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Harold von Kursk  La TV aprendió a mentir


 

 Harold von Kursk / Robert Redford



Robert Redford es un hombre de la mayor integridad, una persona cuyos compromisos parecen cincelados en piedra; un individuo que se conduce con toda seguridad hacia sus fines. Hay una gracia y una elegancia en sus maneras que es evidente tanto en persona como en la pantalla. Cintas como El candidato, Todos los hombres del presidente, Los tres días del Cóndor, entre otras, han mostrado a un Redford encarnando al outsider cínico que busca desesperadamente la verdad y la claridad de percepción.

Quiz Show es su última declaración en este sentido, y una película que retrata la miseria moral de una sociedad obsesionada con la televisión y su falseado panorama de la realidad a través de comedias insípidas, morbosos programas de reportajes y otras formas de programación insulsa.

Al final de los 70, Redford se retiró del ambiente para reencauzar sus energías a la dirección del Instituto Sundance, un centro para desarrollar proyectos fílmicos independientes de escritores y directores jóvenes, con el fin de crear una alternativa al modo de producción hollywoodense caracterizado por los presupuestos millonarios.

Durante los 80, Redford apareció como actor tan sólo en tres filmes: El mejor, África mía y la olvidable Legal Eagles. Al final de la década, estaba fuera de la imaginación pública. Entonces regresó con Havana, una cinta millonaria que fracasó pese a una actuación aclamada por la crítica; Sneakers, una boba comedia de espías que ganó más de 150 millones de dólares, y Propuesta indecorosa, un filme que él admite hizo por dinero más que por los méritos propios de la película.

La preocupacion de Redford por el poder de los medios y la televisión proviene de los modestos orígenes de un chico que creció durante los últimos días de la depresión, y la Segunda Guerra Mundial en una colonia popular de Los Angeles. El estoicismo de sus padres, de origen escocés, lo llevó a ocupar su tiempo libre en la lectura y los deportes. Cuando tenía siete años, ya acompañaba a su familia a la biblioteca pública a leer libros ahí, pues no tenía dinero para comprarlos.

Después de algunas proposiciones de actuación rechazadas, y de éxitos en la realizacion de Gente como uno, El secreto de Milagro y A river runs through it, Redford decidió dirigir Quiz Show. El resultado es una reflexión magistral acerca del poder de la televisión, y de cómo las fuerzas entrelazadas de la celebridad y la corrupción pueden concentrar el interés de una nación sobre un solo hombre, que resulta ser "tan siniestro y vacío" como los políticos más detestables de la historia de ese país. "Ellos tenían algo en común: eran tontos pero mentirosos diestros".

En la actualidad, la televisión parece haber conquistado los corazones y las mentes de una generación que ya no lee periódicos y que está menos informada que nunca. Quiz Show trata en parte de ese fenómeno. ¿Qué piensas de la cuestión de la manipulación de los medios de comunicación y del culto a la celebridad?

La cultura moderna se está autodegradando al alimentar el culto a la celebridad. Estamos atrapados en el mundo de MTV que adora las percusiones rítmicas y la gratificación inmediata. Eso me deprime. Creo que la gente debe poner más atención en quién está al frente de su gobierno y sus vidas, y resistirse a formar parte de una generación conformista. Un ejemplo es la muerte de Nixon. Los medios intentaron decididamente retratarlo como un gran estadista cuyo legado fue su historial de política exterior en China y la Unión Soviética. Pero la verdad es que era un hombre corrupto e insensible, un perdedor de malos sentimientos que nunca reconoció sus errores. Ése es el efecto perverso de la televisión y los medios, y es por eso que el caso de O.J. Simpson, acusado de homicidio, es un gran suceso de los medios. Es más fácil que nos entretengan que pensar por nosotros mismos.

Cuando eras joven, ¿solías ver programas como Twentyone y observar cómo la televisión comenzaba a infiltrarse en la conciencia de los estadounidenses?

Durante los 50, yo era un actor muerto de hambre en Nueva York que veía los programas de concurso (quiz shows). Podía darme cuenta de la mentalidad desesperada de millones de personas como yo que veían los mismos programas. Pero todo era mentira. Las respuestas se proporcionaban anticipadamente, los concursantes eran paleros, y la televisión lucraba con la confianza del público, tal y como los políticos lo hacen ahora. Es una conspiración de imágenes: se nos dice qué es lo que nos debe gustar, qué debemos comprar y, en última instancia, qué debemos pensar. Los programas de TV nos conciben como seres estúpidos.

¿Qué piensas del estado de la influencia de la TV en nuestros días?, ¿la cultura estadounidense se está hundiendo todavía más en la niebla creada por una programación vacía e insulsa?

Creo que la situación se empeora cada año. ¿Por qué estamos obsesionados con el caso O.J. Simpson?, porque es más sencillo preocuparnos por su problema que por la protección a la salud, la delincuencia y la ecología. El culto a la celebridad está, actualmente, fuera de todo control. El entretenimiento se ha vuelto tan penetrante que lo ha invadido todo, incluso los noticieros. La frontera entre lo real y lo ficticio se ha hecho tan borrosa que podemos ver programas que simulan crímenes, y programas de debates y entrevista (talk shows) que fabrican historias e identidades falsas a las personas que aparecen en ellos. Es algo que realmente da asco. Y, ¿por qué el entretenimiento ha alcanzado un sitio tan alto en nuestra sociedad mientras que el liderazgo intelectual se ha ido tan abajo? Creo que eso comenzó con Charles Van Doren y los programas de concurso de hace 35 años. Ahí fue donde la televisión aprendió cómo controlarlos.

¿Qué tipo de aspectos políticos y morales fueron los que tú quisiste combatir cuando decidiste hacer Quiz Show?

Bueno, la película no intenta tanto hacer declaraciones como exponer la corrupción de una generación cuya conciencia comenzó a ser pervertida por la televisión y sus valores artificiales. Los aspectos morales, tales como la ambición desmedida y el abuso de poder, son de naturaleza casi bíblica, y dado que creo que casi todos los elementos de nuestras vidas están regidos ahora por la mentalidad materialista y consumista, este filme fue la forma en que examino este escándalo y muestro cómo esos elementos son todavía relevantes. Deseaba exponer el choque entre la moralidad y el lucro; la moralidad y el interés propio; y entre la moralidad y el dinero. Hoy más que nunca, a la moralidad se le ha hecho a un lado en beneficio del dinero. Ése es un aspecto perverso de nuestro mundo.

¿Es verdad que la gente está influenciada por la televisión que ve?, ¿no podría ser que la gente usa la televisión más para arrullarse que para que le laven el cerebro?

Creo que el efecto de la televisión es sutil y penetrante, y que por la tanto es más efectivo que nunca en cuanto a las noticias prefabricadas y entretenimiento en forma de noticieros capaces de estupidizar al público. Consideremos lo que pasó en los 50: la televisión presentó a Charles Van Doren como el joven campeón típicamente estadounidense sobre la imagen poco agraciada de su oponente judío, Herb Stempel. La televisión fabricó un show de bien vs. mal para un público que creía en ese mito. Creo que las mismas actitudes prevalecen en nuestros días. Cuando era niño, en California, solía leer acerca de los griegos y de otras civilizaciones nacientes. Ahora los chicos crecen mirando comedias insulsas y valores adormilantes. La tragedia de Van Doren nos hace preguntarnos cómo es que nuestros valores y actitudes siguen siendo manipulados. ¿Cómo podemos atravesar toda esa basura en nuestro camino por la vida?, ¿en quién confiamos en última instancia?

¿Cómo percibes tu propio destino de actor que se convirtió en la imagen de la celebridad?, ¿cómo comparas tu transformación en objeto de culto, con Van Doren (aunque en el caso de este último fue él mismo quien buscó la fama), mientras que tú siempre has tratado de escapar de ella?

Yo siento una gran simpatía por Van Doren en la medida que él quedó atrapado en la tentación de convertirse en estrella de televisión después de años de sufrimiento por ser el hijo de un padre famoso. Sin embargo, él tomó la decisión de permitirse ser absorbido por la maquinaria publicitaria mientras que yo siempre he recelado de la celebridad. Sé que mi carrera como actor fue, en cierta medida, saboteada en cuanto comenzó el ansia frenética de los medios, y la gente era manipulada para fijarse en mi imagen y no en mi trabajo. Ésa es la razón por la cual yo rechazo tantos proyectos que me son enviados: porque sé que la atención está puesta en mi imagen y realmente no estoy interesado en proyectarme de esa manera.

¿Te molestaron los comentarios que los críticos hicieron acerca de Havana, pues muchos de ellos se centraban sólo en mencionar cómo habías envejecido desde tu filme anterior?

No me molesté por vanidad; en realidad estaba molesto porque ellos no fueron capaces de poner mi apariencia fuera de sus mentes ni por un segundo. Cuando se publicaron las críticas de Havana (1989), el blanco de la crítica fue precisamente cuánto había envejecido. El propósito de la cinta era mostrarme como un tahúr que había sido muy maltratado por la vida, de manera que dejé que mi edad se notara y no hicimos nada por maquillarla, pues era parte del personaje. ¡Y mira cuál fue la reacción! Lo único acerca de lo que los críticos pudieron escribir fue de lo viejo que me veía. ¡Qué importaba si Redford lucía anciano!, ¿interpretó bien su papel?, ¿pudo expresar parte de la angustia que sufría el personaje?; hablar de lo demás no era importante. De la misma forma que hablar de mi vida personal no lo es, o de si me gusta comer pollo o pescado. Yo podía apreciar el tipo de atención de la crítica cuando se encargaba de evaluar mi trabajo. Pero casi nunca fue así: se enfocaba sobre lo superficial, y siento mucho sonar petulante, pero yo fui educado para apreciar los verdaderos valores humanos y para tomar en serio la vida. Probablemente dejo que las cosas me afecten demasiado, pero es algo que no puedo evitar. Es triste que la gente aprecie o no una cinta por sus cosméticos, porque eso hace que el trabajo parezca insignificante. ¿No es triste que vivamos adorando estereotipos de belleza? Durante toda mi carrera he luchado por evitar el glamour. He luchado por conseguir personajes interesantes como Jeremiah Jonhson o Butch Cassidy. Pero Hollywood nunca quiso que dejara de ser su chico dorado.

En Quiz Show hay una escena donde Van Doren es reconocido al salir de una cabina telefónica y atropellado por docenas de fanáticos y buscadores de autógrafos. Esto debe haberte sucedido en numerosas ocasiones.

Esta escena es autobiográfica. Comencé a sentirme amenazado cuando empecé a ganar fama. Era un círculo vicioso: mi trabajo como actor me hacía famoso, pero a medida que mi estatus de celebridad crecía, más difícil me era consolidarme como actor más que como un símbolo en la pantalla. Me sentía como prisionero de mi propia imagen, y me preguntaba si era capaz de ser convincente como actor. Cuando me harté de lidiar con ese proceso de convertirme en estrella y de ser utilizado como una celebridad capaz de aumentar los ingresos de una cinta, renuncié temporalmente a la actuación y me dedique por completo al Instituto Sundance y a otras cosas que me interesaban. Para mí fue muy frustrante verme convertido en un objeto de los medios. Quería salirme de esa vida.

¿Te sorprende que el público aún tenga tanto interés en ti?, ¿o sientes que las audiencias se fijan más en tu imagen que en la calidad de tu trabajo?

Me gusta que el público aún quiera verme. En los 80 me salí del camino para terminar con mi carrera de actor, simple y sencillamente porque no me entusiasmaba tanto entonces como al principio. Aún necesito salir y mostrarme para conservar la influencia necesaria para lograr hacer mis propias películas. Me gustaría encontrar una cinta que estimulara mis ansias de actuación nuevamente. Me gusta actuar, puede ser muy estimulante, y creo que mi edad me ayudaría para que el público se fijara más en mi trabajo que mi en rostro.

Desde que tu carrera cinematográfica comenzó a despegar te involucraste en la producción, ¿qué significó para ti Downhill Racer?

Estoy muy contento con ese filme; creo que es uno de los mejores que he hecho. Fue una época en que era muy idealista con respecto a hacer cine; no olvidemos que era el final de los 60 y que la sociedad estadounidense estaba involucrada en una gran revuelta social y política. De manera que realmente la película era un intento tranquilo de exponer algunos de los falsos valores contra los que los chicos en las calles y los hippies estaban rebelándose. Recuerdo también haber luchado contra la Paramount acerca de cómo es que Downhill Racer iba a ser comercializada. Dado que yo era el productor ejecutivo de la cinta, yo creía firmemente en que tenía una declaración que manifestar y merecía una exposición amplia. Pero el estudio quería simplemente echarla porque no creía que fuera lo suficientemente comercial. Entonces fue cuando conocí la ambición y el cinismo de la industria.

Cuando estabas creciendo, tu familia estaba apenas comenzando a ser invadida por la presencia penetrante de la caja televisiva.

Pasó mucho tiempo antes de que mis padres pudieran adquirir un aparato de TV, y tan pronto como fue posible, nuestra vida familiar cambió. Antes de ello, solíamos sentarnos juntos en la noche para escuchar el radio, y eso nos daba la oportunidad de platicar o leer, o simplemente de reconocer la presencia de los demás. Con la televisión, simplemente eres absorbido y te desconectas del mundo, aunque alrededor tuyo haya diez personas más.

¿Cuáles eran tus mayores placeres cuando niño?

La biblioteca era un lugar verdaderamente fascinante para mí, y la lectura fue el medio para conseguir una visión amplia de la vida. Yo iba a la sección infantil y leía todos los libros que había acerca de la mitología griega; todo acerca de Zeus, Teseo, Proteo. La mitología me proporcionaba un increíble sentido de éxtasis espiritual y sentía que me transportaba a otros mundos. Los sábados, mis padres me llevaban al cine, que era la única diversión que podían solventar, sobre todo porque la Segunda Guerra Mundial estaba en curso y la situación general era muy difícil. Esas dos influencias fueron principalmente las que me inspiraron a hacer algo creativo en mi vida. Era muy inquieto y todo lo que leía me daba más energía para salir y hacer algo.

¿Cuáles son tus recuerdos acerca del impacto que la televisión tuvo en tu niñez?

Yo nací en 1937 y recuerdo que me tiraba en el piso y tomaba siestas y me fijaba en la luz verde del indicador del radio. De repente, esta cosa llamada televisión entró en nuestras vidas cuando yo tenía 11 años, al principio no podíamos costear un aparato, de manera que nuestros padres nos llevaban a una tienda de muebles a kilómetros de nuestra casa para que la viéramos en el aparador. Siempre había afuera una verdadera multitud que se quedaba embobada con cualquier cosa que se viera en la pantalla. Hay algo peligrosamente seductor en la TV, cuando uno va al cine, es un evento en el que uno está consciente de que la realidad va a suspenderse por un rato. La TV es diferente, es como un amigo que todo el tiempo la pasa con uno y te platica constantemente. Cuando yo comencé a ver a Van Doren en la TV, pensaba que actuaba para las cámaras, pero nunca me imaginé que todo fuera una farsa. Yo estaba absorto de la misma forma en que millones de personas lo estarán cuando miren el juicio de O.J. Simpson. ¿Qué significa eso acerca de cuáles son nuestras prioridades en la vida?

A los 18 dejaste California por París. Ésa debió haber parecido una decisión muy fuerte para tus padres y amigos.

Fue muy duro vivir en París, pero también fue una gran experiencia poder hacerlo lejos de California para descubrir que hay formas diferentes de vivir la vida y ver el mundo. Tenía la gran ambición de ser pintor, pero no pude continuar en Europa y regresé a Estados Unidos.



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