Carlos Castillo López
"Es el problema: tratar de hacer lo debido ahí donde nadie lo hace, o esforzarse por convertir en moda
aquello obsoleto que tarde o temprano se recordará con nostalgia". El tono era amigable y Sergio Corona pretendía, con
ese antecedente, dar inicio a una explicación sobre alguna inquietud que de unos meses a la fecha lo agobiaba.
"Pero señor -prosiguió Ricardo Cendejas-, con esa nostalgia se recuerdan otras épocas, con el lugar común
del tiempo pasado fue mejor, pero ya no es, convénzase, ya-no-es."
Ricardo acentuó la división silábica de la expresión, satisfecho de haber esbozado un argumento que
consideraba convincente. Dio un manotazo en la mesa e hizo ademán de despedir a Sergio, pero se detuvo y agregó:
"Además, hace falta ese ingreso, por el bien de todos, usted comprenderá y sabrá hacer lo debido, ¿no es cierto?". Guiñó el
ojo cómplice y sonrió con la comisura de la boca, mientras abría la puerta del despacho tapizado de maderas
finas, decorado el piso de tapetes que imitaban diseños persas y repletos los libreros de tomos de pasta oscura y
elegante. A Sergio no lo intimidaban ni la actitud ni el lugar; la oficina era más grande y elegante que la última vez que
se sentó frente al antiguo escritorio de caoba, único vestigio de ese otro tiempo que Ricardo mencionaba, ese
tiempo mejor. Entonces las sugerencias eran bienvenidas, entre discusiones de redacción y la rotativa con su
sonsonete mecánico como música de fondo; antes, siempre antes, nada como antes, y sí, el cambio de administración y
dirección había concluido que urgía incrementar los ingresos. Nadie añadió el
por el medio que sea, pero estaba implícito
en el tono de la solicitud, la exigencia que con los meses se tradujo en aquellos vicios que tanto había costado
mantener al margen de cada edición: el trato preferencial a cambio de millonarios contratos de publicidad, la autocensura
ahí donde se consideraba "políticamente incorrecto" mencionar tal o cual suceso, el aplauso a la obra que se
presenta completa cuando las investigaciones del reportero anotaban que aún quedaban pendientes las trabes de seguridad
y alguna licitación de contratos. La indicación venía "de arriba" y la última junta de la redacción acataba,
ajustaba, moderaba adjetivos y descripciones, omitía informaciones o destacaba aquello que antes, siempre antes, era
desechado por considerarse "paja".
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Volvió al teclado y al monitor, silenciosos reemplazos del taladreo de las antiguas máquinas de escribir.
También eso extrañaba, también había resentido esa modernización que todavía bajo la batuta de los antiguos directores
se consideró indispensable para ser competitivos. Pero eran herramientas solamente, formas, no fondos; le
indignaba que ahora el cambio fuera de fondo, porque lo que estaba en juego era la verdad, la veracidad no del periódico
sino propia, esa ética que por confundirse con censura preferían ignorar y que a Sergio le resultaba indispensable
para hacer válido el derecho a informar. Los años le enseñaron que la mesura y la prudencia eran virtudes; la
experiencia le hizo caer en la cuenta de cuánta verdad guardaba aquella frase de Montaigne -¿o era de Molière?- instalada en
el vidrio de su oficina, algo así como la verdad contenida tarde o temprano emerge, y arrasa todo a su paso. Él no
quería que lo arrasara ni podía silenciar una voz de conciencia que diluía toda concentración. Escribió la nota tal como
la había planteado a Ricardo, sin descartar los datos crudos ni los testimonios que la dirección, al final del día y
ya sobre la última galera, decidió excluir por "no obedecer a los intereses de la empresa"; eso rezó el memorandum
de esa noche, anunciando su despido por ese motivo, por no acatar la voluntad de los directivos. "Claro -pensó
Sergio-, esto ya no es un oficio, es una profesión, y exige pragmatismo económico, no responsabilidad profesional".
Volvió a su oficina poco después del cierre de la edición, con la orden escrita de limpiar el escritorio antes de irse.
Y era entonces, era otro tiempo, cuando el oficio se aprendía sobre la marcha y el ascenso era meritorio,
cuestión de aprovechar oportunidades, saberlas resolver. Desde ahí comenzaba la instrucción, acostumbrando olfato
y percepción a detectar dónde y cuándo habría que acudir a solucionar un problema, a buscar una nota, a resolver
los contratiempos e imprevistos, pero estar ahí, en el sitio y momento exactos. Para un oficio no hacen falta
escuelas, sólo enfrentarse al reto y demostrar si hay o no capacidad para una respuesta adecuada; tampoco se
necesitan certificados ni facultades, o al menos así fue hasta que el conocimiento comenzó a certificarse en papeles de
letras enredadas y títulos ondeados como banderas de conquista por quienes llegaban a solicitar empleo y, muy
pronto, elegían cambiar de profesión porque en la práctica poco resulta como en la teoría.
Eso fue después, cuando las universidades descubrieron que también podían cobrar por enseñar aquello que
Sergio consideraba educación elemental: escribir, leer, saber dónde encontrar, expresar ideas mediante la fórmula
sencilla del qué, quién, cómo, cuándo y dónde, nada que no se impartiese en la enseñanza básica o bajo la tutela de
algún viejo periodista. Antes de que aquello ocurriera, el mérito fue la premisa para la evaluación, la diferencia
entre distribuir en las distintas redacciones las noticias que llegaban por télex, y pasar a la corrección, el armado o
la redacción, lo que fuera con tal de merecerse un escritorio individual y los gafetes de acreditación de prensa. Llegó
al periódico antes de la edad adulta. Esperó casi dos horas en una sala modesta y de sillones un tanto raídos antes
de que la secretaria gorda y de mejillas rosadas lo hiciera pasar a la oficina del director; no había eso que después
se llamó "recursos humanos" o "relaciones públicas", era una cuestión de tacto, de
colmillo, de primeras impresiones que bajo un atuendo de saco y corbata prestados por su padre, más ancho de hombros y de menor estatura que
él, dejaban mucho qué pensar.