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Carlos Pereda  ¿Podemos justificar a los espías?


 Juzgar el fin y los medios

 Carlos Pereda

La acción de espiar puede recogerse con la simple fórmula: alguien espía para lograr algo; en ese sentido pertenece a la clase de las acciones estratégicas y, como tales, ante todo éstas deben ser evaluadas a partir del esquema medio-fin. Así, tendremos que juzgar el fin, lo que se quiere lograr, y también si los medios usados para alcanzar ese fin son los adecuados.

Esta evaluación configura la "evaluación particular de una acción estratégica". Consideremos como fin "la independencia de México" y como uno de sus medios "oír detrás de las puertas qué es lo que dicen los españoles". Respecto de la evaluación particular de cualquier acción estratégica, las dos preguntas a formular son:

¿Vale la pena el fin?

¿Los medios empleados contribuyen a lograr ese fin?

En relación con la independencia de México ­recordemos a doña Josefa Ortiz de Domínguez­ habría que responder ambas preguntas con una afirmación; en otros casos se podrán atacar los espías y sus maquinaciones porque el fin no vale la pena o porque los medios no son los adecuados o por ambas razones. A partir del esquema medio-fin todo ello pertenece a la evaluación particular de una acción estratégica. Sin embargo, ¿no hay que decir nada más en torno a cómo evaluar la enredada acción de espiar y a esos aventureros turbios, los espías?

Por lo pronto, exploremos un poco el concepto. Espiar es un modo de observar:

Observar con atención, con sistematicidad y con disimulo lo que se dice o hace procurando recabar informaciones secretas sobre una persona, un país, un ejército, una empresa.

En esta caracterización vale la pena subrayar, por lo menos, tres puntos.

El modo de conducta del espiar: constituye al espiar el estudiado disimulo. El espía encubre sus acciones para que nadie las perciba; las desfigura con astucia intentando que no se noten, que pasen inadvertidas.

El objetivo general de cualquier espía consiste en lograr informaciones que es imposible obtener de otro modo ­al menos eso cree el espía y su entorno­ porque una persona o un grupo tiene algún interés en guardarlas en secreto. Por eso, en mucho espiar se introducirá la justificación que se espía como una forma de autoprotección: hay que espiar para contratacar los secretos-engaños de los otros.

También consideremos el hecho de que los espías pueden ser muy, muy diferentes entre sí. La caracterización anotada sugiere, por lo menos, dos clases (en su interior, a su vez, variopintas): el espiar cotidiano, y el espiar en la esfera pública o espiar público (económico, militar, político...). El espiar de entrecasa se lleva a cabo cuando un hombre o una mujer temen que los estén por dejar y comienza a espiar a su cónyuge; o si el viejo de la familia sospecha que de algún modo buscan deshacerse de él y, entonces, permanece alerta, como se dice, "fisgoneando". (Recordemos también, aunque es un caso muy diferente, al voyeur.) Por decirlo así, estamos ante espías improvisados: espías por accidente. En cambio, en el espiar público, el espía es un profesional entrenado para tal objetivo; por eso, no necesita ­aunque puede­ poseer algún interés o sentimiento personal al respecto, ni siquiera importa un vínculo previo con quienes tendrá que espiar: se espía por encargo, como se lo hace en los servicios de inteligencia de nuestras democracias, o en cualquier revolucionario Comité de Salud Pública (qué manera de abusar de las palabras "inteligencia", "salud", "público").

Los "espías directos", quienes ejecutan las acciones, tienen, pues, un trabajo más obedeciendo como jefe a algún "espía indirecto", el propietario de un negocio, un militar, un funcionario del gobierno que planea u ordena que se planeen esas acciones. No obstante, muchas veces, mayoritariamente en el espionaje político, la situación puede complicarse y se combina con rasgos de la primera clase de espiar; el espía es un profesional pero, a la vez, le interesa personalmente su trabajo; en estos casos, el espía quiere algo más que la paga, se justifica a sí mismo confesándose que hace algo decisivo en favor del ideal que favorece. (En este sentido, hay que atender que la palabra "espía" conlleva cierta nobleza, cuando se carece por completo de ella hablamos de "polizonte" o de "soplón".)

En cualquier caso, espiar constituye la acción de fingir para aparentar lo que no se es y, mediante artificios y disfraces, acceder a los secretos que se buscan: espiar es una forma en extremo voluntariosa y planificada de engañar. De ahí que la acción de espiar no sólo tiene que juzgarse en particular, según el esquema medio-fin, como a cualquier acción estratégica justificable, sino que ese juicio tiene que partir del hecho de que el tipo de acciones a que esa acción pertenece se encuentra normativamente condenado de antemano. Quiero decir: aunque yo pueda estar muy de acuerdo y hasta admire a doña Josefa Ortiz de Domínguez, ello no impide que repudie el espiar en general. De esta manera, incluso cuando el fin que se procura obtener se considere muy loable y hasta imprescindible (descubrir a quien me está engañando, ganarle la guerra a los nazis, acabar con la pobreza en el mundo robando ese secreto de un laboratorio...) la evaluación particular de la acción en tanto acción estratégica no basta: hay que dar un paso más y en cada situación justificar por qué se recurre a ese tipo de acciones.

Generalizando: nos encontramos ante una justificación normativa anómala porque dividida se puede estar de acuerdo con esta acción individual, aunque ello no impide que, al mismo tiempo, se continúe por completo en desacuerdo con el tipo general de acciones que subsume a esa acción concreta.

Lo que implica que el tipo de acciones a que pertenece el espiar siempre tiene la carga de la prueba: siempre necesita de una argumentación que justifique porque esa acción conforma una excepción a la condena de su tipo. (La acción de espiar comparte esta característica con cualquier otra forma de su género próximo de acciones que es el engaño.)

Pero algo más. Como si fuera poco, a la acción de espiar le ronda otro peligro: tiende a ubicarse entre las acciones que conforman el operar de la razón arrogante. Básicamente el mecanismo que genera esta razón consiste en que la propia autoafirmación se configura por medio del desprecio de todo aquello que no forma parte de esa autoafirmación (piénsese en la tradicional altanería de los espías profesionales ingleses).

El espía profesional, directo o indirecto, claramente se autoafirma levantando una poderosa muralla entre él y sus alrededores. Sus conductas de secreto los ubican del otro lado de la murallla que rodea la esfera pública, repleta ­según ellos­ de ciudadanos inocentes que creen que saben lo que hacen. Rehusándose a compartir con esos "inocentes" la marcha de los acontecimientos sociales, los espías, a solas, buscan determinar esa marcha. Este separarse de la esfera pública y de sus previsibles interpelaciones produce sobre todo en el espía profesional, directo o indirecto, entre otras consecuencias, la prepotencia de constantemente sentirse por encima de los demás al considerarse más inteligente y astuto, y resguardado por una misión sagrada; así, logra olvidarse que sus acciones, que todas sus acciones, tienen para siempre la carga de la prueba.



Carlos Pereda es filósofo.
Su libro más reciente es Crítica de la razón arrogante (Taurus, 1999).
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