José Antonio Crespo
¿Cuál es el papel de los medios cuando se encuentran en medio del escándalo político? El
conocimiento público de múltiples y diversos actos de corrupción partidista han planteado también la polémica sobre si
los medios de comunicación, que han difundido ampliamente tales escándalos, están cumpliendo cabal y
adecuadamente con su misión.
La respuesta no es fácil, pero la reflexión es inevitable. Antes que nada, cabe recordar que "los medios"
no son una organización monolítica ni homogénea. Es imposible hacer una sola y única evaluación sobre
el comportamiento de los medios. Un análisis adecuado tendría que ser más fino y detallado, haciendo
distinción entre diversos medios escritos o electrónicos, y dentro de ellos a sus respectivos comunicadores,
columnistas o analistas. Hay una enorme gama en cuanto al manejo de la información, profesionalismo y
responsabilidad de los actos de corrupción reportados en distintos niveles mediáticos. Encontramos desde el más pueril
amarillismo hasta los análisis más serios y documentados. Cabría pues hacer las distinciones pertinentes en cada caso.
También conviene recordar que los medios son actores políticos, con sus preferencias, sus intereses,
su ideología, su deseo y posibilidad de incidir sobre las decisiones públicas. No son, como a veces se les
presenta (o se presentan a sí mismos) entes etéreos confeccionados de imparcialidad y objetividad. Al difundir y
analizar los respectivos escándalos políticos no sólo están asumiendo parte de la lucha contra la corrupción y en
favor de la rendición de cuentas (aunque también lo hacen), sino movilizando la opinión pública en un
sentido determinado, buscando el rating
pero también expresando (consciente o inconscientemente) sus
propias alianzas, preferencias, ideología, cercanías o fobias partidistas. Su intermediación entre los hechos y su
público no es absolutamente neutral, al menos no en la mayoría de los casos. Pero probablemente esto no sólo
es inevitable sino sano democráticamente, en tanto se reflejan diversos puntos de vista, la pluralidad política
e ideológica que existe en la sociedad. "Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma", decía
el dramaturgo estadounidense Arthur Miller. Pero que tal coloración de los medios y comunicadores sea
inevitable, no implica que no se tome en cuenta a la hora de valorar su respectivo manejo de los hechos en cuestión.
La polémica sobre el papel de los medios frente a los escándalos políticos gira menos en torno no a la
difusión de los mismos, que son parte de su labor democrática (pues favorece la rendición de cuentas que le es
esencial), y más respecto del papel de jueces que muchos comunicadores han ido adoptando. El entrevistador en
turno, no sólo pregunta al acusado (o evidenciado) de corrupción qué puede decir o aclarar al respecto, sino que
lo juzga con dureza, sólo a partir de lo que la imagen refleja, sin datos, sin elementos ni mayores
fundamentos, incluso sin haber oído al protagonista del escándalo. Se eleva la voz, se apunta con dedo flamígero, brota
alguna severa y acusadora expresión. Otros periodistas asumen el papel de mediador o árbitro entre las partes
en conflicto, lo cual tampoco corresponde propiamente a su función como comunicadores. Deben, sin
duda, moderar el debate, dar o quitar la palabra, canalizar la polémica. No es claro en cambio que ética
y profesionalmente les corresponda asumir la sanción verbal en nombre de su auditorio, que emitan
nuevas acusaciones, que se suban al ring y se vuelvan parte del pleito inter o intra partidista. Y en los
escándalos recientes hemos visto una tendencia en ese sentido, que aproxima a los noticieros más serios a los más
vulgares talk shows del radio o la televisión. O trazan líneas de investigación sobre tal o cual atentado, e
incluso adelantan un posible culpable, sin ningún elemento para ello más que su propia imaginación. Todo lo cual
ha sido motivo de la crítica correspondiente (que debiera venir no sólo de los políticos o partidos involucrados,
sino también del auditorio y, sobre todo, de los propios medios en ejercicio de una autocrítica). "La prensa es
una boca forzada a estar siempre abierta y a hablar siempre. Por eso no es de extrañar que diga muchas más
cosas de las necesarias y que a veces divague y se desborde", pensaba el escritor francés Alfred de Vigny.
Una parte de la explicación que no una justificación de dicha tendencia de los medios a erigirse frente al micrófono o las cámaras en jueces o árbitros, es la falta de eficacia de las instituciones encargadas
de indagar los ilícitos, su tardanza, su confusión, complicidad o falta de profesionalismo, que pueden
terminar (como frecuentemente ocurre) en un fiasco frente al público. Lo que se traduce en que, tras el escándalo y
las pruebas (o parte de ellas) que culpan con claridad a los involucrados, legalmente no sucede nada. Ese es
el camino más corto para la decepción ciudadana sobre la democracia, y el riesgo de ésta de su eventual
quiebre o desvirtuación. Y ante la competencia entre medios, la búsqueda del rating, y la exasperación ante la
inoperancia institucional, los comunicadores pueden caer en la tentación de suplantar en cierta medida a los
procuradores y jueces que no hacen bien su trabajo. Pero al hacerlo, pueden terminar también desvirtuando
la importante labor que los propios medios han de jugar en una democracia. Y no sólo la apelación a la ética
es pertinente (pues es muy de pasar por alto aun de manera involuntaria), sino insistir en la más
adecuada regulación de la actividad de los medios, no a través de la censura, desde luego, pero sí estableciendo
también para estos actores la rendición de cuentas. Los excesos y abusos del micrófono podrían provocar una sanción en prestigio y audiencia, en ciertos casos, pero sabemos también que pueden ser premiados por mayores
puntos de rating, lo que estimulará, en lugar de inhibir, los desenfrenos y estridencias de los comunicadores.