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Teodoro Petkoff  El Presidente acusa a los medios


 La luna de miel ha terminado

 Teodoro Petkoff




Las relaciones entre el poder político y los medios de comunicación, aun en países donde éstos son libres e independientes y aquél democrático, suelen conocer momentos tormentosos. El caso de Hugo Chávez y los medios de comunicación venezolanos no son la excepción. Pero conviene introducir el tema con una revisión del background de esas relaciones.

Durante la campaña electoral de 1998, Chávez recibió un tratamiento generoso por parte de los medios escritos y audiovisuales. En cuanto fue claro que su candidatura iba rumbo a una victoria espectacular, los medios se le abrieron y su trayectoria fue cubierta ampliamente. Más aún, el modo como durante cuatro semanas seguidas el diario El Nacional ­quizá el de mayor influencia en el país­ desplegó las encuestas que registraban la arremetida de Chávez desde el rincón de cifras de intención de votos inferiores a un dígito hasta la condición de líder de los candidatos contribuyó a desarrollar la matriz de opinión de invencibilidad del comandante.

Aunque en la alta clase media y en la upper class Chávez era visto con una mezcla de aprensión e incertidumbre, la luna de miel entre los medios y el Presidente se extendió al menos durante todo el primer año de su gobierno.

La designación de Alfredo Peña ­ex director de El Nacional y persona vinculada al Grupo Cisneros (DirectTV, y propietario del Canal 4 de televisión)­ como ministro de la Secretaría; así como el hecho de que la primera encargada de la Oficina de Prensa de la Presidencia hubiese sido la esposa del editor de El Nacional, constituyeron expresión del buen estado de esa relación. Peña salió del cargo meses después, para disputar (y ganar) una diputación a la Asamblea Constituyente, donde estuvo hasta que venció la elección para la alcaldía metropolitana del Distrito Capital. En ambos casos fue candidato del partido de Chávez, el MVR. Ahora es un fuerte opositor. La directora de prensa estuvo poco tiempo en su cargo, al cual renunció, al parecer, por diferencias con Peña. También está en la oposición.

Hugo Cávez
Foto: Newsweek
Sin embargo, en ese primer año ocurrieron dos episodios premonitorios de lo que estaba por venir. El primero fue la reacción de Chávez ante un titular de primera plana de El Mundo, vespertino que yo dirigía para entonces, que denunciaba en tono ácidamente coloquial un aumento salarial para los oficiales de las Fuerzas Armadas muy por encima del otorgado al resto de los trabajadores. ("¿Qué vaina es ésta?", a ocho columnas). Chávez reclamó, en cadena televisiva, la noticia y la desmintió (aunque al día siguiente publicamos el documento que respaldaba nuestra información), pero todavía con cierta mesura en el tono. El siguiente episodio ocurrió en diciembre de 1999, después de la tragedia del estado Vargas, en la costa de la capital, cuando una periodista de El Nacional denunció el asesinato y la desaparición de algunas personas en aquella región, presuntamente delincuentes, a manos de un cuerpo policial y de la Fuerza Armada. Chávez reaccionó, esta vez iracundo, desmintiendo los hechos, como si en su gobierno fuera impensable que tal cosa pudiera suceder. Sin embargo, ante las evidencias, días después, democráticamente, fue al sitio de los acontecimientos, verificó y prometió una investigación. Todavía, en ambos casos, su tono fue severo pero no agresivo ni rudo.

Los problemas comenzaron poco después, cuando Chávez ­cada vez más molestó con informaciones que consideraba inexactas o tendenciosas­ pasó del desmentido y el reclamo a la argumentación ad hominem, atacando, a veces de manera brutal e intolerante, a dueños de medios y a periodistas específicos. Fue una tremenda muestra de inmadurez e inexperiencia. La razón que pudiera haber tenido en algunos casos se debilitaba cuando su postura colocaba las cosas en un terreno donde se difuminaban los límites entre el ejercicio del derecho a réplica y la presumible intención de crear restricciones a la libertad de expresión.

En principio, no niego el derecho del gobernante a desmentir noticias que considera falsas o manipuladas. La libertad de expresión es una calle de dos vías. El mismo derecho que tiene un medio o periodista de suministrar una información, cabe al gobernante para defenderse públicamente de los efectos de ésta. De hecho, cuando ocupé posiciones de gobierno (marzo 96-febrero 99) hice abundante uso de ese derecho. Más aún, pienso que siempre será preferible un gobernante que enfrente las críticas en el campo de la polémica pública y no en el de la acción represiva. Eso hablaría de un desarrollo democrático. Pero, en la práctica, Chávez ha consagrado un estilo inadmisible en quien ocupa la Presidencia de la República. Chávez no percibe que el peso de la palabra presidencial, descargada brutalmente, introduce una distorsión en el ejercicio de la libertad de expresión. Los insultos, sistemáticamente aplicados, provenientes del Presidente, enrarecen la atmósfera política y, sin duda, afectan negativamente el ejercicio de la libertad de expresión.

De hecho, aunque en el país, aparentemente, los medios no lucen acobardados, poca duda hay de que por ese camino se puede dar autocensura. Sin embargo, en las condiciones de fuerte agitación y polarización política que hoy existen en Venezuela, el peor efecto ha sido inducir ataques físicos a periodistas, fotógrafos y camarógrafos de TV, y a instalaciones periodísticas (caso El Nacional), por parte de activistas o militantes afectos al gobierno. Esto por mucho que se haya querido presentar como acción espontánea de las masas "revolucionarias", puesto que se trata de grupos de activistas partidistas teledirigidos, configura ya una franca presión sobre el ejercicio de la libertad de expresión.

Hugo Chávez no ha sabido manejar su relación con los medios. Muy inexperto e inmaduro y además muy impulsivo, sin el savoir faire que da un largo trajinar político democrático, muy marcado por su formación militar y cuartelaria (no se trata de un juicio de valor peyorativo; un teniente coronel está preparado para enfrentar los problemas de un batallón ­mil hombres­; del coronelato en adelante es cuando los militares comienzan a adquirir una visión más amplia, tanto del país como del mundo), Chávez ha asumido el debate con los medios desde una perspectiva de confrontación, entendiéndolos como expresión de la "contrarrevolución", a la cual un "revolucionario" debe neutralizar o anular.

Chávez no es un gobernante convencionalmente democrático sino alguien que se define a sí mismo como un revolucionario. La diferencia es significativa. Un mandatario democrático, en una democracia "normal", acepta la oposición y los adversarios. Procura ­aun dentro de la controversia propia de la vida democrática­ que no se rompan esos acuerdos mínimos, entre los distintos sectores de la nación que aseguran la gobernabilidad. Un gobernante democrático convencional trata de atenuar contradicciones y mantener puentes con la oposición. Un revolucionario ­y la experiencia histórica es rica en este sentido­ opera a partir de un simplismo maniqueo: no existen opositores sino "enemigos"; no hay oposición sino contrarrevolución, por tanto, su rol no es el de atenuar contradicciones sino profundizarlas. Su idea no es ganar elecciones sino eliminar la oposición.

Pero cuando alguien que se dice revolucionario no llega al mando bajando de las montañas, a la cabeza de un ejército guerrillero que ha destruido al ejército enemigo, o descendiendo de un tanque, después de un golpe militar afortunado, sino que gana unas muy banales elecciones "burguesas" ­caso Chávez­, asume el mando, entonces, dentro de un esquema político e institucional preexistente, que no ha sido destruido por la violencia revolucionaria. Si trata de forzar las cosas tropezará inevitablemente con la resistencia del país que no lo respaldó electoralmente y posee el instrumental político e institucional para ejercer su derecho al desacuerdo.

El discurso "revolucionario" de Chávez, tanto antes de alcanzar el poder como después, generó rechazo en ese 40% del país que votó contra él. Pero, en la óptica del Presidente, que se asume como "revolucionario", en el sentido sesentero de la palabra, ese porcentaje de venezolanos no era simplemente de opositores sino de "contrarrevolucionarios". De inmediato su actitud fue de confrontación. Lo llamativo es que aquellas definiciones las hace Chávez a partir de una premisa que resultó falsa en los hechos: que estaba dirigiendo una verdadera revolución.

Foto: Newsweek
En Venezuela no ha habido nada que parezca una revolución, exceptuando el desplazamiento del establishment político que rigió durante casi medio siglo. De el resto, la administración de Chávez no ha sido más de lo mismo sino peor de lo mismo. Sin embargo, insólitamente, ha logrado acentuar y profundizar una división político-social en el país tan sólo con un discurso amenazante, radical e intolerante . No ha habido hechos revolucionarios sino palabras "revolucionarias"; puro "ruido y furia" (muchas veces literalmente "contado por un idiota", parafraseando a Shakespeare en Macbeth), que han tenido efectos devastadores sobre el tejido social venezolano. Como dijera su más cercano colaborador político, reprochándoselo: ha engañado a la mitad de la gente, porque no hay tal revolución, y asustado a la otra que la cree posible.

Chávez no ha sabido manejar la oposición porque nunca la vio como tal sino como expresión de una supuesta "contrarrevolución", con la cual, en su óptica delirante, no podía transigir. Ciertamente, el comandante llegó al gobierno enfrentando el rechazo político y social de buena parte del país. Pero en lugar de actuar para convivir democráticamente con aquél, se empeñó en "profundizar las contradicciones", generando paradójicamente una verdadera "contrarrevolución". Parte de lo que era sólo oposición, asumió en la clase media y alta, la condición, de contrarrevolución, pero, ionesquianamente, contra una revolución inexistente. No hay revolución pero sí contrarrevolución.

En un país donde el sistema de partidos se colapsó con la victoria electoral de Chávez, el sentimiento opositor ­difuso, inorgánico, desarticulado, pero de considerable envergadura­, a falta de partidos, fue refugiándose en los medios de comunicación. Estos, a su vez, vinculados a poderosos intereses económicos, sociales y políticos, no sólo acogieron aquel sentimiento sino que han sido muy proactivos tanto expresándolo como potenciándolo y, además, constituyéndose en parte esencial de éste.

El Presidente no ha sabido manejar esta situación tan compleja. Frente a medios muy beligerantes ha actuado no sólo como un provocador sino que además ha caído en todas las provocaciones. La implacable dialéctica de la confrontación lo ha arrastrado ­y a los medios también­. Varios medios, en algunas ocasiones, han manipulado la opinión pública; han sesgado tendenciosamente informaciones relativas al gobierno; han tergiversado o simplemente mentido. Chávez, por su parte, también. De modo que la agresividad de ambos lados ha dominado la relación. Pero la variable fundamental en este juego es el gobierno. Es éste el que ha marcado la pauta. Las reacciones del Presidente, cada vez más brutales verbalmente han ido enrareciendo la atmósfera política generando serias aprensiones acerca del porvenir de la libertad de expresión en el país, en el gobierno de Hugo Chávez. Porque, a fin de cuentas, medios fuertemente críticos forman parte de la tradición política venezolana. Ese es un dato que el gobernante debe saber asumir democráticamente si no quiere entrar en una pelea en la cual, en el presente contexto del continente, siempre saldrá perdiendo.

Porque en relación con la libertad de expresión, en Venezuela vivimos una situación realmente paradójica. La libertad de expresión es total en el país. No existe censura sobre los medios, no hay periodistas enjuiciados ni presos (hay un solo juicio por vilipendio, ejercido por un empresario privado, vinculado a algunas personalidades del

gobierno, contra un semanario), aunque sí físicamente agredidos en las calles. El Presidente y su gestión son sujetos de una crítica en muchas ocasiones virulenta, mordaz y hasta grosera en algunos casos de articulistas de opinión, como pocas veces ha sido ejercida en nuestra historia contemporánea. Sin embargo, la innecesaria e inmadura agresividad e intolerancia del Presidente han creado la percepción de que existe una amenaza real para la libertad de expresión. Reforzada por el hecho de que para la televisión el gobierno prepara una Ley de Contenidos, supuestamente dirigida a regular la programación televisiva en cuanto a violencia y pornografía.

Esto nos coloca nuevamente ante un problema político y ético mayúsculo. El discurso presidencial, su tono amenazante y duro, las acciones violentas de algunos de sus partidarios contra periodistas, camarógrafos de TV y fotógrafos han hecho casi imposible un debate fecundo y necesario sobre la cuestión de los medios y, en particular, acerca de la TV. Como mucha gente, pienso que la TV es simultáneamente una bendición y una maldición. Hay mucho en la programación de ese medio que es embrutecedor, idiotizante y particularmente agresivo contra la sensibilidad, la cultura y la decencia humanas.

Foto: Newsweek
Mucho se discute sobre la manera como la sociedad podría protegerse de los efectos deletéreos de buena parte de la programación televisiva. ¿Cómo librar ese debate en la Venezuela de hoy sin llevar agua al molino de las concepciones autoritarias de Hugo Chávez? Al mismo tiempo, ¿cómo, en nombre de la defensa de la libertad de expresión, eludir un debate necesario sobre el rol de la TV en nuestras sociedades? Cada vez que un programa como Laura en América aparece en las pantallas es imposible no darle la razón a un Chávez que denuncia el verdadero atropello a los fueros de la humanidad que es esa clase de basura televisiva. Al mismo tiempo, ¿cómo establecer la frontera entre la defensa de esos fueros y la censura? ¿Puede dar ese debate de modo fecundo un gobierno acosado por los medios pero propenso a las respuestas autoritarias? Las respuestas no son fáciles. Sobre todo porque ­aun con todas las aprensiones sobre la democracia­ un gobierno como el de Chávez ha colocado con más fuerza en el debate público tanto en la cuestión social como la del enorme y casi socialmente incontrolado poder de los medios de comunicación. La desgracia de Venezuela es que quien ha suscitado ambos temas, Hugo Chávez, lo ha hecho desde una acción de gobierno incompetente, que ha lastimado a quienes reivindica en el discurso pero maltrata con su gestión real: los desamparados. Y en relación con los medios, lo ha hecho desde una perspectiva autoritaria y anacrónica que, al menos en la intención, se parece demasiado a la manera como nuestros dictadores han manejado la libertad de expresión.



Teodoro Petkoffes vicepresidente del periódico venezolano Tal Cual. De 1996 a 1999 fue ministro de Estado, jefe de la Oficina Central de Planificación y Coordinación de Venezuela.

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