Degradación del espacio público
Enrique Bustamante
En España tuvimos el dudoso honor de
"adelantarnos" en la conmoción mediática y
hasta social que
luego sufrieron Francia (con Loft Story) y Portugal, con la
confrontación salvaje entre
Gran Hermano y El Bar (y, de paso, entre la TVI y la
SIC). Pero las 14 emisiones de
Gran Hermano iniciadas el 23 de abril de 2000 en
Telecinco consiguieron una media de 8.3 millones de espectadores (49.3% de
share) y pulverizaron todos los equilibrios
del mercado televisivo español, permitiendo a esta cadena
empatar con Antena 3 TV y ocupar el liderazgo
completo en mayo.
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Foto: Jorge Claro/Contraluz |
Ciertamente, las secuelas inmediatas de
Supervivientes en Telecinco y de
El
Bus en Antena 3 no han dado resultados similares, muy lejos de su
repercusión en otros países. Y la emisión de
Gran Hermano-2 desde el 18 de marzo de 2001 no tuvo la
resonancia de su primera parte, con 28.5% de cuota media de mercado
pero sin
alcanzar el liderazgo en marzo ni en abril. Sin embargo, sería
un error dar todavía por acabado este formato al menos
del original y primero en llegar a España, no porque su
único competidor fuerte haya sido el futbol de la Liga
de Campeones, sino por un dato que no deja de ser tan
simbólico como estremecedor: la noche del domingo 13
de mayo de 2001
Gran Hermano venció, con más de
cuatro millones de espectadores, al avance informativo de
TVE sobre el resultado de las elecciones vascas (3.7 millones), pese
a la polarización y dramatismo de esos comicios.
El fenómeno tiene lecturas importantes
tanto televisivas y mediáticas como sociales en general, que en
España hemos experimentado en carne propia.
Del lado televisivo, un formato híbrido que
combina el
suspense del concurso con el escenario en vivo de
la "telerrealidad", la narrativa episódica de los culebrones
(casting, guionistas, montadores) con la estética de
las "webcam" de Internet. Y todo ello en un
"multiprograma" que se repite modularmente varias veces por
semana y que, sobre todo, pliega toda la programación de la
cadena a su dinámica y arrastre. Más aún, un
programa de
bajo costo con vocación planificada multimedia, que alimenta a
canales de pago 24 horas, que se explota en
Internet y genera un abundante merchandising
(revistas, discos, videos) con alta rentabilidad conjunta.
Este experimento es un manual acelerado de la
dinámica televisiva comercial: encontrada una pepita de oro,
todos los mineros se precipitan a explotarla, declinando la idea en
múltiples fórmulas y acelerando así su
agotamiento. En ese rápido desgaste, las nuevas
"sorpresas" añadidas difícilmente
conseguirán mantener el éxito en el futuro
a falta de elementos prohibidos por la moral dominante.
Pero "Gran Hermano es todavía
mucho más". Porque se trata de un verdadero
acontecimiento mediático,
creado por y para la televisión, sin existencia fuera de su
marco, realimentado por todos los restantes medios de
comunicación, prensa escrita y "seria" inclusive,
incapaces de resistirse a su oleada. La televisión cumple
así su sueño
de situarse como autorreferencia permanente, como despliegue total
del universo recreado por ella misma,
sin dependencias molestas de la realidad externa. A esto colabora una
crítica "escandalizada" por el programa
que, desde sectores ultraconservadores como progresistas, colaboran
paradójicamente a impulsar su éxito.
Sin moralinas, hay que resituar a estos frutos en
una larga trayectoria de la televisión comercial, que en
España y Europa ha suplantado al tradicional servicio
público en una década. No sólo las plagas
periódicas de
reality shows con sus elementos más antiéticos
(confesiones íntimas, delación en la búsqueda de
criminales, tertulianos
procaces) sino, asimismo, la avalancha de programas del
corazón, fabricantes también de estrellas cotidianas
cada vez
más vulgares, y una presencia creciente de crónicas de
crímenes y sucesos. Pero, muy especialmente, la
reconversión
de informativos diarios o semanales cada vez más dominados por
los géneros anteriores, por los "hechos
humanos" triviales y, en la misma línea, por una
frivolizada visión uniforme sobre el residual espacio de las
"noticias
serias". El reinado en fin de un "infoshow",
acontecimiento-espectáculo permanente, capaz, por ejemplo, de
dramatizar estos días la Intifada como una serie de actos
terroristas perpetrados contra los aviones y tanques de una
autoridad oficial legitimada por el poder.
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Lo verdaderamente peligroso del fenómeno
Gran Hermano reside justamente en esa degradación del
espacio público que simboliza, en el deterioro de la
democracia que encierra: la circularidad de los medios en torno a
la hegemonía televisiva, en un autismo que deja cada vez menos
resquicios al pluralismo, y sin relación con la
búsqueda de la verdad ni de la justicia, de la libertad ni de
la igualdad.
Por lo demás, Gran
Hermano y sus copias adquieren también un notable valor
simbólico derivado de la
cultura de nuestro tiempo. Nacido en la factoría Endemol, no
resulta sospechoso de "americanización", más
bien
podrían presentarse como un éxito de la industria
europea incluso en Estados Unidos. Comprado mientras tanto
por Telefónica Media resultan un símbolo de la
convergencia empresarial telecomunicaciones-audiovisual.
Estrenados (con
Supervivientes) en España por Telecinco, la cadena
dominada por Berlusconi, parecen
prefigurar el gran reality electoral italiano posterior,
además de señalar la anomalía de un primer
ministro que controla
una cadena televisiva en otro país (además de seis en
el suyo). Sin embargo, con su éxito arrollador en los
más
diversos países (declinados en clones locales) muestran la fuerza
de una cultura global, la auténtica cultura McDonalds,
frente a las resistencias culturales más acrisoladas de una
Francia, o una Europa sin más, antaño orgullosas de su
memoria histórica.