Ante un Estado desertor, el primer sustituto social es la prensa
Fabio Ladetto
A partir de la década del 90 por los
cambios políticos y sociales registrados en todo el mundo y en
particular
en el continente y en Argentina la evolución de la
prensa y del periodismo se han visto caracterizadas por
varios aspectos, uno de ellos es el social, puntualmente sobre la
íntima relación (desproporcionada y hasta irracional)
que une a la sociedad de nuestro país con los medios de
comunicación.
En Argentina, especialmente en el último
lustro, la prensa ocupa el primer o segundo lugar en todas las
encuestas de credibilidad sobre las instituciones, principalmente en
las realizadas por el Centro de Estudios para la
Nueva Mayoría, alternando esos espacios con la Iglesia
católica. En el último sondeo, de abril de 2001, esa
proyección
se mantiene: la Iglesia obtiene 45% de las opiniones positivas,
seguida a un punto por la prensa.
Como señala el Centro, conducido por el
sociólogo Rosendo Fraga, "la imagen positiva de los
medios de
comunicación aumenta entre los más jóvenes, y
entre las personas de menor nivel educativo y socioeconómico, y
el alejamiento de la política y del poder constituyen la
hipótesis fundamental de este resultado. Los medios
aparecen como una expresión de los reclamos de la sociedad. La
opinión pública cree más en las denuncias de los
medios
como forma de combatir la corrupción que en el accionar de la
justicia o las investigaciones del Congreso. No sólo
los medios tienen mejor imagen ante la sociedad, sino que son
percibidos como más eficaces que las
instituciones políticas". Similares puntualizaciones se
proyectan sobre el nivel de consenso que tiene la Iglesia.
Desde otro punto de vista ideológico al de
Fraga, el periodista Carlos
Gabetta
1 se preguntaba hace unos
meses, al referirse a la posible aplicación tributaria del
Impuesto al Valor Agregado a los medios de comunicación,
"si
esta medida no tiene asimismo intencionalidad política; si no
apunta justamente a silenciar, mediante la quiebra y/o
el chantaje económico, a una prensa que en el último
cuarto de siglo y particularmente en la última
década se
ha convertido en el principal refugio de los ciudadanos ante el
profundo descrédito y corrupción de los tres
poderes del Estado, partidos políticos, sindicatos,
corporaciones, fuerzas armadas y de seguridad, etcétera".
Estas conclusiones conllevan una señal de
alarma. En Argentina, el gobierno de Carlos Menem (cuya
calificación es harina de otro costal) produjo un trascendente
cambio en las relaciones entre el Estado y la ciudadanía,
como consecuencia de las transformaciones económicas y
políticas. Uno de los aspectos más sensibles fue
calificado acertadamente como la conformación de un Estado
desertor (una inteligentísima definición), donde
sólo
está presente y con graves falencias en las
principales e indelegables obligaciones, y abandonó los
restantes roles
que abarcaba, histórica y tradicionalmente.
En el imaginario colectivo, los espacios
vacíos no existen. Si no son atendidos por el Estado
como expresión
de la comunidad organizada son necesariamente cubiertos por
otros actores de la sociedad, que vienen a sustituir
el olvido y las fallas de entes e instituciones públicas. Y en
esa dinámica se produjo una transferencia directa de
las responsabilidades del Estado a otros sectores. Uno de los
destinatarios elegidos prioritariamente es la prensa,
por un doble motivo:
1. Es considerada en el plano social como un
factor de poder real, que representa el sentir común y defiende
los intereses generales de la comunidad, sin estar afectado por
intereses espurios.
2. La propia prensa asume con gusto esa
responsabilidad, que le permite evolucionar en el consenso social y,
por ende, optimizar el negocio periodístico y las ganancias
empresariales, y desde esa posición de privilegio, en
los últimos tiempos, avanzar sin trabas hacia otros negocios.
En esta instancia, se magnifica el riesgo
potencial de una prensa absolutista, volcada a sus propios intereses
y sólo sustentada en las reglas del libre comercio, cuyos
artículos (en tono de mandatos, y olvidando sus
obligaciones y responsabilidades) tengan más poder social que
el ordenamiento normativo vigente. Con semejante poder en
las manos, las tentaciones son superlativas.
A título de un simple ejemplo de los
riesgos inmanentes, como una señal de lo que se repite en la
mayoría de
los distintos medios de Argentina (con más o menos
transparencia), el diario
La Gaceta de Tucumán (con 90 años
de trayectoria) mantiene desde hace varios años un exitoso
eslogan, que lo lleva como marca registrada y lo
difunde como consigna irrenunciable: "Sí, es verdad, lo dice
La Gaceta". Mostrado en anuncios espectaculares, repetido
en publicidades radiales, visto en las pantallas de
televisión, esa frase porta en su interior una
afirmación temible.
La verdad dejó de ser un valor en sí misma, un bien al
que se aspira sin renuncias, y quedó limitada a su
publicación o difusión en determinado medio de
comunicación. Ahora la verdad no es tal si no es dicha por una
empresa.
Como broma, se afirma que nadie muere en Tucumán si no sale el
aviso fúnebre con su nombre en el diario. Los
vendedores callejeros son llamados "gaceteros".
Este criterio de la seducción ante un
mensaje único e indiscutible se confirma con las mismas
encuestas
que analizábamos antes. La Iglesia católica, que
compite con la prensa por el primer lugar de la consideración
pública, mantiene a rajatabla el dogma de la palabra revelada,
que no puede ser discutida. No es el espacio ni existe
la intención de debatir sobre este concepto. Simplemente,
señalar que en uno u otro caso el discurso es
dogmatizado, sacralizado, sea religioso o periodístico.
Nadie puede cuestionar el eslogan de
La Gaceta en términos de mercado. Pero,
¿qué le pasa a una sociedad
que lo asume como propio? Como un simple dato, Tucumán fue
gobernada entre 1995 y 1999 por el general
retirado Antonio Bussi, acusado por la desaparición de
más de tres mil ciudadanos durante la dictadura militar (fue
gobernador de facto entre 1976 y 1977) y resultó
beneficiado por las leyes de impunidad en Argentina. Bussi fue
elegido por una votación democrática. Por supuesto que
este militar devenido en político no fue un simple
producto periodístico, pero es un mojón más del
mismo inconsciente colectivo.
Todo lo que pasa en los medios de
comunicación pasa en la sociedad; pero no todo lo que sucede
en la
sociedad pasa por los medios. Cuando el poder de decisión
sobre la realidad, lo que se publica y lo que no, queda
limitado a las opciones comerciales, empresariales y políticas
de un determinado sector que atiende sus propios intereses
en forma prioritaria lo que además es ejercido
virtualmente sin contrapesos o controles se debe evaluar
qué le
ocurre a ese cuerpo social.
Como parte indisoluble de lo que nos pasa, no
existen criterios de educación ciudadana para evitar las
manipulaciones informativas o las campañas de prensa
(políticas, empresariales o de otra índole). Los
proyectos
pedagógicos de utilización de la prensa, en especial la
gráfica, se limitan a la capacitación docente para
buscar y
aprovechar las noticias publicadas, y tratarlas en el aula con el
alumnado, en reemplazo de los libros de enseñanza. Pero no
se estudian ni se enseñan masivamente las maneras de
decodificar los discursos periodísticos.
En esta búsqueda de alternativas en
capacitación y análisis, el trabajo de
"educación para los medios"
es sumamente esclarecedor. Dicha experiencia está coordinada
por especialistas radicados en España, como el
argentino Roberto Aparici, que forman parte del Proyecto Educativo
Quirón; tienen corresponsales en todo el mundo.
"La existencia de una opinión pública informada y
expresada acerca de los problemas sociales tendrá una
influencia decisiva en el modo como éstos se resuelvan.
Constituye nuestra importante tarea ayudar a crear ese
público informado. Este es una de las delgadas hebras de las
que pende el futuro de la libertad de los medios de
comunicación", afirma el pedagogo británico Len
Masterman.2
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Anular la capacidad de pensar, eliminar la
crítica, y simplemente imponer la recepción de un
mensaje
periodístico como la verdad absoluta supone sumir a una
comunidad en el máximo riesgo de inmovilidad y
parálisis.
Nuestra profesión se basa en la pregunta, en la
investigación y en la duda como una constante, y
traicionaríamos a
nuestro origen si queremos imponer un único mensaje como
valedero. Claro que esto puede ser un buen negocio,
en términos comerciales, cuando por detrás se obtienen
licitaciones de servicios públicos, cargos o
candidaturas, beneficios tributarios, multiplicación de
negocios y varias otras posibilidades de mejoras
sensibles.
3
Para consolidar los principios del todo vale y de
la palabra sagrada se avanza en la afirmación falaz de que
el periodismo es objetivo, una vieja estrategia para diferenciar al
periodismo "serio" de la "prensa
amarillista", popularizado en la década de los 30. Pero
en estos tiempos, la calificación fue apropiada por los
sectores
más comprometidos desde el punto de vista ideológico
para ponerse al margen (marginarse) de lo que ocurre en
la sociedad y, desde esa posición de privilegio, emitir
opiniones que sean indiscutibles.
"La estrategia de maximización de la
audiencia provocó el desarrollo de una de las mayores
creaciones
literarias de la época: el llamado periodismo objetivo (...).
El aspecto central del periodismo objetivo es lo que ha dado
en llamarse la sacralización de los hechos: una
reformulación brillante de los criterios de verdad
científica al
contexto del periodismo", afirma el sociólogo argentino Heriberto
Muraro.4
Nuestro periodismo el único que
conocemos y en la única manera de ejercerlo que sabemos
es
necesariamente subjetivo y personal, porque está imbuido de
nuestros conocimientos previos, de nuestras experiencias, de
nuestros gustos, de nuestros juicios y prejuicios, y de una
innumerable lista de etcétera. Y obligadamente debe ser
imparcial, como antónimo de la mentira, para el ejercicio
serio, ético y responsable de nuestra labor.
Debe estar basado en los hechos, pero con la
interpretación e impronta discutible que cada uno les imponga,
y definitivamente alejado del engaño, de la falacia. Incluso,
en estos términos, hasta el error humano debe
ser permitido, porque está basado en la buena fe.
Este criterio se engarza en el concepto central de
la legislación penal vigente en diversos países sobre la
responsabilidad de los periodistas en la publicación de
noticias equivocadas. El principio de la "real malicia",
importado de la jurisprudencia anglosajona, invierte la carga de la
prueba al que se siente afectado por calumnias e
injurias, y lo obliga a demostrar que el periodista voluntariamente
falseó determinada información para perjudicarlo.
Este principio está vigente en la normativa
argentina por la incorporación de los tratados
internacionales a
la legislación de fondo, y su jerarquización a uno de
los máximos escalones de la pirámide jurídica a
partir de la
reforma constitucional de 1994. Específicamente, está
consagrado en la declaración de principios sobre Libertad de
Expresión, de la Organización de Estados Americanos.
De todas las deserciones que tuvo el Estado, la
más preocupante es el abandono de la justicia, y su
pérdida
de respeto y de credibilidad (los más bajos de la historia) en
el conjunto social. Abundar en las causas es entrar en
otra ponencia, pero no se puede silenciar a la sensación de
impunidad como un aspecto clave en el deterioro de
imagen del Poder Judicial, desde los hechos históricos
más graves como la aplicación sistemática del
terrorismo de
Estado hasta delitos comunes (aun cuando ciertas situaciones no son
producto de acciones u omisiones de la justicia,
sino consecuencia de los otros poderes del Estado).
La creación constitucional del Consejo de
la Magistratura de la Nación, como una reacción
institucional
para recuperar el aura de independencia y de transparencia del Poder
Judicial, aún no ha dado el resultado esperado.
También conspira para el reverdecimiento de la
credibilidad la ausencia de oficinas de prensa en la justicia de
las distintas provincias, como áreas que elaboren
políticas comunicacionales tendientes a reencontrar a este
poder
con la ciudadanía.
La prensa jamás puede ocupar el espacio de
la administración institucional de la justicia: condenar o
absolver. No es una institución formal de la democracia, por
más que sea una de sus partes integrantes más sensibles.
La ausencia de contrapesos o de controles propios de la
dinámica de los poderes lo ubican en un peligroso
lugar privilegiado.