Emilio Fernández Cicco
Tiene el control remoto en su mano. Es tarde, está aburrido y empieza a barrer canal por canal, mientras
bebe cerveza y derrama papas fritas en la cama. De pronto, algo lo detiene. Hay un pastor en la televisión. Viste
de negro y usa gafas oscuras. Jamás ha visto algo así en su vida, una mezcla entre Terminator y un rictus de
piedad en el rostro, así que deja la cerveza a un lado, corre las papas fritas y para las orejas.
El pastor anda diciendo que vendrán tiempos difíciles, tiempos de muchos conflictos. Que un joven,
marcado por su destino, vendrá a salvarnos de algo parecido al Apocalipsis. No dice cómo lo hará. Si, por ejemplo,
nos redimirá de nuestras culpas con sermones cargados de sentido o si lo hará, quién sabe, a las patadas
voladoras. Esto es algo que el pastor de gafas oscuras pasa por alto. Pero anda diciendo que, gracias a él, a este
Mesías joven, vital y que también vestirá como él de negro, al igual que sus apóstoles, nos sentiremos despiertos
y liberados de los automatismos. Y a lo último, sacrificará su vida por nosotros en pos de que las cosas
cambien para siempre.
El pastor, en lugar de
Biblia, posa sus manos en un libro de cubierta del color de la sangre,
Matrix y la filosofía, de William Irwin, y en otro de portada luminosa,
Tomando la píldora roja, una compilación de ensayos
sobre ciencia, religión y filosofía en
Matrix.
El pastor, desde luego no existe, al menos por ahora. Pero si existiera, merecería nuestra atención: al
menos, por ser el primer abanderado de una ciberreligión que seguirían reverencialmente millones de personas en
todo el planeta, basada en la trilogía de
Matrix que acaba de concluir en un estreno simultáneo en 50 países y
43 idiomas. No es poca cosa. Si Jesús o Buda o Mahoma hubiesen tenido semejante despliegue en su favor,
sus prédicas hubiesen corrido como pólvora.
Larry y Andy Wachowski, los hermanos que dispararon la saga en 1999 (sólo la primera parte recaudó
380 millones de dólares), han sembrado intencionalmente la trilogía de guiños teológicos, filosóficos y
científicos. Basta con saber rastrearlos.
Los Wachowski son fanáticos del budismo, los libros de Tolkien, del novelista William Gibson el nuevo
crack de la ciencia ficción, creador del término "ciberespacio", y, sobre todo, del ensayista Jean Baudrillard,
en particular su libro
Simulacro y
simulación. Les gusta decir que la parábola de la caverna de Platón donde
el hombre cree que ve una realidad a través de las sombras , cuando apenas observa un reflejo imperfecto de
esa realidad, es un eje de sus películas. "Los espejos y cualquier superficie reflectante son muy importantes en
los filmes. La idea es la de mundos dentro de otros mundos", explicaron una vez, sin entrar en grandes detalles.
Antes de comenzar la filmación le entregaron a Keanu Reeves, el protagonista, una pila de textos
con complejas interpretaciones sobre la realidad y las apariencias, el ser y la nada, el mundo real y lo que
consideramos nosotros como el mundo. Fueron precisos en sus órdenes: "Estudialos bien y después empezá a
trabajar". El nombre del personaje de Reeves, Neo, tampoco fue creado al azar. Neo puede leerse también
como "One", el elegido. Y como nuevo. Alguien que viene al mundo a instalar un flamante orden. Una
nueva concepción. Y a inscribir con sus actos una nueva
Biblia.
Hay más. La ciudad de Zion, donde converge lo que queda de la humanidad, remite a Jerusalén. El
personaje de Anderson se desprende de "andar" (hombre en griego) y de la palabra "son" (hijo en inglés). De
Mobile, se desprende el anagrama de "limbo" el lugar bisagra entre real y virtual, pero también entre la vida y la
muerte. Neo tiene incluso, al igual que Jesús, su propio apóstol, Cipher que, como Judas, termina traicionándolo. Y
a un compañero llamado Morpheus, como el dios del sueño. En su peregrinaje, Neo debe combinar el aspecto maternal y emocional encarnado por el Oráculo una morena que cocina unas galletas fantásticas
y que sabe el devenir de las cosas, y la faceta racional, masculina, fríamente meditada del Gran Arquitecto,
el hombre que diseñó la Matrix, el personaje más parecido a Dios de la trilogía. De sus dos saberes,
complementados como el ying y el yang
oriental, de sus dos energías opuestas y necesarias entre sí, Neo obtendrá la
clave para salvar al mundo. Y quedará ciego en el intento. En el hinduismo, la ceguera se considera la base
para aceptar que lo visible del mundo terrenal es pura ilusión.
Los guiños continúan. Pero vayamos mejor a las preguntas. Los planteamientos de
Matrix apuntan al corazón de la filosofía clásica: ¿quiénes somos? ¿Qué es la realidad, más allá de la imagen? ¿Cuál es nuestra misión
en el mundo? ¿De dónde viene esta sensación de irrealidad? Y por otro lado, ¿algún día descubriremos que
las máquinas se han vuelto paulatinamente más suspicaces que la humanidad mientras nosotros nos hemos
vuelto paulatinamente más imbéciles?
En un momento donde las religiones buscan en vano adaptarse a los nuevos tiempos, y los filósofos
se entienden sólo entre ellos, Matrix
barajó las consignas y dio de nuevo. El resultado es un combo fascinante
y popular con un camino oculto de moralejas para descubrir.
William Irwin compiló en tres libros casi 100 ensayos en torno a qué hablamos cuando hablamos de
Matrix. Los tomos son best-sellers en Estados Unidos y resultan la mejor brújula para zambullirse en el filme y
no perderse sólo en el kung fu y los efectos especiales. No es poca cosa: la última parte incluye 800 tomas
digitales, y la escena más importante de pelea costó 40 millones de dólares y demandó ocho semanas de filmación
así que mejor que la brújula sea buena para evitar distracciones.
Al sentido de sus libros, Irwin lo resume así: "La filosofía está en todas partes, es relevante y puede
iluminar la vida de cualquiera. Como la Matrix, está alrededor nuestro".
Entre las reflexiones, hay un estudio de dos teóricas de la religión, Frances Flannery y Rachel Wagner.
"El paradigma de
Matrix es el problema de dormir en la ignorancia dentro de un mundo de sueños, y la
resolución mediante el conocimiento o la iluminación", revelan ellas a coro. "Fusionando la tradición budista con
el gnosticismo cristiano, y agregándole una visión tecnológica del futuro, el filme construye una nueva
enseñanza que desafía a la audiencia a cuestionar la realidad".
Hay quienes encuentran en
Matrix, en cambio, los resultados del devenir político de los últimos años.
"Yo no tengo dudas", señala Germán García, psicoanalista argentino. "¿Quién puede negar que los atentados
del 11 de septiembre en Estados Unidos no apuntan a que su sociedad despierta a otra conciencia, a otra
realidad?".
Y otros que sólo ven religión cristiana. "Vamos", dice Colin McGuinn, especialista en temas relacionados
con la conciencia, "Neo está dirigido a convertirse en la figura de Jesucristo. Morpheus representa a Juan El
Bautista, que espera la Segunda Llegada; Trinity cumple un rol de divinidad al lograr que Neo resucite y Cypher es
Judas Iscariote. Y por otro lado, los agentes Smith son la encarnación de la maldad, del Diablo".
A la hora de elegir entre un mensaje u otro, o un filósofo u otro, los hermanos Wachowski querían
que Baudrillard participara en la segunda parte de la saga. De hecho, lo convocaron telefónicamente. Le
dijeron todo lo que admiraban su obra y cómo habían vertido su mensaje a lo largo de la historia. Pero
Baudrillard escuchaba sin entender. Para él, todo era un malentendido. En una entrevista con
Le Nouvel Observateur, trazó las diferencias: "Ellos toman la hipótesis de lo virtual como un hecho y lo llevan hasta convertirlo en
fantasmas visibles. Pero la característica primaria de este universo recae precisamente en la incapacidad para usar
categorías de lo real para hablar acerca de ello. La nueva cuestión de la simulación es tomada en el filme como
el problema clásico de la ilusión, ya mencionada por Platón. Y aunque quiere oponerse al sistema, el film
Matrix sólo produce una adherencia fascinada".
Los directores tuvieron que aceptar, por primera vez, su derrota. De cualquier modo, poco importó:
la ciberreligión Matrix, a esa altura era imparable. Lanzada con todo el empuje millonario de Hollywood.
Y sostenido por siglos y siglos de mitologías, religiones y filósofos que consideraban al mundo un acertijo y
creían que alguien, por fin, se atrevería a resolverlo.