Armand Mattelart
Voy a tratar de abordar tres temas: primero quiero volver sobre los años 60 y 70. Si hago eso es porque pienso
que una causa de la despolitización en la mirada sobre el mundo es la pérdida de referencia, de una cartografía histórica.
No son sólo los comunicólogos quienes se preocupan por el surgimiento de un presente cada vez más
omnipotente. Los historiadores empiezan a interrogarse sobre este nuevo régimen de temporalidad que, finalmente, consagra
al presente como la lupa a través de la cual se ve el pasado y futuro.
Los investigadores en comunicación no se atreven a decir que la televisión no tiene importancia en eso; dicen
que ésta tiene un papel mayor porque se ha vuelto el principal instrumento de aprendizaje de la historia y, por
naturaleza, forma una mirada más emotiva que crítica, más subjetiva que explicativa, y no permite dar una categoría de
inteligencia del pasado.
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Ilustración: Brian Haeger |
La segunda parte será tratar de identificar los lugares institucionales donde se juega la suerte de la relación
entre medios de comunicación e integración y saber cuáles son sus envites.
Y la tercera parte es lo que llamaría la ciudadanización de la problemática de los medios, pero también de
la integración. Porque ésta tiene dos ejes: hay una concepción de la integración como suma de los esfuerzos
institucionales que se están tratando de crear desde arriba -como en Europa- los lazos para una comunidad económica,
cultural, política -es más difícil en cultura y política que en lo económico-.
Todos estos procesos ordinarios hacen que poco importe el avance de las instituciones: hay gente que se
reapropia esta dimensión internacional.
Puesto en perspectiva, creo que no es fácil responder al desafío de ligar dos realidades tan distintas como
América Latina y la Unión Europea, pues históricamente las experiencias de construcción del espacio cultural en estas
regiones han caminado paralelamente, incluso se han ignorado soberbiamente, y la exhortación lanzada por el ministro de
la Cultura francés de la época, Jack Lang, en la famosa Conferencia de las Políticas Culturales, organizada en julio
de 1982 por la Unesco aquí mismo, se ha quedado como letra muerta.
¿Qué proponía Lang en 1982?: "Yo creo que pertenece a cada uno de nuestros países organizarse con los
otros para oponerse a la internacional de los grupos financieros, a la internacional de los pueblos de la cultura.
Sólo combatiremos esta empresa de desalfabetización reagrupándonos, aliándonos, y construyendo, concretamente,
medios de comunicación".
La propuesta hecha por el ministro francés había quedado sin porvenir. En 1984, en efecto, dos años después de
la conferencia de México sobre las políticas culturales, se clausuraba un ciclo de toma de conciencia. Empezaba lo
que yo llamaría "la travesía del desierto para las alternativas al orden dominante de la comunicación". La
fragmentación, cada uno por su lado.
La economía en vías de la globalización tomó la delantera. La razón economista y el sueño tecnodeterminista
se impusieron: políticas de reajuste, desregulación salvaje de los regímenes jurídicos, de los sistemas y medios
de comunicación.
En este proceso, la desregulación del sistema mundial de telecomunicaciones ha sido fundamental. Todo
ese periodo fue marcado por la desmedida operación de megagrupos que explica también sus posteriores tropiezos y
los de la llamada nueva economía. Este entorno estructural parecía dar la razón a los que veían en el despliegue
del proceso de globalización ultraliberal, el horizonte insuperable en el que habían de figurar las preguntas que
se plantean a los sistemas de comunicación.
Y toda la discusión de los años 70 se fue por la borda.
A medida que se acentuaba la ofensiva del pensamiento neoliberal, un conjunto de conceptos fueron
expulsados de la referencia: hegemonía, intelectual orgánico, pueblo, clase social, Estado, y con eso entró la despolitización.
La crisis mayor de los años 80 y 90 es haber expulsado la noción de ideología, como imposición del pensamiento, de
la visión del mundo de un grupo peculiar como universal, como válida para la felicidad de toda la humanidad.
Y, finalmente, muchos en los medios académicos trataron de refugiarse dando todo el poder a los
consumidores, que adquirían la posibilidad de d terminar el sentido de todo los que veían; entonces no necesitaban de
políticas públicas.
Hubo que esperar este comienzo del siglo para que cuestiones que con el aparente triunfo del pensamiento
único se habían deslegitimado, se volvieran a plantear con más bríos: revelación de las lógicas segregadoras del
proyecto globalista; flagrante desmentido de las promesas de las tecnoutopías de la comunicación, aportado por las
crudas realidades de la intelectualidad; la irrupción de un proletariado precario intelectualmente, y de las brechas
digitales, pudorosa expresión que oculta las fuentes de la injusticia social; pérdida de credibilidad del universo mediático,
que se ha acelerado a partir del 11 de septiembre de 2001; aparición de nuevas formas de hegemonía de
naturaleza imperial en la guerra global contra el terrorismo; nuevas maneras de lucha antihegemónica planteadas por
los movimientos sociales y las sociedades civiles organizadas.
Todos estos elementos demuestran que no había nada de fatalidad global. La interpelación crítica ha vuelto
a hacerse audible, y los actores sociales -actuando en el campo de la comunicación-, visibles, porque durante
todos estos años de travesía por el desierto también, muchas veces clandestinamente, se elaboraron otras formas
de comunicación. Entonces, después de una hibernación de casi un cuarto de siglo, se vislumbra la esperanza de
convertir en una noción operatoria la definición antropológica de la cultura, dada en la conferencia de México de 1982. Es
por eso que ésta es histórica.
Ha vuelto a la palestra pública la noción de políticas culturales, de políticas públicas en comunicación, donde
se ha desafiado la tesis de que basta la autorregulación. Esta filosofía ya nos pone siempre en contra de la noción
de política pública.
Segundo punto de mi intervención, que aporta la reflexión sobre las discusiones en torno de la integración en
la Unión Europea. Hoy mismo en Francia, con ocasión del referéndum sobre la llamada constitución o, más bien,
con el tratado de carácter constitucional sobre la Unión Europea, se da una cosa totalmente inusitada en un
continente donde hay todavía muchas formas cuando se debate en el espacio público.
Los partidarios del no, que rechazan esta constitución, que finalmente sí está aprobada, llegan a
constitucionalizar el mercado, a constitucionalizar la idea de que no hay nada en contra de la concurrencia libre y falseada.
Esta constitución, que es el producto de un grupo de tecnócratas, no responde a la definición de constitución,
que normalmente en la historia del patrimonio del Estado de derecho necesita un constituyente.
Los partidarios del sí son de una gran agresividad, tanto viniendo de la izquierda como de la derecha, en contra
de todos los que argumentan, porque para ellos es motivar a través de emociones. Les doy un ejemplo: sólo una
tercera parte del tiempo dedicado a la constitución, al referéndum, está para los partidarios del no. Cuando hablo del
partidario del no, no hablo, evidentemente, de la extrema derecha.
Incluso, dentro del propio Le
Monde -que hizo una encuesta dentro de su medio periodístico- dos terceras
partes de los periodistas confiesan que hacen propaganda, que militan para el sí, y la tercera parte está en contra. Pero
estos periodistas tienen poco espacio en su propio diario.
Eso muestra que la cuestión de la integración es una cosa que se construye a través de muchas dificultades
y contradicciones.
Una condición para crear la integración es aceptar las reglas del juego de la cultura deliberativa; si no vamos
a hacer un desperdicio total del sentido de los públicos. Y por el momento, en Europa, en los países donde todavía
hay movimiento social y sindicatos que se atreven a alzar la voz en contra de la constitución, este debate es difícil
porque es la primera vez que después de 50 años ellos tienen la posibilidad de debatir.
Tercera parte de mi conferencia. Retomo una palabra que parece haber entrado aquí en el lenguaje de la
sociedad civil organizada mexicana y latinoamericana: la ciudadanización de la integración y, digamos, más allá de la
integración de este campo que nos reúne: la comunicación.
Creo que en todas partes, en medidas distintas, los gobiernos siguen mostrándose muy reticentes, al principio,
con las políticas públicas, a pesar de que este concepto se ha instalado en el centro de los debates sobre la esfera
pública. Pienso que son las organizaciones sociales y civiles las que han puesto esta cuestión a la orden del día. Podría citar su posicionamiento en la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, en diciembre de 2003; se podrían
citar sus presiones para que el Poder Legislativo cumpla con su responsabilidad de reformar las leyes de radio y
televisión, presiones que se hacen sentir tanto en la Unión Europea como en varios países europeos. Y también desde
México hasta Argentina, pasando por Brasil, donde se comprueba la emergencia de un movimiento de propuestas
ciudadanas con vistas a cambiar los sistemas audiovisuales ampliamente dominados por el sector privado comercial.
Estos proyectos, que tratan de aglutinar todas las fuerzas vivas de la sociedad, abordan el problema de la
creciente mercantilización del campo de la comunicación y cultura, y plantean la necesidad de repensar tanto el
funcionamiento del sector privado que se apropia de un bien público común que son las ondas, sin contrapartida en el sector
público, como la necesidad de legitimar la presencia de un tercer sector y, sobre todo, de asistirle también financieramente.
Los actores de la llamada comunicación popular, o de los medios libres independientes, como se llaman en Europa, o comunitarios como se llaman sobre todo en Canadá, han ampliado sus perspectivas, y ya no se
conforman sólo con reforzar sus redes y su profesionalidad cuando les dan cabida después de haber esperado tanto tiempo,
sino que se convierten en una de las avanzadas de las presiones que tienden a cambiar, estructuralmente, la
organización del conjunto mediático, que tratan de rehabilitar la idea de lo público.
Durante el Foro Social de las Américas, en julio del año pasado, hubo una declaración interesante de
las organizaciones latinoamericanas de comunicación en cuanto a que es necesario privilegiar la defensa y
promoción de lo público, porque permite el ejercicio de una cultura deliberativa que confronta y acepta diversas posiciones
para hacerlas dialogar y construir acuerdos basados en la discrepancia sobre los conflictos que vivimos.
En este sentido, hay un paso que ha sido franqueado. Pienso que el campo de la comunicación de la cultura, de
la formación de las subjetividades, se está instalando como problemática de la democracia. Y se está instalando,
también, por razones económicas. Pues la cultura, la comunicación, todos estos campos y materiales se vuelven, cada
vez más, centrales para la reorganización de la sociedad.
En este contexto, la comunicación, los derechos a comunicar, la organización de los procesos de
comunicación, tienen un papel fundamental: vuelven esencial la interpretación del derecho, o de los derechos a la
comunicación, definido como derecho de parte del público a recibir, consumir la información ofertada sobre el sistema de
los medios o, como derecho de todos, de cada uno, a recibir, pero también a producir la información y a crear
y experimentar nuevas formas de comunicación y de cultura.