El lenguaje de la TV
Sergio Marelli
La Academia Argentina de Letras realizó recientemente una denuncia, ante las autoridades del
Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), por la malversación y el deterioro a que está expuesto nuestro idioma
en los medios de comunicación.
Esta nota pretende involucrarse en el debate con algunas reflexiones que se derivan de la creciente
desaprensión idiomática de la que se hace gala en los medios. Comprobación que nos conduce a la pregunta: ¿el
envilecimiento del lenguaje que afecta endémicamente a la televisión, es meramente un déficit estético o, como
señala el escritor Santiago Kovadlof, es una "acuciante cuestión de salud espiritual".
Matarifes del lenguaje
Todo televidente está sometido a un grave riesgo: aceptar como válida la mutilación de la riqueza
lingüística que a diario cometen conductores, animadores, actores y muchos a quienes, por error o distracción,
suelen llamarse periodistas. Kovadlof autor de
Ensayos de intimidad, observa, atinadamente: "Las palabras, al
verse abandonadas al maltrato, no se marchitan solas. Nosotros nos marchitamos con ellas. De igual modo,
cuando ellas florecen, florecemos nosotros también". El ensayista y miembro de la Academia Nacional de
Educación agrega: "No habrá identidad cívica en serio mientras la administración prostibularia del lenguaje siga
prosperando en los medios de comunicación masiva. Es obvio que no estamos proponiendo desplegar las
banderas del amaneramiento expresivo ni la retórica estúpida de la elegancia hueca. Se trata, lisa y llanamente, de
hablar con propiedad. Porque hablar con propiedad significa pensar con propiedad". De esa manera, el
escritor argentino deja planteada una cuestión medular que se abre en miríadas de preguntas, entre otras: ¿en
la televisión se habla defectuosamente por expresar ideas de manera negligente? ¿O, en realidad, la renuncia
a la creatividad del lenguaje obedece a que se habla desde la irreflexión? ¿Esta claudicación de la
riqueza expresiva del lenguaje puede ser remediada desde fuera del medio televisivo? ¿Hay alguna responsabilidad
del televidente al aceptar con su encendido la permanencia del reino vocinglero de expresiones cloacales
y enemigas del pensamiento? ¿Al Estado le corresponde adoptar algún tipo de medida tendiente a impedir
el asesinato diario de uno de los más prodigiosos recursos espirituales que el hombre se dio a sí mismo?
La Academia Nacional de Educación de Argentina contesta afirmativamente esta última interrogante, al
pronosticar que, de producirse una intervención oficial en la cuestión: "Se empezaría a remontar esta corriente
de decadencia festiva en la que agoniza la República, a merced como está de quienes debieran ser los
primeros en preocuparse por impedirla". Para otros, la agenda prioritaria de un gobierno de esta región del
mundo debiera ser luchar con todas las herramientas oficiales contra los grandes flagelos que sufren las
mayorías populares: hambre, desocupación, enfermedad, falta de educación, etcétera. Cuestiones de gravedad y
urgencia tal, que volverían irrelevante cualquier cosa que suceda en los medios.
Refilolero y chisgarabis
Cuando uno fustiga el vaciamiento inmisericorde del lenguaje que se practica sanguinariamente en
televisión, no está clamando por la violación de los sagrados preceptos de la gramática, o llamando a una
"guerra santa" contra los infieles desmitificadores del lenguaje. No. La acusación no es por herejía sino por
imbecilidad. No se denuncia una práctica lúdica o experimental del idioma, sino la manera más mediocre de infamar
la lingüística.
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Ilustración: Artbyte |
Grandes escritores han entrado en el lenguaje para trabajar con la plasticidad semántica y fonética de
las palabras. Basta, en ese sentido, recordar lo hecho por Julio Cortázar o el pintor Xul Solar con la H o con
la diéresis. La palabra Hamor se infla y se desinfla de golpe por virtud de ese hálito insuflado por el escritor.
La palabra
pröfesor, asume la total ridiculez de su solemnidad gracias a esos dos puntitos que repentinamente
la germanizan. Con el método de Cortázar, ¿cómo pinchar la hidropesía, que lleva h, o voces que empiezan
con consonante, como refilolero, cuyos sinónimos, encima, son: chisgarabis, catacaldos, fodolí, cazoletero y
mangoneador? Con el método de Solar, ¿cómo zaherir la lingüística, los güelfos o el paragüita? En el código
de algunos grandes escritores, significante y significado, fonema y morfema, por no hablar de paradigma
y sintagma, entran en total delirio. Por no mencionar escritores que no sólo juegan con el lenguaje dado,
sino que también inventan palabras. Por citar escuetamente a dos escritores latinoamericanos, recordemos a
Mario Benedetti y un neologismo que ganó carta de ciudadanía en el lenguaje común de países que
padecieron dictadura:
desexilio; y César Vallejo, con sus infinitas invenciones lingüísticas, entre las que se destaca la
que da título a uno de los libros más imperecederos de la poesía contemporánea:
"
Trilce", magistral
combinación de lo triste y lo dulce. Macedonio Fernández descubrió que hay palabras cómicas en sí mismas (feldespato, peroné). El escritor César Bruto quien fuera guionista de una figura emblemática de la televisión
argentina, Tato Bores, supo volver cómicas a todas las palabras. Ejemplo: "Con losojos bien enllenados de
lágrimas, postrada a mis pieses, elia me rogó por amoR adiós que hisiera lo que yo no podía haser, ¡ho!...", o
"aquelia jovensita me ha roto los cascos bastante tiempo, pero no fallesió ni nada sino quesea casado y es bien felís,
¡y pensar que yo fui liamado el más canalia de todos los infames canalias!". Estos párrafos son, textualmente,
pero traducidos al código brutiano, dos de los momentos más patéticos del
Diario de Soren Kieerkegaard.
Pero no son precisamente estos altos malabares de la lengua, estas santas transgresiones del idioma, las que signan el pésimo uso del idioma que se utiliza en televisión. Una cosa es desmitificar el lenguaje y
otra estropear todo el idioma. El castellano de naufragio que se habla en la pantalla tiene más que ver con el
iletrado envanecimiento de conductores que se visten y piensan de canje, que con las ansias innovadoras de
trabajar creativamente el léxico.
Recordando a Biondi
Pepe Biondi llegó a ser, en la década de los 60, el cómico más popular de la televisión argentina, gracias
a su programa Viendo a Biondi, que supo ganarse una muy justa repercusión en muchos países de Latinoamérica.
Como pocos muy pocos de los que han transitado los set de televisión, merece ser recordado como
artista. Biondi, que trabajó en diez países y tuvo éxito en todos ellos, fue un incesante creador de expresiones y
palabras que no se han borrado del imaginario popular, y cuya sola repetición lo evocan, instantáneamente, de
cuerpo entero. "¡Qué fenómeno, m'hijo!", se le escuchaba cada vez que la mala suerte lo castigaba con un
desaire. O "Patapúfete", palabra que no tenía significado alguno, pero que expresaba, onomatopéyicamente,
la catástrofe.
Por la trascendencia que este dignísimo payaso tuvo tanto en México como en Argentina su país, es de
bien agradecidos recordar algunos párrafos de su autobiografía aún inédita:
"Vivíamos en Lomas de Zamora. Éramos ocho hermanos y en casa había poca plata. Un día pasó un
circo. Yo tenía siete años, y un payaso, el negro Chocolate, le propuso a mi madre llevarme con él. 'Le voy a
enseñar un oficio, señora', le dijo. Era un circo miserable, pobrísimo. Pero mi madre me dejó ir: iba a ser una boca
menos para comer. Esos años fueron horribles. Nunca los quiero recordar. Comprobar que un tipo que no es nada
de uno nos pegue porque no podemos hacer una prueba o un salto, es muy triste. Así era Chocolate conmigo.
Me decía: 'Hacé un salto mortal'. Si no me salía, me agarraba a trompadas. Así anduve con él siete años, hasta
los catorce...".
Pasarán muchos años hasta que el actor conozca una cara más amable de la vida. Allí se reinicia el relato:
"En 1947, luego de varias giras por países limítrofes, decidimos probar suerte en México. Yo me animé
y mandé una carta a los empresarios de El Patio, una de las salas más prestigiosas de la capital mexicana.
Para tirarse un tut, siempre es preferible que sea de reyes. Tenían algunas referencias de nuestro número y
nos contrataron. Allá nos fue bárbaro; debutamos el 10 de octubre de 1947 y logramos un gran éxito. A partir
del segundo día nos ofrecieron cerrar el espectáculo, desplazando nada menos que a Josephine Baker, quien
era la estrella indiscutible del momento en todos los escenarios del mundo. Después de México, probamos
suerte en Cuba y conseguimos un impresionante suceso primero en radio y luego en el famoso Tropicana de
La Habana. Llegamos a ser realmente populares. Más tarde volvimos a México y hasta nos animamos a ir a
España donde también tuvimos buena repercusión. En 1950 comenzó la televisión y trabajamos en Cuba y en la
TV mexicana."
Valga este recuerdo a un cómico de la lengua, que innovó creativamente en las regiones más ingenuas
del lenguaje, y dejó su imagen tantos años vigente en la televisión, tallada en la gratitud más perdurable
de quienes vimos sus programas y compartimos el milagro casero de la risa.
Una enfermedad que goza de buena salud
La homogeneidad del discurso televisivo puede conducirnos a establecer una errónea sinonimia entre
corrección y normalidad. Esa unidad en la chatura que trasluce el idioma televisivo, no es casual. En
Argentina, podríamos decir que existe un Partido Único de la Televisión Argentina mejor eludir la tentación de
mencionar su sigla, que levanta su bandera sobre una tierra insanablemente huérfana de ideas, y que actúa a
impulsos de golpes de efecto que pretenden inflamar espasmódicamente un discurso que, inevitablemente, se
desvanece en la larga noche del olvido o en la muerte súbita del
zapping. Los responsables de los canales
cuentan con un pacto de complicidad con el televidente, mayoritariamente celebrado a desgano e
inconscientemente, y muy pocas veces por
convicción. "Cuando uno mira un programa lo hace como alguien que no piensa en
nada, que para eso está la televisión, para esa situación de enorme calma moral y espiritual de no pensar", afirma
el sociólogo Horacio González. Pero si el televidente se propusiera quebrar el sopor televisivo, para
poner mínimamente a salvo su capacidad de reflexión, advertiría que la tergiversación idiomática crece a la sombra de la falsificación ideológica. La televisión ahuyenta todos los fantasmas de la imaginación y del pensamiento autónomo, para mejor servir, a toda hora, su único menú: conceptos e imágenes
premasticadas que no disparen efectos o derivaciones reflexivas que proliferen fuera de su ámbito de control.
La ignorancia, irresponsabilidad cuando no mala intención de los contenidos televisivos, se
corresponden, con uso del lenguaje, idénticamente enfermo de ignorancia, irresponsabilidad y mala intención. El
periodista argentino Carlos Abrevaya, en su libro
Medios locos, escribió:
"Los medios de difusión masiva... ejercen una cotidiana docencia, cualquiera sea su mensaje, forman a
la sociedad, la modifican o la detienen, le inculcan valores, intervienen de manera fundamental en la
cultura. Todos los días los medios de difusión, en proporción a su número de receptores y a lo que podríamos
llamar su potencia psicológica, van haciendo la cultura. Aun sin proponérselo, cotidianamente los medios nos
transmiten con una íntima seriedad, por detrás de sus palabras y sus imágenes, afirmaciones y negaciones
sobre valores humanos. Entendiendo como cultura lo que efectivamente somos y hacemos, se desprende que de
allí podremos deducir una escala de valores real (más cierta que la que manifestamos racionalmente en
público) que es la que guía nuestra conducta". Esta visión pesimista o realista, que ambas cosas no se
contradicen, podría conducirnos a la amarga certeza de que en las sociedades mediáticas la cultura nace en las
oficinas de los gerentes de programación y no en la memoria y creatividad de los pueblos. Popeye nos ha dado una
buena lección al respecto, que convendría recordar.
Un marinero enamorado de Olivia y del rating
En 1929 una empresa que comercializaba conservas de espinaca se propuso una meta que parecía
inalcanzable: hacer que los niños comieran ávidamente espinaca. Para ello recurrieron al talento de Elzie Crisler
Segar, dibujante y guionista que publicaba sus historietas en el
Evening Journal de Nueva York. El 17 de enero de
ese año, hace su aparición, Popeye, the
sailor, un personaje muy rústico, sin otras sutilezas que las nacidas de
sus poderosos puños. Ese personaje, incluido como uno más, por el dibujante estadounidense en su tira
Thimble Theatre, va imponiéndose por su creciente popularidad hasta darle el nombre a la historieta.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Popeye fue utilizada en los afiches con los que
la Armada estadounidense convocaba a los jóvenes a sumarse a sus filas. En 1933, los hermanos Max y
Dave Fleischer creadores también de Betty Boop, entre otros, lanzaron al marino y su providencial espinaca a
la consagración definitiva en forma de cortometrajes de dibujos animados.
De esa manera, la empresa estadounidense fabricante de espinacas en conserva había alcanzado
con amplitud su objetivo: trabajar las infinitas posibilidades que los medios de difusión ofrecen para
colocar exitosamente en el mercado un producto avalado por las simpatías cosechadas en el imaginario popular.
Esta anécdota tiene un alto valor ejemplificativo que es conveniente no perder de vista. Los contenidos
mass-mediáticos en ningún caso son inocentes, ponen en circulación ideas, valores, conductas, o
simplemente mercancías, que para su venta precisan de un lenguaje que puede estar formalmente bien articulado
aunque muchas veces ni siquiera eso, pero que invariablemente está vaciado de contenido.
Un corolario en paz
El pobre horizonte intelectual que propone la televisión abona la solidez de una inolvidable reflexión
de Octavio Paz: "Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje". A lo que podríamos agregar: cuando el lenguaje es asesino no hay como la televisión para ver sus brutas cicatrices.