La "vida real" termina siendo sólo una
materia prima de la ficción televisiva
Cuauhtémoc Arista
Al espectador mexicano, como al europeo, ya le quedó claro que junto con la lógica de la guerra fría caducaron casi todas las utopías. Sólo aquella de la "democracia" mantiene su poder de convocatoria, aunque ya necesita un cambio de nomenclatura (otros dirían taxonomía o teratología) porque en su nombre se ha legitimado toda clase de simulaciones y crímenes.
Una de las utopías recientes que hace agua por el colapso del ideal que la contiene es la de la televisión de
calidad, cohesiva y propositiva que contribuiría al desarrollo de la sociedad abierta. El último texto de Karl Popper
advierte seriamente sobre los peligros de que la apertura de la sociedad estimule sin límites el poder trivializador de
la televisión. Es al menos sintomático que los editores
(La televisión es mala... FCE, México, 2000) hayan agrupado
ese grito testimonial de Popper con un texto de Juan Pablo II, cuyo pontificado mediático ha sido objeto de la
mistificación trivial de la pantalla fría y blanda que convierte las pesadillas en deseos y los valores en imágenes reiterativas,
cuyo paradójico valor de consumo radica en una novedad que dura segundos.
Por eso no comencé adjudicando el estatus de ciudadano al espectador. Frente a las pantallas mexicanas,
tenemos deberes impuestos unilateralmente y ningún derecho. Las obligaciones de todo espectador son:
a) Ser mediático en cada momento de su vida y de su muerte.
b) Adaptar sus aspiraciones, opiniones, referencias culturales, vestimenta, escala de valores y vocabulario
al estándar estrictamente marcado por la televisión, aun si su actividad como público se traslada al ámbito de
otros medios (prensa, radio e Internet). De otra manera no formará parte de la comunidad de
vendedores-consumidores que le da sentido a la convivencia social.
c) Moldear sus formas de expresión, incluida la dramatización de las emociones, a los modelos televisivos con
el fin de hacerlas inteligibles y válidas en el único reflejo de la sociedad que diariamente se actualiza y sanciona
bajo una ética definida.
La presión televisiva no es trivial como sus contenidos: si la existencia individual no cumple los formatos del
medio, no será comunicada al colectivo artificial pero diariamente erigido en consenso. No será una existencia válida
la sociedad interpretada como público. Por el contrario, el conjunto teórico denominado público, que sí se aviene
a las peculiares leyes de la existencia mediática, goza de un sentimiento de pertenencia que las televisoras utilizan
en sus guerras de rating, en sus programas "en vivo", concursos donde se paga por participar, y en sus "sondeos
de opinión" que siempre coinciden con la postura de la empresa y, curiosamente, con los del dueño
("concesionario", porque el dueño del medio es la nación, el
demos, casi lo olvido).
En una curiosa trenza semántica, esa pertenencia se convierte en un "derecho": ser consumido por la
industria televisiva en forma de extra, de concursante que desde el abismo del anonimato salta a la notoriedad que le da
una patética exhibición de atributos mediáticos (simpatía, extroversión, sinceridad e histrionismo) en la misma
tarima que las celebridades de la televisora.
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Foto: Eric Tucker/Wired |
Ese derecho se llama "salir en la tele"; mostrar irrefutablemente que la tele es el centro de poder que valida
y dimensiona la realidad cotidiana a la que pertenece la masa anónima. Pero sería inexacto decir que la tele
masifica: en realidad, uniforma la identidad de su público según estrictos lineamientos de diferencia social; el obrero
que intenta llevarse 500 pesos en un concurso de "canto" o de "actuación", los muchachos de clase media que
intentan convertirse en la nueva estrella juvenil de la "música", o los jóvenes de mayores recursos económicos que
participan en los proyectos más ambiciosos, difícilmente intercambian roles. El contenido de los programas está
determinado de antemano, por eso son programas.
Los concursantes de Big Brother en México provienen de las plazas de mayor identificación de la gente con
Televisa y padecen una sobreexposición a los medios que se manifiesta en su lenguaje, lo que significa: en su
pensamiento, su actitud y su forma esquemática de convivir. Por cierto, sus parientes firmaron la renuncia a los derechos
de explotación de su imagen de todas las maneras imaginables; recurso superfluo de la televisora porque la
legislación mexicana no protege esos derechos de manera efectiva ni parece que lo hará. No es probable que se exporte
un producto cuyas versiones holandesa o brasileña lograron impactos mayores en su objetivo de cambiar los
límites formales de canibalismo televisivo. Para los participantes basta la posibilidad de ser las personas más vistas,
pues ser mejor vistas es un objetivo más arduo y menos redituable.
Este programa sólo manifiesta una de las tendencias que configuran la televisión mundial, a la cual sigue
la mexicana con una mezcla de rezagos y actualizaciones amañadas. La fusión de los límites entre la vida y el
espectáculo, no sólo modifica la base ontológica de las sociedades "occidentales" y les abre fisuras que hacen necesaria
su apertura a la diversidad o a varios tipos de diversidad: racial, ideológica y de género (como formato narrativo).
La sociedad del espectáculo, producto de la tendencia de las aperturas comerciales y la globalización cultural,
ha llegado al punto en que ninguna revolución interna le abrirá horizontes. Lo cual no significa que a la vuelta de
la esquina resucitará la utopía de la tele constructiva, el nacimiento de un medio cuya prioridad sea la
comunicación; las profecías han sido siempre el punto débil de las disciplinas sociales.
El ámbito de las telecomunicaciones, el principal eje conductor cultural y económico de la globalización, es
el campo de batalla de las grandes corporaciones y los gobiernos que traducen sus metas en políticas de
desarrollo; por ejemplo, en un estudio reciente se advirtió que pese a ser el paladín de la apertura de este sector, EU está
detrás de Japón, Europa y los países nórdicos en los indicadores de apertura a la globalización. La experiencia del TLC
es más cercana para nosotros: se trata de un instrumento de regulación del intercambio que admite criterios
ventajosos para la nación más poderosa, lo que en la práctica resulta en proteccionismo.
El análisis específico por áreas mostraría detalles más determinantes, pero recordamos de inmediato el caso
del transporte de carga y el del atún, donde los industriales utilizaron incluso el financiamiento a ONGs ecologistas
(que se suponen contrarios a la globalización) para legitimar el bloqueo al atún mexicano. Los temores de los dueños
de las televisoras mexicanas (perdón, concesionarios) a la participación extranjera no son infundados, pues no hay
en los mercados estadounidense y europeo una apertura correspondiente. Las reglas están hechas para favorecer
la inversión, y la inversión mayoritaria proviene de las potencias. Además, esas aperturas de origen
antimonopólico favorecen de manera más radical a los monopolios que a la diversidad de empresas. Las autoridades
reguladoras de todo el mundo enfrentan cada vez mayor presión por parte de los gigantes de la telecomunicación y la
alta tecnología, pues por una parte su natural desarrollo bloquea el mercado y, por la otra, aun cuando se logra impedir la acumulación de beneficios en un grupo dominante, el mercado sigue su tendencia decadente porque la
competencia se plantea en términos de estrategia corporativa y ésta rara vez opta por la diferencia como valor de sus
productos; la novedad de hoy es un reciclaje de la novedad de ayer, por eso, lo que fue basura se convierte en lujo (sin
dejar de ser basura). El kitsch se vuelve
chic y viceversa.
El eje de la sociedad abierta y globalizada se convirtió en el ámbito económico y cultural más cerrado del que
se tenga noticia, así contenga elementos desarraigados de su sistema semántico-cultural (trivializados) para darles
un valor "universal" donde el "universo" es el lenguaje televisivo.
En México el primer puntal de la utopía que mordió el polvo fue la suposición de que la competencia
mejoraría la calidad de la televisión. La historia es demasiado triste para repetirla. Se avanzaría más si se deja de pedir al
medio lo que debe hacer el ciudadano, pero justamente puede ser este el segundo puntal caído de la misma utopía;
parece confirmarlo la respuesta de los dueños de los medios a todos los reclamos ciudadanos: cambien de canal o
apaguen la tele.
Los analistas ligados a las televisoras, que en nuestro país tienen estatus de intelectuales, defienden la
posición con el argumento de que mirar el aparato es un acto (o una serie de actos) de índole totalmente individual y
por lo tanto un campo de aplicación de las libertades que gozamos todos los habitantes de los países democráticos.
No es así, pero eso sale por ahora de nuestro tema. El caso es que ya los especialistas notaron que la competencia
de las televisoras se concentra en los llamados sectores mayoritarios, con escasa educación formal y pocos
recursos económicos personales, pero que constituyen el mercado más grande del país.
Y justamente esto es lo que debe matizarse: basta observar a los muchachos de
Big Brother para darse cuenta que su educación formal debe haberles dado ventajas técnicas en algún campo de trabajo, pero sus gustos,
su comportamiento y sus hábitos de consumo han sido moldeados por la educación informal; por ejemplo, las diferencias cualitativas en el tipo de música que consumen para definir sus aspiraciones (en un estrato pop en inglés, en el otro
grupero) quedan atrás al compartir espacios y música validada por la televisión y la
radio como tierra de nadie, es decir, como tierra de todos: ahora es rock en español, pop nacional y la música de
banda, con una derivación natural en los narcocorridos. El mercado, contemplado así, no está segmentado por la
distribución del ingreso, sino por el grado de influencia de la gran educadora informal de este país: ¿la familia? Hablemos
en serio: la tele.
Estas son las principales tramas de un enredo donde las convenciones del espacio de realización (o validación
de lo real) determinan los contenidos en tal medida que no es posible diversificar éstos más allá de la estructura de
las corporaciones y la competencia por el mercado, concentrada en unas cuantas zonas o géneros. El espectador
deja de ser el ciudadano de la democracia institucional para convertirse en súbdito de alguno de los reinos que
forman el mundo mediático, y envuelto la primera vez por la falta de opciones, suscribe voluntariamente su lealtad en
las ocasiones subsiguientes. Así, encuentra un grupo juvenil en los mensajes comerciales, en el "tema" de una
telenovela, en programas "especiales" o "conciertos", en un acto promocional de su disco en los centros comerciales,
en espacios musicales y entrevistas radiofónicas, en
chats, sondeos y spam por Internet, etcétera. Esta red
multimedia puede estar controlada por un solo grupo, pero es muy probable que su competidor más acérrimo ofrezca a los
fans o a su público la "opción" de seguir al mismo grupo (actriz, actor, locutor, deportista o político del momento)
en su propia telaraña mediática. Si el primer grupo invirtió en la exclusividad del "artista" que promueve, lo
más probable es que el competidor logre el milagro de "descubrir" un talento (y una cara y un estilo y un modo de
pensar) casi gemelo.
Cobran sentido las palabras de Baudrillard sobre la fascinación seductora de la clonación, que permite
convertir el cambio, la diversidad, en un acto sin riesgo, al "saltar de lo mismo a lo mismo". Quien gasta en Kabah gasta
en OV7 y, curiosamente, en Britney Spears, determinado tipo de ropa y los desfiles de estrellas en la pantalla
que convierte todo en un plasma que no nutre, pero refleja en su opacidad lo que el espectador debe querer
desear: un código de acceso a la existencia.
Esta univocidad infernal de los contenidos se refuerza con el avance de dos tendencias claramente definidas
en el imaginario social de nuestra época: la ficción teledramática se "alimenta" de los rostros y las historias de la
"vida real" (Mujer, casos de la vida
real; Lo que callamos las mujeres) y la "vida real" se convierte inequívocamente
en una ficción, disolviéndose en lo inverosímil y compensando este proceso con un énfasis grotesco
(talk shows vecinales e informativos,
VidaTV con su magnífico título y
El mañanero). En todos los casos la "vida real"
termina siendo sólo una materia prima de la ficción televisiva, y no la más importante. Cuando se presenta de
modo testimonial, a través de las lentes de los noticieros y de esa especie de noticiero sentimental que se vuelven
las telenovelas, los hechos de la calle y de la política se reciben como un retorcimiento de los contenidos
originados dentro del medio, como la ficción de la ficción y pierden credibilidad. Es necesario que llegue el maestro
de ceremonias (por lo general conductor y director del noticiero al mismo tiempo) para que el público juegue
correctamente y, en una voltereta cínica, participe de la desrealización del entorno mediante un sondeo, un concurso,
una adivinanza o una denuncia, todo en el mismo nivel.
Entonces los medios hacen aparecer en su teledrama perpetuo a un personaje de personalidad simple:
el teleciudadano que apoya, critica, opina... según el guión o las necesidades de producción que señale en ese momento la lucha por el mercado.