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Joyas del periodismo


El periodismo es más un asunto de realidades que de creencias. El oficio de informar se relaciona con la práctica, más que con la teoría. Las normas y los procedimientos que se consideran de validez universal, provienen de la experiencia y de su aplicación cotidiana y no de un cuerpo de conocimientos que se hayan elaborado para probarse en la realidad.

Se puede disponer de un bagaje teórico pero todo lo que guía la actividad del periodista es la práctica, la experiencia, que es algo que difícilmente se enseña, pero que sí se puede aprender. Quien sostiene las afirmaciones anteriores es Miguel Angel Bastenier, el periodista español y subdirector del diario español El País, autor del libro El blanco móvil. Curso de periodismo.

Aun cuando en el periodismo es muy difícil hacer lo que se cree y lo que se sueña, hay casos y hay periodistas que se pasan la vida intentándolo. Cuando este deseo se experimenta a partir de una rica biografía, teniendo como espacio de actuación a una publicación como El País, se gana un instrumental pedagógico en la materia ­con tal de que no se tome como dogma­, y se mantiene una actitud apasionada y de lealtad al oficio.

Esta apreciación se justifica porque hace tiempo que a este diario español se le considera el más acreditado del mundo. Su papel en la transición democrática de aquel país, el ejercicio de un periodismo que a la sociedad le ha proporcionado "un conocimiento más claro de sí misma", su adición incondicional al idioma castellano y a las raíces de la casa común que es Iberoamérica y, muy específicamente, el empeño sistemático del diario por mantener altos niveles de calidad informativa en sus páginas, facilitan la tarea y las aspiraciones de quienes quieren alcanzar el grado de periodistas.

Es verdad que todos los medios impresos que hacen un periodismo serio dedican una parte importante de su tiempo a mejorar la calidad de la información que difunden. Renuevan y capacitan al personal en forma sistemática, fijan criterios y parámetros de calidad en cada uno de los géneros informativos, se proponen metas y se evalúan los trabajos en función de las exigencias de los lectores. Se ocupan de las características de la información y también de los principios en que se funda.

Los medios también establecen cánones, normas y principios con los cuales se integra un código más o menos coherente que los periodistas deben observar. Cada vez es más criticado el periodismo que evidencia los intereses económicos de las empresas patrocinadoras y los de la propia empresa. La adulteración del periodismo señalada por Ryszard Kapuscinski y por David Randall tiene en el imperativo de la ganancia a uno de sus ejemplos más claros. Todos los días nos percatamos de las entregas copiosas de información falsificada y de aquella que minimiza los intereses generales, en favor de los apremios de un grupo o de una persona.

Desde una perspectiva ética los medios tienen la obligación de estar muy atentos a las deformaciones que suelen presentarse en el oficio. Es excesivo, por ejemplo, que el periodismo se asuma como una actividad que se encarga de procurar el bienestar ciudadano al estilo de un ejército de salvación o de una Secretaría de Desarrollo Social. La alternativa del periodista ante aquel que se asume "salvacionista" o sesgado, o frente al que rehusa entender la imposible existencia de la objetividad o su naturaleza indeseable, es la honradez y el juego limpio. Así se logra un periodismo profesional que "partiendo de una posición de neutralidad, toma posiciones con el respaldo de la información que dispone".

Los géneros, más húmedos que secos

La idea de que el periodismo difícilmente se enseña, pero sí se aprende, el hecho de que la práctica subordine a la teoría o que a ésta se recurra sólo en ocasiones, importan poco si la enseñanza tiene la virtud de acortar la distancia entre la vocación o el genio con la práctica; si eso sucediera en las aulas, aunque fuera ocasionalmente, más pronto, gracias a esta fusión temporal, sería posible conocer un gran número de páginas de calidad periodística.

Bastenier ha hecho hincapié en el asunto de los géneros, que es una forma indirecta de analizar los contenidos y la calidad de la información. Sostiene que ha buscado "sentar lo más claramente posible unos criterios de los que se deduzca que estamos escribiendo, al menos predominantemente, en uno u otros géneros. Y el punto de vista que yo he adoptado para establecer una parcelación en géneros del trabajo periodístico es el de la perspectiva del autor, de forma que su relación, llamémosle de propiedad, con el texto, sea el principal criterio para determinar qué es lo que tenemos entre manos".

Los tres géneros troncales "por orden de aparición" que Bastenier reconoce son el seco o informativo puro, la crónica y el reportaje; derivado de la crónica está el análisis y del reportaje, la entrevista. En la medida en que se avanza de un género a otro aumenta la personalización del mismo, lo cual quiere decir también que en la medida en que el periodista se apropia de los hechos o los interpreta, matiza o adjetiva, el género se aleja del informativo puro o seco.

El criterio de que la forma de relación de un autor con el texto determina el género va aparejado con una contradicción inevitable: no hay géneros en estado puro. Todos toman de todos. Es el reportaje en sus distintos subgéneros el que mayor capacidad omnívora tiene. Se apropia del resto. El género seco es el que usan generalmente las agencias informativas y al cual los diarios recurren con frecuencia, interpretándolos y adaptándolos de acuerdo con sus intereses o con sus estilos.

La crónica es, en un momento, de acuerdo con Bastenier, "el mestizaje por naturaleza, la utilización de todos los recursos expresivos del periodista, aunque predomine todavía en su trabajo el acercamiento indirecto a las cosas en la crónica damos un primer paso esencial, aunque todavía no concluyente, hacia la personalización del material informativo". Los elementos que hacen posible la crónica son tomados por el periodista de los cables, de la radio, recibe algo de los protagonistas, ve latelevisión, recordará sucesos anteriores (el reportero); estará inclusive en una conferencia de prensa, y el resultante es un material que es seleccionado al que se le añaden contextos, antecedentes, con todo lo cual se personaliza y que, firmado, es una crónica. De acuerdo con la tradición periodística mexicana, esta crónica sería simplemente una información seca pero interpretada. Subgénero que por sí mismo cuestiona los principios de neutralidad y profesionalidad y al que, por cierto ­quizá obligados a ahorrar exigencias explicativas a sus lectores­, son muy proclives los corresponsales extranjeros, entre los que se incluyen los de El País.

En otro momento, dice Bastenier, "la crónica arranca a partir del género seco para alcanzar una mayor elaboración del material, con la inclusión de elementos de reportaje o información directa, realizada en el lugar de los hechos". Por ello se encuentran mezclas como la crónica reportajeada, reportaje con elementos de crónica, reportaje entrevista, etcétera. En esta síntesis se explica la versatilidad de la crónica.

La crónica en México tiene de protagonista al reportero y a los actores de un suceso. Aquel toma todo el material citado arriba, pero además escucha la voz de éstos, se encima en sus hombros, los toca, los escucha y los ve en el momento de su actuación. Un ejemplo sería la preterida como desganada crónica parlamentaria que tuvo en México momentos brillantes. La crónica mexicana excluye los cables como primer paso y el resto de los elementos indirectos y coloca al reportero en el sitio del acontecimiento. En estos casos, la crónica es más cercana al reportaje. Por ejemplo, el de Maruja Torres, "Alfredo Astiz: historia de un centurión" recogido por Bastenier, es lo más parecido a las crónicas de Carlos Monsiváis, Ramón Márquez o de Jaime Avilés, las cuales, como la de la periodista española, podrían ser catalogadas como crónicas reportajeadas.

Como con los textos breves, se agradece que Bastenier se mantenga lejos de la retórica. Como igualmente es útil que recuerde la enorme cantidad de enemigos mortales del periodismo, capaces de retirar al lector de un texto en un santiamén. Construcciones como "dar luz verde", "de hecho", "en ese orden de ideas", "no obstante", "empero", "crónicas de una muerte anunciada", o las comillas largas, o palabras que todos repiten, deben ser eliminadas del acervo del periodista. Frases hechas que ni quitan ni ponen rey, sin valor informativo, deben ser descartadas. Bastenier recuerda que "un periodista debe hablar incluso, en el género seco, con una voz no prestada por el coro universal de los lugares comunes, pero tampoco que se distinga con los giros personales que sólo corresponderían a un texto firmado".

El blanco móvil

Bastenier sostiene que el reportaje es el ADN del periodismo, es decir, lo que delata sus rasgos, su naturaleza, sus propiedades. El reportaje no se produce en estado puro. Es naturalmente impuro. En él se ha de recurrir a la entrevista, a la crónica, al análisis. En el reportaje, en cualquiera de sus subgéneros, Bastenier le abre paso a la metáfora del blanco móvil, el acontecimiento que no tiene horario de llegada ni está calendarizado por nadie. Quien caza al blanco móvil, alcanza uno de los "mejores delirios de la profesión". Es el objeto de información más preciado de cualquier periódico. El periodista puede cazarlo por azar, intuición o cuando éstos se juntan con la voluntad de investigar lo que hay detrás de un paisaje aparentemente apacible. Señala Bastenier: "El blanco móvil, la historia de la cosa en movimiento, rebelándose contra sí misma sin necesidad de preaviso, siempre morará en los dominios del gran reportaje". No cuesta mucho trabajo saber que a esos dominios sólo se llegará a través de los caminos que la investigación abrirá para su búsqueda. El reportaje es el más caro, el más complejo, el más ingrato de los géneros, pero el único capaz de elevar a quien lo practica con profesionalismo y responsabilidad, a la categoría de buen periodista.

El autor de El periodista universal David Randall escribe: "Los periodistas quizá no podamos salvar el mundo, pese a que algunos así lo crean, pero sí podemos ayudar a sus habitantes a comprenderlo". En el libro de Miguel Angel Bastenier se busca explicar que eso mismo debe formar parte de sus escasas pero, muy bien experimentadas, teorías generales.


Miguel Angel Bastenier, El blanco móvil. Curso de periodismo, España, Ediciones El País, 2001, 260 pp.


Jorge Medina Viedas

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Historia digital en México


El tomo III de la Historia de la computación en México, una industria en desarrollo es un interesante trabajo de investigación que reúne la experiencia de los más destacados hombres de negocios de la industria de cómputo en México ­en una época caracterizada por crisis económicas y políticas recurrentes­ en la llamada década perdida, los cuales impulsaron el uso de la computadora en nuestro ámbito, convencidos de su potencial productivo y su trascendencia global.

Este libro de recopilación histórica reseña el arribo de la computación personal, el nacimiento del canal de distribución, el surguimiento de la industria del software importado y casero, y el nacimiento de los servicios que lo hicieron viable.

Los años 80 ­como consigna este volumen del historiador, editorialista y promotor de la cultura digital Aquiles Cantarell­ son un parteaguas en la historia del país y también el nacimiento de las hoy ubicuas computadoras personales, del cómputo a la mano y de la interfaz del carácter, la era en que todo estudiante de educación superior debía enfrentar los lenguajes de programación, las tarjetas perforadas y las máquinas de poca memoria Ram.

Los años 1980-1989 son, en pocas palabras, la edad de la transición y el lapso más trascendente en la conformación de la industria del cómputo como la conocemos actualmente.

A partir de la aparición de la computadora personal en 1981 ­las ya míticas IBM­, su desarrollo fue imparable. La computación sale de los laboratorios y se instala en los escritorios, los gurús del cómputo dan lugar a los asesores y técnicos y surge toda una industria de ensamblaje de componentes importados, protegidos por una miope política proteccionista con sesgo nacionalista y un grupo de comerciantes ávidos de grandes márgenes de comercialización que despreciaron el valor del software y los servicios.

Historia de la computación en México expone de forma clara y documentada la evolución de una industria que se consolida en algunas áreas, pero en otras, finalmente, serán las que dejarán el negocio e influencia potencial a un número cada vez más grande de personas, dentro de un entorno de crisis económica pero que, a pesar de ésta, la propia pujanza de esta industria parece superar todos los problemas, y aunque con un menor crecimiento al deseado, sienta las bases para su definitiva expansión en los años 90, con la apertura del mercado y un canal de distribución fortalecido.

El proyecto que da origen a esta obra busca divulgar los procesos que han seguido quienes construyeron la cultura tecnológica en las empresas y los usuarios finales nacionales antes del siglo XXI. Este esfuerzo editorial cuenta con la participación de un grupo de 12 historiadores, especialistas en diversos temas, así como con el apoyo de un grupo de periodistas informáticos.

A lo largo del libro se incluyen los testimonios de los protagonistas de este intenso y fascinante recorrido, muchos de los cuales continúan aportando su experiencia dentro de la industria a la cual ayudaron a conformar.

Este es un elogiable esfuerzo que ofrece algo más que fríos datos de marcas, máquinas, productos y términos tecnológicos, para proporcionar al lector una visión general, con el fin de conocer los procesos que permitieron a nuestro país avanzar en su integración a la era digital, la cual ha transformado al mundo en estas dos décadas maravillosas. Este trabajo editorial detallado hace de la Historia de la computación en México un libro indispensable.


Aquiles Cantarell y Mario González (coords.), Historia de la computación en México. Una industria en desarrollo. Tomo III, México, Hobbiton Ediciones, colección Hombre Digital, 2001, 161 pp.


Cuauhtémoc Valdiosera

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El digitalismo como paradigma


Digitalismo. El nuevo horizonte sociocultural, de José B. Terceiro y Gustavo Matías, es una obra que se inscribe dentro de los trabajos que dan cuenta del efecto de las nuevas tecnologías en el campo de la cultura. Por cierto, es un libro que tuvo buena resonancia desde su inicio, apenas se editó y distribuyó cuando la editorial tuvo que detener su venta y circulación; la cambió porque los autores habían detectado serias irregularidades en la edición de la obra, lo cual se convirtió en publicidad gratuita.

La propuesta central de los autores es que el capitalismo ha sido sustituido por el digitalismo, todos los procesos económicos que han acompañado por largo tiempo a la humanidad con el desarrollo del capitalismo serán reemplazados por transacciones electrónicas, por procesos mediados por interfases digitales. Los autores parten de que el digitalismo es un nuevo paradigma, que de seguir las tesis Khun, parece que ya se ha logrado alcanzar el periodo adecuado para que el digitalismo sea la referencia básica a usar en diferentes campos de la vida diaria y condiciones el despliegue del mismo saber.

Para llegar a su propuesta los autores se apoyan en un marco conceptual donde sobresale la economía y la sociología; para ambos la economía y la sociedad se definen por ser relaciones sociales, y como éstas han sido modificadas por las nuevas tecnologías, entonces, hay un cambio notorio en dichas disciplinas pues, por un lado, el digitalismo significa no sólo una nueva dimensión de las relaciones comerciales, sino una nueva forma de acumulación del capital que se basa en el saber, en los contenidos digitales y las relaciones sociales que se gestan para impulsar o desplegar este nuevo escenario se da por vía de interfases digitales.

De esta manera, el digitalismo tiene la particularidad de conjuntar todos los otros medios de comunicación para dar paso a un manejo diferente del espacio y el tiempo, pero que en realidad termina por abarcar la nueva forma de organización social y económica basado en el conocimiento de las tecnologías de comunicación, que se vuelven básicas y, según los autores, una nueva forma como se habilitan las nuevas generaciones.

Sin embargo, a lo largo del texto se deposita demasiada confianza en las nuevas tecnologías, como el hecho de que la globalización se volverá algo que se acelerará gracias a la intensificación del uso de las nuevas tecnologías; si bien se puede acordar que la globalización digital es de gran influencia en las formas de pensar y en las prácticas culturales de los seres humanos, no se puede soslayar que sólo una mínima parte de la población mundial es beneficiaria de ésta: 15% de la población mundial, que es de seis mil millones de habitantes, aprovecha el cien por ciento de las tecnologías de la información.

Por ello es que se dejan sentir ciertas ideas deterministas, como que dentro cinco años las empresas que no existan en Internet no sobrevivirán, olvidándose ese marco globalizado que hemos recién referido. En países como México, el número de usuarios es tan bajo que por ahora el comercio tradicional sigue siendo una vía; una forma pertinente para hacerse de los productos.

En todo caso, a pesar de los aspectos polémicos que puede tener la obra, es una fuente importante para conocer el efecto que tienen las nuevas tecnologías en diferentes terrenos de la cultura y la forma como se despliega en la vida cotidiana.


José B. Terceiro y Gustavo Matías, Digitalismo. El nuevo horizonte sociocultural, España, Taurus digital, 2001, 260 pp.


Antulio Sánchez

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Para entender la telenovela


¿Es posible comprender qué significa la telenovela como género televisivo y el papel que ha jugado en la televisión latinoamericana? Esta es la primera pregunta que surge al tener en las manos el libro de Alvaro Cueva Sangre de mi sangre, que se propone "entender la telenovela, borrar mitos, definir conceptos y reconocer sus aportaciones" y "como un esfuerzo por reivindicar a las telenovelas tan atacadas y despreciadas por los estudiantes de comunicación".

El libro de Cueva, crítico de televisión en las páginas de espectáculos de Milenio Diario, se dirige a sus lectoreshabituales: a quienes ven telenovelas; presenta un recorrido poco organizado, a veces superficial, que intenta rebatir lo que han sido lugares comunes en torno al género: son historias de amor, son programas familiares, promueven valores positivos, están alejadas de la violencia, tienen un final feliz, representan a la clase media, narcotizan a la gente, y la idea muy difundidde que son sólo para mujeres.

Cueva afirma que lo escrito sobre la telenovela "casi siempre oscila entre el extremo más académico o el rincón más frívolo del periodismo (...) no hay archivo y reflexiones en América Latina". Así, pareciera que intenta situarse enmedio, ni las universidades ni la superficialidad de las revistas estilo Tv y Novelas o TV Notas. A una de las cuales le agradece las fotografías que ilustran el libro.

Desde esta perspectiva, resulta una omisión no reconocer la existencia de estudios como el de Jorge González (La cofradía de las emociones interminables) y los investigadores de la Universidad de Colima o los de Martín Barbero y de Ana María Fadul en Colombia y Brasil, donde se ha intentado delimitar el impacto de las telenovelas en la vida cotidiana de su público.

Alvaro Cueva, aunque reivindica parcialmente al género, no alcanza su objetivo de definir conceptos y le resulta imposible contar "la historia no oficial de la telenovela" en cuatro páginas. Sin embargo, es un texto ameno, contiene imágenes que lo ilustran y remiten al lector a recordar algunas historias o personajes, quizá la parte más lograda es aquella donde se refiere a las cuales considera las cinco telenovelas más importantes en Latinoamérica por su contribución "como medio de expresión efectivo, directo, rápido y equitativo de toda América Latina".

El libro es un producto que se inscribe en la industria vinculada a la telenovela: revistas, discos, programas de televisión, entregas de premios, fotógrafos, críticos, radio... Hay señalamientos pertinentes, pero poco novedosos, como afirmar que las telenovelas han cambiado: ya no pueden ser estudiadas como hace años y el público ya no es pasivo. El lector se queda con las ganas de saber quiénes son los grandes productores de telenovelas en México, la extensión y la importancia de esta industria del entretenimiento; el autor menciona a Televisa, pero no profundiza en los componentes y los capitales.

Sangre de mi sangre es insuficiente para conocer acerca de la telenovela en el continente pero, con toda seguridad, el amplio público telenovelero lo convertirá en un éxito editorial que le permitirá tener información elemental para recordar a algunas de las estrellas de sus telenovelas favoritas.


Alvaro Cueva, Sangre de mi sangre. Verdades y mentiras de las telenovelas en América Latina, México, Plaza y Janés, 2001, 145 pp.


Carola García

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