Ryszard Kapuscinski
Testigo del siglo XX
El primer país que conocí de América Latina fue Chile. Luego viajé por todos los países del continente.
Era corresponsal de una agencia de prensa muy pequeña, muy pobre, que no podía tener periodistas en todos los
países, entonces yo cubría toda América Latina.
Ya había hecho lo mismo en África y antes de eso en Asia. Allí me tocó participar, observar y escribir sobre
actos de guerra, golpes de Estado, de todos esos tensos eventos de la segunda mitad del siglo XX en el llamado
Tercer Mundo.
Comúnmente se dice que se fue el siglo de las guerras mundiales, de los sistemas, de muchas cosas
negativas, pero no se menciona que el siglo XX pasa a la historia de la humanidad por ser el de la descolonización. Nunca
antes en la historia surgieron en la escena política más de 50, 80 países y naciones del mundo independientes. Eso
no estaba en el pasado de la humanidad y nunca se va a repetir.
Ese gran suceso estuvo acompañado de dos grandes eventos: la migración del campo hacia las ciudades (al
inicio de siglo XX, la población urbana mundial era de 15% y hoy es de 75%) y el de la independencia política de
las colonias o semicolonias.
A mí me tocó, como periodista, ser un observador de esos grandes eventos migratorios en sentido físico y
en sentido político. A eso dediqué toda mi vida periodística; a describir y a documentar estos dos fenómenos. Ya
escribí 20 libros, de los cuales cinco han sido publicados en español, que se dedican a ese gran tema.
En la propia piel
Para mí es fundamental que un reportero esté entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. La mayoría
de la gente en el mundo vive en muy duras y terribles condiciones y si no las compartimos no tenemos derecho,
según mi moral y mi filosofía, a escribir.
En ese último libro que va a salir en español, que salió hace dos años en Polonia, escribí sobre mis experiencias
de cuando llegué a una aldea en África, en un país llamado Senegal. En esa aldea no había luz eléctrica, pero se
podía comprar una pequeña linterna china que costaba un dólar, pero nadie allí tiene un dólar. Entonces, no había
televisión, ni Internet ni esas tecnologías.
Cuando llegaba la noche, la gente se juntaba desde las siete a contar sus historias, y era ese el momento
más literario, más bello, más fantástico del día. Era toda una poesía. Por supuesto había que entender el idioma y todo
lo que pasaba durante la noche. A las diez u 11 de la noche a dormir y esto, para un reportero, ya era una
experiencia realmente dura, porque era en casitas pequeñas de adobe y piso de pura tierra donde se acomoda toda la familia.
Y toda la familia significa muchas personas.
La noche era muy caliente y era imposible dormir con la invasión de mosquitos y sin poder moverse hasta
que aparecía el sol a las seis de la mañana. Era una experiencia bastante difícil, pero si no compartía con esta gente
no vería de otra manera la vida de África. Si pasaba la noche en el Hilton o en el Sheraton no era consciente al
escribir sobre sus vidas. Lo mismo pasa en las guerras. La profesión de reportero requiere, para poder escribir, que este
tipo de experiencias se sientan en la propia piel.
La otra cosa que hago y que considero también importante para un reportero es viajar solo. Es importante ver
el mundo que se investiga y penetra con los ojos propios. La presencia de otra persona influye sobre nuestra
percepción del mundo. Sus gestos, sus comentarios, cambian esta limpia relación entre el reportero y el mundo que lo rodea.
Hace tres años hicimos un documental sobre África con un equipo inglés que por primera vez iba a ese
continente. Recorrimos lugares apartados y cuando llegábamos a cualquier sitio llamaban desde sus teléfonos móviles a
Londres. Viajaron conmigo tres meses pero, emocional y mentalmente, no estaban en África, todo el tiempo estuvieron
en Inglaterra. Sólo hicieron su deber.
Para mí una de las características del reportero es la empatía, esa habilidad de sentirse inmediatamente como uno de la familia. Compartir los dolores, los problemas, los sufrimientos, las alegrías de la gente, que de
inmediato reconocen si él está realmente entre ellos o si es un pasajero que vino, miró alrededor y se fue.
Un reportero solo puede hacer nada. Nuestra profesión depende de la ayuda y voluntad de otros. A veces
estamos en algún lugar durante 15 minutos o media hora y dentro de ese tiempo se decide toda nuestra carrera, porque en
esos minutos algún chofer nos puede llevar a una mina de combate o puede negarse.
Considero que una característica importante en nuestro trabajo con la gente es la humildad. Debemos
entender que el sentido de la gratitud frente al otro, es algo elemental. Yo tenía muchos amigos que empezaron hace años
en esta profesión y se fueron porque tenían demasiada arrogancia, tenían demasiado sentido de su profesión y por
eso la gente los eliminó. Para mí es fundamental entender lo modesto que resulta ser periodista, porque no hay
ninguna otra profesión en la que se dependa tanto de los otros.
De la tecnología a la palabra
La utopía de los poderes de comunicación mundial es que con la actual tecnología se resuelve todo. Yo creo en
esos, claros e importantes, avances tecnológicos pero no podemos perder la cabeza ahora, que en los medios de
comunicación se ha acelerado nuestra profesión por el manejo de una información inmediata. Claro que una información
inmediata hace al mundo muy rápido. Aunque esto no influye en el conjunto serio del periodismo de reportajes, de ensayo,
de crónicas. Un periodista talentoso puede escribir todo en un pedazo del periódico, no necesita más que eso.
Fui a un país como el Congo, con una guerra de 50 años. Hablaba con la gente, veía un acontecimiento, un
golpe de Estado, buscaba información para tratar de entender lo que estaba pasando y luego formaba el cuadro de lo
que me pasaba y escribía. Ése era realmente mi trabajo.
Cuando estuve durante la masacre de Ruanda de 1994, llegaron muchos periodistas conectados por e-mail, por teléfonos, que no veían lo que pasaba allí. Ellos llamaban a sus jefes en Nueva York,
Londres, Madrid, y éstos les decían: "necesitamos confirmar esto..., tenemos la noticia de que en...". Ahí ya no
eran independientes, ya no eran reporteros, sólo seguían órdenes de sus jefes que ni siquiera sabían donde quedaba Ruanda.
Los mejores reportajes los escribí cuando mi oficina central no sabía dónde estaba. Mi hábito fue tratar de huir
de esta gente que no conocía la realidad del lugar dónde me encontraba. Ahora, la preocupación de los medios
de comunicación no es el cubrimiento, sino es la lucha entre ellos por la competencia. Ya no miran si pasó algo
importante, miran dónde están los demás para que no se les adelanten.
Al terminar el siglo XIX, cuando apareció el teléfono, se creía que la prensa escrita se acabaría, pero el
teléfono sólo sirvió para su desarrollo. A principio del siglo XX, cuando apareció el cinema se dijo que había llegado el
fin para la palabra escrita.
Luego, cuando se desarrolló la radio, también se dijo lo mismo, al igual que con la televisión, pero ya no
hay discusión, la prensa sigue desarrollándose. Todos los medios solamente amplían el método de existencia de la
palabra, de transmisión de la palabra. No se acaban unos a otros, se amplían.
Curso para navegantes de la globalización
La palabra globalización se empieza a utilizar después del fin de la guerra fría. La globalización es un problema
muy difícil de discutir: con esta palabra se entiende un montón de cosas y se usa como en el arte se utiliza la
palabra postmodernidad. Hay que empezar con la definición. ¿Qué entendemos en este momento por globalización?
¿Qué hay detrás de esa definición? Sin esto no se puede discutir sobre el problema, porque cada uno tiene su
propia definición: financiera, económica, política.
La globalización es un fenómeno contradictorio de dos corrientes distintas. Es un río de integración de toda
la tecnología, el mundo financiero, los medios de comunicación, pero simultáneamente es otro río en dirección
opuesta que lleva a la desintegración, con conflictos étnicos, con ambiciones regionales, con tendencias particulares, en
una gran corriente que vive y se desarrolla en contra de la misma globalización.
En un seminario en Ayacucho, Perú, en el que participé el tema fue Globalización y cultura andina. Allí había
dos escuelas de pensamiento: unos decían que globalización era un sinónimo de la palabra imperialismo y los otros decían que era una tendencia existente, importante y productiva para la humanidad.
Hoy sentimos que algo está pasando y que tenemos una nueva conciencia de lo global, en temas como el agua y
la contaminación del aire. Sin embargo, las fuerzas que participan en la globalización no están definidas, todavía
son flotantes, no son precisas, no se han cristalizado. Entonces la lucha no va a ser sobre la existencia de la
globalización, sino cómo utilizar este fenómeno para nuestros propios intereses y nuestros propios fines.
Periodismo con Cortina de Hierro
No fue fácil trabajar bajo el régimen socialista. Polonia era un país más pobre que Checoslovaquia o Hungría y
para balancear esa situación teníamos más libertad que en Rusia. Muchos rusos aprendían polaco para leer nuestra
prensa, porque comparada con la de ellos era libre. Incluso en los años 80, durante la época del movimiento
Solidaridad, nuestra prensa fue prohibida en la Unión Soviética.
En estos países socialistas había que conocer los complicados mecanismos de la censura. Había periodos en
los cuales la censura era blanda y otros en los cuales es muy dura. Entonces, si uno tenía experiencia y conocía
los mecanismos, sabía en qué momento podía publicar algo y cuándo no.
Existían varios tipos de prensa, una era oficial que publicaba todo con censura en periódicos, radio y
televisión. Pero teníamos dos prensas sin censura no oficiales, una clandestina y otra que se publicaba de manera restringida
a dirigentes y funcionarios. Allí también se publicaba todo, porque a la clase dirigente le interesaba estar bien
informada, por eso permitían publicar todo, aunque no se podía vender oficialmente en los kioscos sino a través de
vendedores clandestinos.
Luego pude salir del país y trabajar en Asia, África, América Latina. Entonces a nadie le importaba la gente
de estos lugares y todo lo que pasaba allí. Nunca traté de ser corresponsal en los lugares de gran competencia
como París, Madrid, Nueva York o Roma. Nadie quería ir a arriesgar la vida para escribir sobre la guerra de Angola,
así que yo no tenía competencia.
Escribí un libro que se llama
El Sha de la siguiente manera: durante la revolución en Irán, la más grande
revolución de masas en la segunda mitad del siglo pasado, nuestra agencia decidió enviar a un periodista que me dijo:
"Estoy muy desesperado, es que me quieren mandar a cubrir esta revolución y yo no quiero, no me interesa, tengo
miedo". Yo le dije: "Si quieres yo puedo ir en tu lugar". "No, no, no creo, no es posible", contestó. Y le dije: "Sí. Yo voy
con mucho gusto". Entonces fuimos donde el jefe de redacción al que le dije: "Mira, él no quiere ir, yo sí, yo
voy inmediatamente". Entonces me fui un año a Irán y así escribí el libro, gracias a este accidente.