Francisco Báez Rodríguez
La expedición del nuevo reglamento de la Ley de Radio y Televisión ha causado muchas reacciones. En los medios escritos, la mayoría de ellas han sido negativas y, a veces, con rasgado de vestiduras. Yo prefiero recordar que
antes del 10 de octubre no había reglamento, ver el vaso medio lleno y congratularme de que el asunto de la
legislación de radio y televisión está, por fin, en el centro del escenario nacional.
Me parece extraño que, habiendo tantos puntos controversiales, la mayor parte de los analistas se han
dedicado a la ardua defensa del 12.5% de tiempos "fiscales": a mi entender, el punto menos defendible del anterior
status quo. Tengo la impresión de que se centraron en ese punto principalmente porque Televisa lo festinó.
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Foto: Mario Aldana Pimentel |
Es cierto que el Estado nunca utilizó al máximo esos tiempos fiscales. No fue por falta de capacidad
productiva: todo promocional puede repetirse
ad
infinitum. No fue por desidia: para ahogar a las grandes televisoras se
necesita una razón de peso; el gobierno siempre prefirió la negociación, pero guardaba el bat detrás del escritorio.
Lo importante para el gobierno no era usar esos tiempos, sino tenerlos como arma de control. Lo digo por experiencia.
Televisa afirma que aquel impuesto fue un castigo por su actitud en 1968. No sé cuál haya sido la actitud
interna en Telesistema Mexicano en ese entonces: lo que sé es que, si hubo la más mínima disidencia, no se vio en
pantalla. Y también sé que esas afirmaciones de callado heroísmo no son parte del reglamento y que ahora hay bases
de certidumbre para la industria.
Buena parte de las críticas al 12.5% tiene como trasfondo otra preocupación: el miedo a que los tiempos de
Estado la media hora a la que sigue teniendo derecho se fraccionen y terminen devorados por promocionales breves,
del tipo de los del tiempo fiscal. Particularmente, el miedo a que los programas de instituciones autónomas del
Ejecutivo como la UNAM, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, o el Congreso de la Unión pierdan espacios
arduamente trabajados.
Al respecto, mi comentario va por dos carriles. El primero es que considero que ningún gobierno que se
respete debe dedicar más de 18 minutos diarios a informaciones promocionales, so pena de convertirse en una
máquina de propaganda. El segundo, que el problema para la difusión de actividades institucionales y sociales no está
en encontrar resquicios en los medios comerciales, sino en la insuficiencia de los medios públicos.
He señalado, en distintos foros, que el problema nodal de Imevisión fue no decidir el rumbo: si quería ser
una empresa comercial, que hiciera contrapeso a Televisa, o si quería ser una empresa pública, que ofreciera
programas a la población en vez de
rating a los anunciantes. La venta de Televisión Azteca resolvió el dilema. Ahora es
cuestión de fortalecer a los medios públicos, para que no tengan que sufrir por la falta de espacios en el espectro o de
recursos para la producción.
Ese, por supuesto, tampoco es un problema del reglamento. Sí lo es de presupuesto, pero sobre todo de la
ley, que debe reformarse. De hecho, desde hace más de un mes la pelota pasó a los partidos y al Congreso de la
Unión. Desde el Legislativo han sonado duras críticas al poder fáctico de la televisión. ¿Será el segundo poder capaz
de poner coto al quinto? Lo ideal sería que pensara en aumentar ofertas y en el público, más que en los partidos o
en todas las instituciones que quieren sus minutitos en el Canal de las Estrellas.
Propaganda política: más barato por docena
etcétera dio a conocer, en su pasada edición, los datos: un spot durante la campaña eletoral le costó al PRI
la cuarta parte de lo que le costó al PAN y la décima parte de lo que le costó al PRD.
La tele reaccionó de inmediato. CNI, que no tuvo parte de aquel pastel publicitario, le dio vuelo, tomando
como bandera la indignación perredista. En Televisa, en cambio, el siempre combativo
Brozo reaccionó de una manera totalmente diferente: es como cuando compras tortas, explicó; si pides grandes cantidades, te salen más
baratas. Todos sus colaboradores le dieron la razón.
Continuando con el símil brozesco, encontramos un problema. El PRI pagó menos por muchas tortas que el
PRD por pocas tortas. El IFE explicó que hay que darse cuenta que las baguettes de salmón o las tortas cubanas no
cuestan igual que las tortas de queso de puerco o las botanitas de
sandwich spread. Aunque desconocemos el detalle
del menú de cada quien, el silogismo del IFE es perfecto, con la salvedad de que algunos recordamos que, durante
el 2000, el PRI también se dio sus atracones de baguette de salmón en las cadenas nacionales en horario pico.