Andrés Valdez Zepeda y Delia H. Huerta Franco
Los escándalos son tan antiguos como la misma política. Uno de los primeros escándalos, que se
tienen documentados en la antigüedad, lo protagonizó Julio César ante los persistentes rumores de infidelidad de
su esposa. Otro escándalo, muy similar en la trama, fue el de Napoleón Bonaparte y su infiel mujer, Josefina.
El primero, acuñó la frase: "La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo".
Otro escándalo, muy conocido a fines del siglo XIX, lo vivió Charles Stewart Parnell, eminente figura
política de la época y líder del Partido Parlamentario Irlandés en Westminster, por su infidelidad y adulterio (John
B. Thompson, El escándalo
político, 2001).
En épocas más recientes, el escándalo Wartergate protagonizado por Richard Nixon sacudió a Estados
Unidos y concluyó con su destitución como Presidente. Bill Clinton enfrentó otro aquelarre por su relación
extramarital con la becaria Monica Lewinsky. En México, uno de los más notorios escándalos de inicios del siglo XX
lo protagonizaron 40 homosexuales y un sujeto en estado de ebriedad, quienes fueron descubiertos y
detenidos por la policía porfirista al participar en una fiesta de pleno desenfreno, lo que dio lugar a la broma y
leyenda, muy popular, conocida como el número 41.
En la política, el escándalo como un fenómeno mediático de la modernidad ha estado omnipresente. Lo
han enfrentado los alemanes ante el abuso de Gerhard Schroder por el caso del financiamiento ilegal de su
campaña. En Inglaterra Tony Blair, su primer ministro, escenificó un escándalo por la información falsa que
utilizó para justificar su participación en la guerra en Irak. En América Latina, los escándalos han estado, también,
al orden del día. Las corruptelas de Collor de Melo en Brasil y Alan García en Perú, así como los disparates
de Abdalá Bucaram en Ecuador son sólo algunos ejemplos.
En México, los escándalos no son nuevos en la política. Sin embargo, se han convertido, bajo un
nuevo formato, en acontecimientos mediáticos contemporáneos. Van desde la época de Álvaro Obregón,
quien advertía que "nadie resiste un cañonazo de 50 mil pesos oro" hasta los más recientes escándalos
escenificados por los altos directivos de los cuatro partidos políticos nacionales. El PRI por el
Pemexgate y el enfrentamiento, de cara a la nación, entre la profesora Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo. El PAN por el caso Amigos
de Fox y por el exceso en la entrega de bonos y megasalarios como gobernantes en Jalisco. El PRD por el caso
del salario del chofer del jefe de gobierno del Distrito Federal (Nicolás Mollinedo Bastar), su secretario de
Finanzas (Gustavo Ponce, el as de Las Vegas) y el presidente de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, René
Bejarano. El PVEM por los excesos, tráfico de influencias y corruptelas de su líder nacional, Jorge Emilio
González Martínez.
Estos últimos escándalos son eminentemente mediáticos, pues no sólo son provocados y transmitidos
por formas de comunicación mediática, las videograbaciones que fueron exhibidas por televisión, sino que
los actores que los difunden, en su lucha desenfrenada por el poder, buscan más que una sanción judicial
emanada de los tribunales en contra de los malos servidores públicos, como pudiera ser lo más propio, un
enjuiciamiento político por parte de la opinión pública y la sociedad.
Los escándalos mediáticos, que en su historia han evolucionado desde los panfletos y los libelos hasta
los videoescándalos, como hoy los conocemos, se generan porque actualmente los políticos son sujetos de
una más alta visibilidad y de una mayor fiscalización social, pero también porque el escándalo
"vende", periodísticamente hablando. Es decir, los aquelarres y corruptelas de los políticos, captadas en formato
digital, son divisas importantes para el medio periodístico-empresarial, que también obtiene, a través de un
mayor rating, una serie de incentivos y dividendos económicos. Esto explica la amplificación y la insistencia
mediática, que raya en el sensacionalismo, como se han tratado los últimos escándalos.
Sin embargo, los escándalos políticos no sólo son tragedias personales y embrollos lamentables de
personajes moralmente ignominiosos, sino también luchas políticas entre grupos de poder que buscan avanzar sus
pretensiones políticas a través de la destrucción de la reputación y la carrera política de sus adversarios. Dentro
de esta esfera, es como debemos entender la guerra de videoescándalos que estamos viviendo en estos
tiempos y que no tiene otro propósito, de parte de sus impulsores, que dañar la imagen y reputación de
ciertos personajes populares de la política.
Los escándalos, como fenómenos de significación social, muestran una decadencia general de las
normas morales y éticas de la clase política y reflejan la fragilidad del poder. Por un lado, revelan una decadencia
de la clase política mexicana que jura cumplir y hacer cumplir el Estado de derecho y que, ante la menor
oportunidad, usa su investidura para obtener beneficios personales, lucrando y destruyendo, con sus innobles
acciones, la confianza que la sociedad ha puesto en las instituciones públicas. Por otro lado, los escándalos
reflejan la fragilidad del poder, en la medida que dañan terriblemente la imagen y credibilidad de los políticos,
quienes súbitamente se desploman en los niveles de popularidad, valoración y aceptación de los ciudadanos.
En suma, hoy en día estamos viviendo una época de transgresiones e inmoralidades de la clase
política mexicana que llega y trasciende a la opinión pública a través de los medios de comunicación
(videoescándalos como acontecimiento mediático) y que sólo puede darse en un marco de una sociedad democrática,
donde conviven la libertad de información y la lucha política autónoma entre partidos y grupos por los espacios de
representación pública. Una época de incertidumbre y desaliento que puede representar una oportunidad
para limpiar y moralizar la administración pública y la política, pero que mal encauzada, puede llevarnos a estadios anárquicos y retrocesos autoritarios.