Toda esta política mediática provocó dilemas en la comunidad de prensa. Un periodismo progresista que atacaba a Menem y a las corporaciones políticas se encontró con un Presidente que encarnaba su discurso y no pudo sustraerse a apoyarlo decididamente. Dejó así su célebre aunque discutible concepto de que el único periodismo era el periodismo crítico del poder. "Si la prensa no critica, hace propaganda", decía ese mismo periodismo, que hoy dejó la crítica de lado para practicar un oficialismo militante.
Otro periodismo combativo, sin embargo, siguió siendo crítico, bajo la consigna de ser, como decía Cela, defensor del hombre común y fiscal del poder.
Se trata de dos doctrinas opuestas. Para dar dos ejemplos internacionales, mencionemos a El País de Madrid y a The Washington Post, dos de los mejores periódicos del mundo. El País acompañó el proceso socialista en España. Lo hizo en nombre de su honestidad intelectual. El espacio crítico que dejaba lo ocupó el diario El Mundo. Fue un costo bastante caro el que pagó El País, le nació un competidor temible, pero tuvo la lucidez de seguir haciendo un producto de gran profesionalismo y logró, a pesar de todo, mantener el espíritu crítico y el liderazgo.
The Washington Post tiene otra idea. Una vez, un editor argentino le preguntó a Katharine Graham, su legendaria editora, cuál era la línea de su prestigioso diario. Y ella respondió: la línea editorial consiste en criticar al gobierno de Estados Unidos.
Confundido, el editor argentino le preguntó:
"Sí, ¿pero a qué gobierno?
"-Al gobierno de Estados Unidos. Cualquiera sea."
Criticar al poder, para Graham, es la manera de aceptar un rol indelegable del periodismo independiente.
Pero la era Kirchner también abrió otro debate periodístico entre quienes siguen defendiendo la fría objetividad de los hechos, es decir, la vieja escuela estadounidense, y quienes propugnan un periodismo ideológico, con fuerte toma de posición. El compromiso de los hechos frente al compromiso de las convicciones ideológicas. Digamos: entre Bob Woodward y Rodolfo Walsh. Entre Ben Bradlee y Domingo Faustino Sarmiento. Es un debate incipiente en Argentina y, a la vez, es el más viejo debate del periodismo político.
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Ilustración: Franco Donaggio |
Como sea, criticar al gobierno de Néstor Kirchner e investigarlo a fondo, es decir, practicar todas las formas del periodismo político, no es tarea fácil en la Argentina de hoy. A la cantidad de triquiñuelas que el gobierno utiliza con la prensa se agregan episodios inéditos. Se podrían contar muchas anécdotas de esta administración. Pero contaré aquí una que es bastante simbólica. No voy a nombrar al funcionario, por delicadeza y porque terminó siendo una víctima. Baste decir que una redactora trajo un día una larga entrevista con un ministro de Kirchner. En ese reportaje, con fotos y grabador de por medio, el ministro repasaba múltiples temas. Advertimos que, como al pasar, hacía un importante anuncio sobre un asunto candente. Le pedimos, entonces, a la redactora que tomara esa información, la contrastara con otras fuentes y pidiera opiniones críticas. Abrimos el diario de ese domingo con el anuncio y con la cita textual del ministro.
Esa mañana, el Presidente leyó en Olivos la nota, llamó al ministro y, hecho una furia, lo reprendió con dureza. Le recriminaba, en realidad, haber dado una buena noticia. Las buenas noticias las tiene que dar el Presidente. También le ordenó, sin derecho a queja, que saliera a desmentir la información. A decir que el diario había mentido. El vocero del ministro elaboró un comunicado y se lo dio a todas las agencias de noticias. Durante 48 horas el desmentido fue multiplicado por todos los medios. El vocero, avergonzado, llamó a un editor de nuestro diario y le pidió perdón, le dijo que eran órdenes de arriba. Tres meses después, cuando ya nadie recordaba el episodio, el gobierno confirmó el anticipo de La Nación.
Me atrevo a puntualizar los desafíos que tenemos hoy los periodistas: dudar, formarnos de manera incesante, no hacer reduccionismos, evitar las simplificaciones, contar los matices de la realidad. Ser autocríticos, rigurosos, anticíclicos. Y ser, ante todo, independientes, por encima del miedo, de las conveniencias y de los negocios. Ser capaces de criticar al gobierno en sus errores y de elogiarlo en sus muchas virtudes. Ser capaces de eso, aun teniendo siempre en cuenta la vieja máxima de Voltaire: "Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado".