Sergio tomó asiento frente a un escritorio vacío y esperó media hora más antes de que Don Rubén,
director respetado del periódico, apareciera ataviado de lino, envuelta la garganta con un gazné y apoyando el peso de
su flanco izquierdo en un bastón con empuñadura de plata. Sergio lo miró con la cabeza un tanto agachada,
intimidado por la mítica figura que se detuvo a unos pasos y dejó caer el bastón al suelo. "Levántelo, joven", ordenó el
hombre. Sergio se negó y sintió la humillación recorrer su juventud y llenar de un calor incómodo el rostro y las orejas;
Don Rubén respondió que si pensaba trabajar en su diario tendría que disciplinarse y aprender a obedecer, a lo que
el joven concluyó: "Si usted tira el bastón es porque quiere que esté en el suelo". El viejo lo miró con perspicacia
y añadió: "¿Y si le dijera que soy un anciano incapaz de agacharse hasta el suelo?". "Entonces es distinto",
contestó Sergio, y se apresuró a depositar en las manos agrietadas el bastón. "Usted y yo nos llevaremos bien; pregunte a
Sara si puede ayudar en algo y ya veremos qué surge por aquí".
Fueron casi dos años de ir y venir, de asistir a reuniones de las que sólo participaba como mesero de café y
tragos ocasionales; de acompañar a fotógrafos con lentes, trípodes y rollos que Sergio cargaba en un maletín; de buscar
en las revistas internacionales la imagen necesaria para ilustrar fotorreportajes o eventos deportivos, de contestar
el teléfono a partir de las dos, cuando aparecía en la redacción con los libros escolares bajo el brazo y a la espera
de alguna pausa para completar tareas y deberes. Dejaba a sus amigos con el gesto orgulloso de quien anuncia "voy
a trabajar", y recorría a pie las casi veinte calles que separaban las aulas de las oficinas, la vida del niño de la vida
del adulto. Ésa fue su rutina hasta una tarde, cuando el cierre se avecinaba y las secciones apuraban la composición
y diagramación, los linotipistas ajustaban márgenes e insertaban cabezas y los reporteros se despedían para hacer
el día del encargado de la cantina aledaña -había descubierto que detrás de todo gran periódico hay una gran
cantina-, fue en esas horas de prisa y urgencia cuando el télex arrojó la información esperada en un idioma que ninguno
de los redactores de la tarde comprendía: una tras otra, las notas eran impresas en un alemán de pocas palabras,
escueto y directo, que sembró el desconcierto en todas las oficinas. Sergio dejó la clasificación de recortes asignada para
esa jornada y acudió a comprobar qué ocurría; al ver los textos, y no sin cierta timidez, comentó que con un
diccionario y unos veinte minutos tendría suficiente para traducir lo que escondían aquellas tiras de papel. Los reporteros
se miraron incrédulos pero Rubén ordenó que se proporcionase al muchacho lo que hiciera falta. Comenzó su
labor entre el bullicio de las voces que se gritaban de un extremo a otro, el repiquetear de los teléfonos y el calor
acumulado del día en la oficina del director. Terminó media hora después.
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Al día siguiente comprobó con tristeza que en ninguna de las notas traducidas aparecían ni su crédito ni su
nombre, pero al llegar por la tarde al periódico lo recibió Sara con una llave pequeña en la mano: "Es de tu cajón,
felicidades". Sergio tomó asiento y contempló el escritorio vacío, el mismo que utilizaría hasta el día de su despido; la máquina
de escribir flamante, y la orden de trabajo que le solicitaba redactar la nota de la corrida de toros del domingo
anterior. Apuró la escritura y al concluir se acercó Rubén, apretó con afecto el hombro del muchacho y leyó un par de
frases; con una pluma fuente de tinta roja tachó casi cada una de las palabras que componían su escrito y se alejó con
un "repítalo y entréguemelo cuando lo haya hecho bien". Hizo lo propio y el resultado fue el mismo de la vez
anterior, y otra, y otra vez hasta que cerca de la madrugada, cuando ya la rotativa estaba por echarse a andar, Rubén tomó
el papel y lo insertó como robaplana de la última página de la sección deportiva. La nota apareció al día siguiente, firmada por "La redacción".
Vació uno a uno los cajones de un escritorio moderno, rodeado de cristales que habían sustituido las paredes
y libreros de antaño para hacer de la redacción un espacio más transparente pero también menos personal;
cuánta diferencia, pensó, y cuánto tiempo sintiendo esa extrañeza, el saberse ajeno a un entorno que involucionaba
hacia quién sabe qué forma novedosa y versátil, apta para las exigencias mercantiles de una nueva administración
que, precedida por la parentela política al fallecer Rubén, había decidido que ya era suficiente de un diario provinciano
y romántico: hacía falta innovar para insertarse en un mercado competitivo, pues los grandes accionistas y
anunciantes lo exigían como condición para seguir invirtiendo en el periódico. De una carpeta cayó el texto corregido con
tinta roja, escrito en máquina antigua y de los que ya no se veían más porque el personal llegaba con los
conocimientos suficientes para demostrar que lo aprendido como oficio había tornado ya en una auténtica profesión: no
había tiempo para enseñanza, tampoco para pensar si el dinero en portafolios o el coqueteo con obsequios y
grandes contratos publicitarios eran convenientes o no, ni qué precio real implicaba aceptarlos. Urgía incrementar las
ventas, y Sergio pasaba entre sus manos viejas aquel papel que demostraba su más valioso requisito de admisión.
Descolgó por último la cartulina con la frase de Montaigne -¿sería en verdad de Molière?-, cargó las dos cajas y esperó a
que el vigilante abriera la última puerta antes de la calle, hacía una noche estrellada a la que ninguna prisa podía
arrebatar brillo ni frescor. Emprendió así el camino de vuelta, las veinte calles acostumbradas hacia el barrio de la juventud,
y volteaba a cada tanto para comprobar cómo las últimas luces se extinguían en las ventanas de la redacción.