Rose Mary Espinosa
Un camión sin placas, contratado por la agencia de relaciones públicas Martell y Asociados, llevó la última tanda de animales: borregos y cabras, la mayoría de los cuales se desangró durante el trayecto.
Los que habían sobrevivido fueron batidos a palos y luego sumergidos en el pozo hasta ahogarlos. El
personal esparció los animales muertos a lo largo del rancho, de manera que pareciera como si el agua los
hubiese arrastrado. Se trataba de darle mayor realismo a los falsos estragos del huracán "Paulina" en la finca
del gobernador Carlos Miranda. Todo había sido montado por la agencia para apaciguar las reacciones
generadas en la opinión pública, luego de que el periódico
El Debate insinuó que el mandatario estatal había puesto
a salvo el ganado de uno de sus ranchos horas antes de que el huracán tocara tierra. Miranda estaba
dispuesto a demandar al diario una vez que se comprobara que él también había sido sorprendido por el
fenómeno natural.
Fabiana se incorporó al trabajo a eso de las cinco de la mañana. Al igual que ella, los demás compañeros
a cargo de la comunicación política del gobierno de Guerrero, una de las cuentas más importantes de Martell
y Asociados, habían sido despertados en plena madrugada. "Tenemos una crisis informativa", les decían
los superiores. Ésa era una de las reglas en relaciones públicas: las malas noticias debían anunciarse de la
manera más completa y rápida posible.
La falta de sueño hacía que Fabiana odiara aún más su trabajo. Esa mañana, apenas entendía lo que
había sucedido. Revisó el reporte: "Debido al choque de corrientes de distintas temperaturas, provocado por 'El
Niño', el huracán había golpeado, inclemente, el puerto de Acapulco y, desde luego, a los habitantes más pobres
de la región". El dolor que exhibían las primeras imágenes televisivas le conmovió sin reservas. Ágata, su
compañera de trabajo, la miraba sorprendida:
¿Qué te pasa? ¿Estás ida, o qué?
Fabiana la miró, como quien mira un mal recuerdo, y volvió a su desconsuelo:
¿200 muertos? repitió, incrédula.
Ágata hizo un gesto de fastidio:
Fabiana, ¿qué te pasa? No nos mandaron llamar para lamentarnos por estos infelices. Nos toca
desmentir lo que dice la prensa.
¿Qué dice la prensa?
Ágata repitió su gesto de hartazgo:
¡Está escrito ahí! ¡En el papel que tienes en las manos, carajo!
Fabiana leyó las versiones que atribuían el saldo rojo del huracán a la negligencia de las autoridades estatales.
¡Es terrible! exclamó Fabiana. Contra esto, no hay nada qué hacer.
Ágata sumió los labios, haciendo una mueca de coraje auténtico:
Vaya que eres negativa, ¿eh? Pues, por si ya se te olvidó, ése es nuestro trabajo. Es nuestro cliente y
no podemos abandonarlo precisamente ahora, cuando su carrera peligra.
Los ojos de Fabiana iban y venían por el texto. Parecía como si los regaños de Ágata se cayeran antes de
llegar a sus oídos. Desesperada, Ágata aporreó los documentos contra el escritorio y dijo:
A ver si para cuando te
desapendejes, te pones a trabajar. Te toca redactar los boletines de prensa;
enviar las fotos que demuestran que también el gobernador perdió sus animales, y escribir el discurso de Miranda.
Ya sabes: emoción. Tiene que mostrarse desamparado. ¿Te quedó claro?
Fabiana asintió con la cabeza y la mirada perdida. Ágata salió del despacho, tras un acostumbrado portazo y un estruendoso "¡Carajo!". A medida que Fabiana seguía leyendo, el estómago se le contraía. Miró las fotografías de la recreación del desastre. Leyó los falsos testimonios. Echó a andar el video que también habría de repartirse entre la prensa. Era una superproducción que no había olvidado ningún detalle. Entonces cerró los ojos, aspiró hasta el fondo y dejó escapar el aire con una sonrisa dolorosa en los labios. Buscó en su directorio el teléfono de la casa de Luis Antonio Ávila, editor de la sección nacional de El Debate.
¿Qué pasó, Fabiana? contestó Ávila.
Luis Antonio, tengo algo que te va a interesar. ¿Dónde nos vemos?