Carlos Gómez Valero
Se anuncia una lucha despiadada y sin escrúpulos y tendrá como campo principal de batalla los medios
de comunicación electrónicos.
Además de todo lo que ya se dijo durante marzo, vale la pena subrayar que los videoescándalos
también exhibieron la frágil ruta de la transición democrática. Al respecto, hay cuatro hechos preocupantes:
1. Los medios, sobre todo los electrónicos, están definiendo la discusión política y la agenda pública del
país ante la corrupción de los actores políticos y su falta de disposición e incapacidad para conducir la transición.
2. Ante la denuncia pública de sus equivocaciones y omisiones por parte de los medios, los actores
políticos se han mostrado incapaces de resolver sus deficiencias con responsabilidad y están cayendo en
conductas extremas que ponen en riesgo la estabilidad del país.
3. Tradicionalmente, los medios han tenido una participación decisiva en los procesos electorales del
país, porque están en juego sus intereses políticos y económicos. Darles, como lo han hecho quienes
decidieron entregar primero los videos a Televisa y luego a las autoridades, un excesivo protagonismo, es un riesgo
porque después podrían ser ellos las víctimas de la gula de los medios. En la lucha por el poder, los medios
electrónicos son jugadores interesados, así que no conviene alimentar un monstruo que después nadie pueda controlar.
4. La descomposición del sistema político podría colocar a los medios electrónicos en factores de poder sin contrapesos políticos e incluso legales.
Es muy saludable que los medios se conviertan en foros de denuncias públicas para combatir las
deficiencias de la administración pública, la corrupción y la incapacidad de los gobernantes. Lo que no es deseable es
que los medios suplan las tareas de las instituciones o que éstas se muevan acorde con la agenda que aquéllos
le marcan. Ante la opinión pública los medios se erigen en los paladines del combate a la corrupción y esa es
un parte fundamental del papel que deben jugar para fortalecer los mecanismos democráticos. Sin
embargo, teniendo en cuenta la integración y el comportamiento histórico de los medios electrónicos en México,
cabe preguntar cuál será el costo político de este protagonismo y cuáles serán los contrapesos que se erigirán
para equilibrar su influencia.
El comportamiento mesiánico
Es preocupante también la reacción de los actores políticos frente al trabajo de los medios. Resulta
arriesgado que Andrés Manuel López Obrador recurra a actos masivos para contrarrestar las denuncias de
corrupción; así, el jefe de gobierno capitalino parece más un líder con características mesiánicas que un
gobernante preocupado por esclarecer a fondo hechos de corrupción en su gobierno. Lo que menos necesitamos en
estos momento son políticos tipo Hugo Chávez, presidente de Venezuela, y empresarios de medios y
periodistas dispuestos a formar parte de conspiraciones en contra de autoridades establecidas.
El buen juez, por su casa empieza
Desde hace décadas, los propios actores políticos, cediendo a la presión de los concesionarios, han
frenado la reforma del marco jurídico de los medios de comunicación, con el argumento que las reformas
propuestas son un atentado a la libertad de expresión.
En realidad, distintas iniciativas presentadas en la Cámara de Diputados lo que buscan es actualizar
la legislación en aspectos técnicos y también construir contrapesos a la actuación de los medios, como
un organismo regulador, el derecho de réplica en los medios electrónicos, fortalecer los medios públicos y
abrir espacios en la radio y la televisión a la participación de la sociedad. Si los medios están realmente
preocupados por luchar en contra de la corrupción y en preservar la legalidad, deberían no sólo aceptar sino impulsar
las propuestas para reformar su estatus legal que tiene décadas congelado en el Congreso de la Unión. El buen juez por su casa empieza.