuentran frente al televisor, el cual, encendido, deja escapar en vano el mundo de
sus imágenes. Afuera, en la calle, en el trazo rectilíneo y largo, la tarde se desvanece en grises cada vez más oscuros.
Gonzalo abre los ojos. Despierta amodorrado. Acomoda su cuerpo enorme en el sillón y reclina la cabeza
en el respaldo. A su izquierda su mujer duerme profunda.
Gonzalo fija los ojos en la pantalla eléctrica y maquinalmente sigue el conjunto de puntitos de colores
que confluyen en un haz de líneas luminosas que a veces pretenden remedar cosas y a veces personas y que
ahora conforman la figura de un animador de concursos que vocifera exaltado y que Gonzalo contempla absorto.
La luz blanquecina que emana del televisor baña su rostro fofo y colgante, abotagado por el sueño.
Afuera, en la calle, la noche llega y la lluvia ha detenido al fin su incesante golpetear.
En la televisión aparecen unos anuncios comerciales. La caricatura de un conejo salta por entre unos
niños que beben licuados de chocolate; una modelo seductora muestra una nueva marca de automóviles. El
animador de concursos vuelve a aparecer en la pantalla y continúa su perorata interminable.
Los ojos de Gonzalo siguen las imágenes, pero de pronto se detiene en un lugar donde no hay imagen,
ni luz, ni puntos de colores, ni caricaturas de conejos saltarines.
Su mirada se ha paralizado en su antebrazo izquierdo. El viejo dolor metálico, el viejo dolor glacial que
creía enterrado en su memoria, fluye de nuevo por entre sus huesos.
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Gonzalo lo sabe bien, no se puede engañar, no es ésta una de las tantas punzadas que le causan las
reumas en épocas de lluvia, no, es el viejo dolor enemigo que aquella tarde de abril lo hizo desplomarse en pleno
centro de la ciudad, ante la mirada morbosa de cientos de curiosos que detuvieron su paso para observar el rito de
la agonía. El viejo dolor que lo hizo despertar arriba de una ambulancia en medio de los gritos de su mujer
que, a su lado, imploraba a los médicos que lo salvaran, gritos que eran apagados por el ulular frenético de la
sirena que anunciaba a los demás que ese vehículo llevaba a un pasajero de la muerte. El viejo dolor que provocó
que lo encerraran en una habitación gris y fría y lo conectaran a una infinidad de cables y aparatos. El viejo
dolor que lo hizo depositar visceralmente su esperanza en un "bip-bip" cuyo sonido era la traducción exacta
del "tuntun" de su corazón y que le hizo perseguir con la mirada exacerbada el conjunto de puntitos de
colores que en un monitor conforman un haz brillante que a saltos pretende remedar el flujo de la existencia
misma, con la garganta seca por esa sed interminable y amarga que se tiene por la vida. El viejo dolor que le
hace recordar los momentos en que no recuerda nada, en que todo fue oscuro y cuya única evocación es la de una marea de voces frágiles y distantes, de un bullicio lejano que urgía a algo, a ese algo traducido en
el "bip-bip" y el brinco continuo de una línea luminosa. El viejo dolor, el viejo dolor.
Gonzalo trata de incorporarse, pero el dolor lo abate: ahora ha subido a la nuca y se dirige hacia su pecho.
El corazón se agita exasperado. El animador de concursos no cesa de hablar. Su mujer ronca y no se da
cuenta de nada. Con la mirada el hombre busca en la habitación el frasco que contiene las pastillas blancas que
el médico le dijo que nunca tuviera lejos de su alcance. ¿Dónde está el frasco? ¿Dónde está? El viejo dolor,
vengativo, impone su ley. El hombre cree perder el conocimiento. El frasco ¿dónde está?, ¿dónde?
Gonzalo trata de calmarse, no quiere ser derrotado, pero el dolor, que se expande presuroso, lo
apremia. Trata de gritar, de advertirle a Enriqueta que el enemigo ha vuelto. No puede, el corazón palpitante lo
hace atragantarse.
El dolor se clava cada vez más hondo, con la hondura necesaria para vencer. El animador de concursos felicita
al afortunado ganador de una licuadora. Se escuchan aplausos y porras.
La mujer deja escapar en suave murmullo. Gonzalo golpea con su mano derecha el brazo izquierdo,
como si quisiera sacar al demonio que lo carcome. La oscuridad se ciñe sobre sus ojos, pero él hace lo posible
por impedirlo. Tiene que reaccionar pronto. El frasco, el frasco. Recuerda, se encuentra en la gaveta de su
escritorio. No está lejos. Son sólo tres pasos.
Se arroja al suelo y arrastra su cuerpo obeso y voluminoso, el cual vibra con cada punzada mortal. Llega
al escritorio y con un manotazo trata de abrir la gaveta. No puede. Vuelve a intentar dos veces más hasta que
a la cuarta logra por fin abrirla.
Su mano derecha hurga, desesperada, hasta que siente en sus manos el pequeño bote de cristal.
Gonzalo lo aprisiona y lo lleva hacia sí.
Con movimientos bruscos logra destapar el frasco, saca una de las pastillas y se la coloca debajo de la
lengua. El viejo dolor se retrae como animal herido, se aleja del cuello y huye por donde vino: por entre los huesos del antebrazo izquierdo.
Gonzalo siente como su cuerpo se relaja y sus carnes se desbordan victoriosas hacia el suelo. Respira
hondo. Ha vencido.
En la pantalla del televisor aparece la caricatura de un conejo que salta entre unos niños que beben licuados de chocolate.