(Segunda y última parte)
Nicola Tranfaglia
Es interesante evidenciar algunos ejemplos de las técnicas utilizadas durante el gobierno Berlusconi para
omitir noticias que no le agradan al jefe de la Casa de las Libertades y para presentarlas parcialmente a los lectores, ya
sea con el objetivo de ocultar en parte su significado, o resaltar algunos aspectos positivos de quién controla
la información.
Estos ejemplos muestran algunas reglas implícitas de las cuales podría surgir un manual para distribuir entre
los operadores de los medios con la finalidad de evitar que sean presionados por los propietarios/editores de los
medios o por parte de quien controla el poder político en un determinado momento.
Comencemos con la historia del "agujero" presupuestal. El 26 de junio de 2001 el gobernador del Banco de
Italia, Antonio Fazio (que en los cinco años de gobierno del centro-izquierda se había mantenido en una posición
de relativa neutralidad al punto de que alguien, particularmente desconsiderado, lo había propuesto como
candidato de la coalición de centro-izquierda para las elecciones políticas), declaró a la televisión y a los periódicos que
había un déficit público de aproximadamente cincuenta mil miliardi (miles de millones) de liras. Sin embargo, el 11
de julio, durante el TG1, el ministro de Economía, Gulio Tremonti, en una larga entrevista concedida a la
televisión pública, anunció que el déficit llegaba a los 60 mil miliardi (miles de millones) de liras.
Muchos esperamos en vano que en algún canal de televisión o alguno de los grandes periódicos
alguien reclamara los datos públicos reales que habrían permitido aclarar las verdaderas cifras (que, durante la
presentación de la Ley de Presupuesto de Egresos, llegarían a estar por debajo de los 20 mil miliardi de liras). La espera fue
inútil: ni en ésa ni otras entrevistas al ministro de Economía los periodistas mostraron tener interés por realizar
un periodismo de investigación (al estilo anglosajón), tampoco los artículos que se publicaron sobre el tema
expresaron la misma mínima duda sobre dichos cálculos.
Lo interesante fue cuando, poco a poco, las cifras del "agujero" se fueron desinflando y, durante la
discusión del presupuesto de egresos, ninguno de los cotidianos de mayor difusión y autoridad moral reparó en la
ligereza con la que las autoridades públicas más importantes en la materia, el ministro de Economía y el gobernador
del Banco de Italia, habían difundido el pánico entre los italianos, anunciando inevitables sacrificios
económicos provocados, según se dijo, por el gobierno de centro-izquierda que acababa de dejar el poder.
Unicamente recuerdo un editorial de Eugenio Scalfari en
La Repubblica en el cual, después de la victoria del
centro-derecha, adoptó una posición crítica abierta y sólida en contra de las decisiones del nuevo gobierno. Pero es posible afirmar que Scalfari, ex director de dicho periódico, se quedó prácticamente solo en tan difícil tarea.
Otro ejemplo significativo se refiere a los enfrentamientos entre el 20 y el 22 de julio, durante la reunión
del G-8, en Génova. No me refiero a las crónicas periodísticas de aquellos días que, aun cuando ofrecieron
numerosos testimonios difundidos por la televisión e, incluso, publicados en libros, también limitaron información y
manipularon algunas noticias. Tampoco me detengo en la extraña actitud de la RAI que, en un primer momento, anunció
que proyectaría algunos videos de manifestaciones durante el G-8 y, después, anuló su decisión sin dar ninguna
explicación. Prefiero centrar mi atención en un episodio preciso, consistente en la denuncia que presentó el ministro del
Interior, Scajola, bajo fuertes presiones de la opinión pública y de la oposición, en contra de algunos dirigentes de la
policía del Estado presentes en Génova: el 2 de agosto fueron separados de sus cargos el jefe de la lucha
antiterrorismo, Arnaldo La Barbera, el subjefe de la policía, Ansoino Andreassi, y el procurador de Génova, Francesco
Colucci. Periódicos y televisoras difundieron ampliamente la noticia y comentaron hasta el cansancio la energía con la
que el gobierno había enfrentado el tema.
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Foto: Newsweek |
Meses después, en noviembre del año pasado, La Barbera y Andreassi fueron distinguidos con
nuevas responsabilidades de igual prestigio e importancia a los que habían dejado a raíz de los acontecimientos del
G-8. En esta ocasión la noticia se difundió, tanto en los periódicos como en la televisión, como si los funcionarios
no tuvieran antecedentes y como si no se tratara de las mismas personas que fueron separadas de sus cargos a raíz
de lo sucedido en Génova. También en este caso no hubo nadie, ni en la pantalla ni en la prensa escrita, que
pusiera en evidencia las contradicciones en la actuación del gobierno que, desde el inicio, mantuvo en sus cargos,
no sabemos por cuáles motivos, a algunos de los responsables de los excesos policiales y, entre ellos, al
máximo responsable de toda la operación, el prefecto De Gennaro.
El tercer ejemplo es el que se refiere al conflicto de intereses. El 25 de mayo de 2001, Giovanni Sartori
escribió un editorial en el Corriere della
Sera donde afirmaba que la única solución aceptable era que Berlusconi
vendiera sus empresas y, en particular, sus televisoras. En respuesta, el ministro de la Función Pública, Franco
Frattini, olvidándose de su calidad de jurista, declaró que Berlusconi fue electo por la mayoría de los italianos por lo que
el conflicto de intereses era un problema secundario que, por si fuera poco, el propio
Cavaliere (como también se le conoce a Berlusconi) había prometido que, en los primeros cien días de su gobierno, solucionaría con la
aprobación de una ley en la materia. Los cien días pasaron, han pasado más, y el conflicto de intereses permanece ahí, con
toda su enormidad antidemocrática.