Admitamos este pecado: había gatillo fácil en la prensa argentina, y se produjeron verdaderos estropicios en nombre de la libertad de expresión.
No hay posibilidades humanas ni económicas de llevar a cabo investigaciones rigurosas a repetición. Luego, entre los jueces complacientes con el poder y el hecho de que las pruebas presentadas eran i sustanciales o directamente equivocadas, se fue creando un clima de gran frustración. "Para qué voy a seguir viendo esos programas si al final todo termina en la nada", decía la gente en las encuestas.
La denuncia hartó, fueron cayendo el rating y las tiradas y el público buscó otra cosa. Buscó comprender.
"Comprender" es el verbo que sucedió al verbo "denunciar", y ahí el asunto no fue tan fácil. Ya no estaba en el poder el hombre que cargaba con todas las culpas. Llegaba al gobierno una coalición distinta en medio de una recesión profunda. Había que comprender qué habíamos hecho mal y qué nos esperaba.
"La verdad es que contra Menem estábamos mejor", me dijo un colega en aquellos días, desesperado porque se había quedado sin brújula. Es que, preparados para rastrear corruptos, los periodistas tuvieron que vérselas con fenómenos mucho más complejos, para los que no habían sido formados. Tuvieron que mostrar los libros que habían leído, la ideología que tenían y el poder de análisis que eran capaces de desarrollar.
Pocos cazacorruptos pudieron con ese desafío. Que es el verdadero desafío del periodismo político. Pocos "corruptólogos" entienden de verdad la historia argentina. Es relativamente fácil encontrar un culpable; es dificilísimo entender la multicausalidad de un hecho histórico, de una tendencia social, de un malentendido político.
Luego llegó la gran debacle de 2001. Los medios, como las empresas en general, vieron de cerca el abismo. Y los periodistas también. Acobardados, al borde de la quiebra y la inanición, los medios se hicieron débiles y comenzaron a hablar en voz baja, y los periodistas tuvieron que lidiar con esa situación inédita. Es indudable que en ese periodo, en la medida en que se perdía calidad institucional, se perdía también independencia periodística. La verdad dejó de ser un gran negocio.
Sólo empresas fuertes garantizan independencia. Se trata de una ley muy vieja, pero sigue siendo verdadera y eficaz. La política hizo un crac y el periodismo trató de juntar los pedazos del piso. En eso estaba cuando llegó Néstor Kirchner.
En 2005, usurpando el espacio dominical de Mariano Grondona, escribí una estampa de Kirchner. Allí decía textualmente: "Todas las mañanas, alrededor de las 8, el Presidente y su jefe de Gabinete se sientan a leer juntos los diarios nacionales y extranjeros. Es un ritual inquietante que suele durar una hora y que está lleno de comentarios feroces, párrafos recitados en voz alta, intercambio de elucubraciones, rabietas íntimas y nerviosas llamadas telefónicas para pedir a un funcionario una explicación o para darle a un ministro una reprimenda. Kirchner es temible cuando la realidad publicada lo contradice. Tiene una habilidad extraordinaria para detectar las fuentes anónimas echándole un solo vistazo a una nota y posee una extraña paranoia que convierte la casualidad, el error o el simple ejercicio de la verdad informativa en fantasiosas conspiraciones.
"Luego, durante el día, exigirá ser informado cada hora de lo que se escribe en las agencias noticiosas y de lo que se dice en la radio y en la televisión. Trabaja con el televisor encendido y pide estrategias para instalar tal o cual tema, o para bajarles línea a los periodistas, y exige que sus colaboradores llamen a los columnistas radiales o televisivos y les recriminen personalmente algún comentario o la puesta en el aire de determinada nota. Son llamadas persuasivas. El gobierno nacional es uno de los más importantes anunciantes de Argentina y aplica premios y castigos con la publicidad oficial. La política mediática es la más eficiente política de Estado de la administración Kirchner."
Aclaro, por las dudas, que luego de escribir esta nota el jefe de Gabinete tuvo la deferencia de no cerrarme las puertas de la Casa Rosada en la cara. Un extraño privilegio, en el contexto de una administración vengativa.
Las rabietas presidenciales con la prensa son por todos conocidas. Joaquín Morales Solá, José Claudio Escribano y el diario La Nación han recibido andanadas verbales casi semanalmente durante los primeros meses del año.
Lo curioso es que el gobierno de Kirchner tiene la particularidad de saber enmendar algunos de sus errores. Cuando se equivocó en el acto de la ESMA, se enmendó. Cuando se fue de boca, se enmendó. En cada una de esas oportunidades las cosas sucedieron así:
El periodismo le señalaba el error.
Kirchner se enfurecía y atacaba al periodismo.
Kirchner enmendaba el error.
El periodismo se lo reconocía.
Y vuelta a empezar.
El periodismo está para señalar los errores, y el gobierno para enmendarlos. Y el Presidente para ahorrarse esas rabietas, que tan mal le hacen al estrés público y privado.
Pero es innegable que la llegada de Kirchner a la Casa Rosada produjo cambios en el periodismo nacional. El gobierno tiene para cada medio una pauta publicitaria, un negocio, un castigo. Divide entre amigos y enemigos y discrimina con la información. Otorga primicias oficiales a los que son complacientes y deja fuera de la información a los díscolos. Y a veces llama a un periodista progre que se atreve a la mínima crítica y le pregunta: "¿Por qué le estás haciendo el juego al neoliberalismo?". Una curiosa imputación ideológica que yo no había oído en mis 25 años de trinchera periodística.