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Andreas Kurz  Éxito de la televisión en tiempo real


 El doble placer de los reality show


 Andreas Kurz



"Big Brother is watching you". Cuando George Orwell inventó esta frase legendaria, en 1947, seguramente no se imaginaba que, 55 años más tarde la televisión mexicana representaría a esta figura con una voz monótona y grave, sin rostro, que sale del off y da unos comandos dictatoriales medio infantiles, medio ingenuos, en muy contadas ocasiones algo sádicos, a un grupo de mujeres y hombres que habita una casa de lujo preparada por la televisora con un considerable número de cámaras y micrófonos que graban las producciones lingüísticas y corporales de los habitantes durante las 24 horas del día.

George Orwell tampoco sospechaba las dimensiones del pánico que, en 1984, causó su novela. Aunque sí me lo imagino con una sonrisa irónica cuando, en 1948, año de publicación de 1984, invirtió los dos últimos dígitos de este número, a sabiendas que para entonces ya iba a descansar bajo tierra.

En 1984 yo tenía 16 años de edad, y "Big Brother" dominó las discusiones pseudo intelectuales, acompañadas de cervezas y cigarro tras cigarro, del grupo rebelde (pelo largo descompuesto, una semana sin ducha y playera del "Che") de mi preparatoria en la provincia de Niederösterreich. El tenor de las discusiones: la realidad había dado la razón a Orwell: en 1984 el ojo del hermano grande ya estaba omnipresente, ya no había privacidad, vivíamos en un "Polizeistaat" (país-policía): así la expresión de moda en aquel entonces. Y eso en un poblado de cuatro mil habitantes en la provincia de Austria, país políticamente inexistente (Jörg Haider apenas comenzaba su carrera vertiginosa) y relacionado en América con canguros y koalas, que definitivamente no existen allá. Éramos inocentes y todavía no había reality shows. Fingimos espanto con la idea de que alguien nos observara y tratara de controlar y, al mismo tiempo, buscamos la atención de los otros con nuestra vestimenta de hippies tardíos y aceptamos plácidamente el control ejercido por padres y maestros. De hecho: éramos inocentes. Pocos años después, en Alemania, se asomó el primer intento de un programa televisivo en tiempo real: la Lindenstrasse, que narraba día por día la vida de una docena de familias en un edificio de departamentos. Cosa más aburrida pareció inconcebible, mas ­¡oh sorpresa!­ la Lindenstrasse sigue al aire hasta la fecha. El ojo de "Big Brother" empezó a ser explotado comercialmente con un éxito impactante; George Orwell una vez más resultó ser un profeta contra sus intenciones; y nuestra actitud de adolescentes inocentes, a la postre, se vio transformada ­y pervertida­ en el sistema filosófico y social de nuestros años adultos.

La gran diferencia entre 1984 y la realidad: Winston Smith, el protagonista de la novela, trata de huir de las cámaras, escaparse de un régimen totalitario; los habitantes de la realidad buscamos las cámaras y las idolatramos. Quizá el novelista inglés intuyó este desarrollo: cuando Smith finalmente se encuentra en un espacio sin observación continua, es su celda de tortura donde unas ratas hambrientas lo atacan, martirio evitable si hubiera aceptado el ojo de "Big Brother".

En un reciente homenaje que el diario español El Mundo realizó a Orwell, Jorge Volpi insinúa una relación escondida entre 1984 y el programa televisivo conducido por Adela Micha: "Quién sabe qué hubiese pensado Orwell al enterarse de que su Big Brother habría de terminar como un singular programa de televisión que no se aleja tanto de los presupuestos de la novela como podría creerse. La gran diferencia es que, en nuestro mundo posterior a 1984 y sobre todo al 11S, la tiranía no es ejercida por un dictador, sino por un sinfín de controles mediáticos".1 Tiene razón el novelista mexicano, pero hay que agregar que esta tiranía se ejerce sobre todo mediante el principio de un doble placer que atrapa y engaña tanto a los espectadores como a los actores de los medios de comunicación: placer social y erótico, por un lado; metafísico, por el otro.

Big Brother: El voyeur

Foto: Masaaki Toyoura/black+white
Ver la desnudez física y psicológica del otro genera la satisfacción del Yo. Este principio explica el éxito de todos los programas de chismes y, en última instancia, también el de los noticieros: Javier Alatorre y Joaquín López-Dóriga "ventanean" a los políticos nacionales e internacionales y afinan "la oreja" para escuchar bien los gritos desesperados de las víctimas de actos terroristas, y otros siniestros, en los países más lejanos. El público toma, tomamos, el papel del mirón, del voyeur: no suena tan brusco este vocablo francés. Mas todavía se trata de un placer muy unilateral, trunco por ende. Para que sea completo se necesita otro impulso. El voyeur debe saber que lo observan mientras observa, y viceversa: el exhibicionista debe saber que cerca de él hay un voyeur que lo observa y que sabe que su objeto de observación se dio cuenta de su presencia. Sólo así se cierra el círculo de la muy compleja interrelación entre voyeur y exhibicionista. He aquí el principio de los reality shows, cuya iniciación en México no en balde se tituló Big Brother. El hermano mayor vigila y observa a sus menores; para que esta vigilancia sea eficaz, los dos participantes en el juego se ponen de acuerdo, aceptan sus papeles de voyeur y exhibicionista. El concepto originalmente erótico, que implicaba placer para todos los participantes, se transforma de esta manera en una relación entre juez y acusado, lo que consecuentemente origina culpa y castigo.

La televisión se aprovecha del castigo para asegurar el placer del público, es decir, Big Brother manipula la relación placentera de voyeur y exhibicionista. "La chiva", ganadora de la segunda serie del programa de Televisa, ilustra las interrelaciones descritas: Big Brother aprovecha un juego de los habitantes y la castiga (a ella y a los otros) y le ordena que se desnude. Para "La chiva" este castigo es un placer. Nunca dejó duda acerca de sus tendencias exhibicionistas, y puede disfrutar un público que se cuenta en millones. Su desnudez física asegura el placer del televidente (voyeur). Éste sabe que si vota en favor de "La chiva" puede prolongar su placer. La satisfacción de "La chiva" se multiplica, pues no sólo disfruta del exhibicionismo, sino también de sus posibilidades de ganar mediante éste una buena suma de dinero. Se trata de un ejemplo muy corporal; no obstante, si ponemos en lugar de desnudez física desnudez psicológica, el resultado es el mismo, con la sola diferencia de que requiere de más atención intelectual por parte del voyeur-espectador.

En realidad este principio no es nada nuevo, se conoce y se describe desde más de un siglo. Nuevos son el cinismo y la intencionalidad con los que la institución pública televisión se aprovecha de él.

El fenómeno surge necesariamente con la aceleración de la vida diaria, con el crecimiento desmesurado de las ciudades, cuyos habitantes viven cada vez más en el anonimato. Se analiza y describe en Francia a partir de 1850 aproximadamente (remito a la poesía urbana de un Baudelaire), en México algunos años más tarde, y siempre en relación con la capital. Se trata de una aceleración que al inicio del tercer milenio nos puede parecer risible, o idílica: tranvías que recorren el DF a la velocidad vertiginosa de 30 kilómetros por hora, una población total de medio millón a finales del XIX, la distribución de noticias a través de un sinfín de periódicos que informan de los hechos "sólo" 12 horas después de su acontecimiento. ¿Un idilio? Sin duda. Pero uno que inicia un sistema social que hoy nos rige a todos.

Manuel Gutiérrez Nájera, uno de los primeros escritores profesionales de la literatura mexicana, vive estos inicios y los absorbe como pocos otros. En su Novela del tranvía (1882) da la receta para un reality show de finales del siglo XIX, cuyos ingredientes, 120 años después, siguen siendo válidos. El flaneur se sube, sin tener un destino fijo, a un tranvía y empieza a apropiarse de las vidas de sus compañeros de viaje. Un hombre mayor de aspecto pobre y honesto lo inspira a reflexiones muy serias: se casará con una de sus hijas ­pobre y honesta, por supuesto­ para formar un hogar tranquilo y feliz. Nunca sabrá si tales hijas realmente existen, pero ¿qué importa? El voyeur Gutiérrez Nájera se formó una realidad mucho más convincente que el área que está fuera de la observación, del ojo de "Big Brother". Cuando el señor baja del tranvía, el narrador comenta: "La verdad es que mi suegro, visto a cierta distancia, tiene una facha muy ridícula [...] ¡Pobre hombre! ¿Por qué no le inspiraría confianza? Si me hubiera pedido algo, yo le habría dado con mucho gusto estos tres duros. Es persona decente. ¿Habrán comido esas chiquillas?".2 El choque entre las esferas del voyeur y de su objeto de observación se produce repentinamente y de forma brusca. Al espectador le queda una imagen borrosa de la vida del otro, la distancia entre voyeur y exhibicionista ayuda a esconder las imperfecciones de lo observado. Afortunadamente, ya que otra condición imprescindible de la relación en cuestión es su ficcionalidad, es decir, el otro observado nunca debe integrarse al Yo observador. La narración de Gutiérrez Nájera es lúdica, el narrador sabe que, cuando baja del tranvía, va a ser el mismo de antes, sus elucubraciones son un pasatiempo juguetón, nada más, y nada menos, ya que este juego es al mismo tiempo la comprobación de que las esferas ajenas son manipulables: el Yo "sobrevive" al otro, se afirma en su individualidad, lo que sólo es posible a sabiendas de que el otro aceptó su papel en el juego: el observador que sabe que lo observan mientras observa. Gutiérrez Nájera es un voyeur existencialista, necesita sus escapadas en el tranvía, o sus paseos por la Alameda, para cerciorarse que sigue siendo Gutiérrez Nájera.3

Un ejemplo más drástico, que ya se anticipa al placer metafísico de Big Brother, lo proporciona José Juan Tablada. En 1912 el poeta modernista observa, desde la plataforma de un tranvía parisiense, el brutal asesinato de una mujer del submundo de la capital francesa. La descripción del crimen, con algún lujo de detalles, no muestra ni espanto ni indignación por los hechos observados, sino sencillamente el alivio de haber sobrevivido tal espectáculo. Ser el voyeur de la muerte de otro causa en Tablada la más positiva afirmación de la vida: "... el epílogo coagulado en sangre del eterno drama, de ese eterno amor".4 Me temo que en este episodio se encuentren las últimas consecuencias nefastas de los reality shows: obsevar el morir ajeno, gozar de la propia supervivencia y reafirmar de esta manera una muy ilusoria invulnerabilidad. Desgraciadamente este exceso ya es realidad en páginas de Internet que muestran (a veces fingidos, a veces reales) asesinatos, cuyas víctimas son con preferencia mujeres jóvenes, con lo que la red va mucho más allá de la pornografía más sucia.

Lo que en Gutiérrez Nájera se manifiesta de una manera lúdica, y en Tablada de un modo muy trágico, sigue siendo el principio del concepto Big Brother, es decir, de la red interrelacional compleja tejida entre voyeur y exhibicionista. Repito: el sistema político totalitario descrito por George Orwell necesita de ciudadanos que se saben observados. Si no, ¿qué chiste? Los habitantes de la casa de Televisa siempre tienen que estar conscientes de la presencia de las cámaras, que simbolizan a los millones de voyeurs frente a sus televisores. Si realmente no se dieran cuenta de ellas, como casi todos los habitantes afirman tarde o temprano, el programa perdería por completo su atractivo para actores y espectadores.

Big Brother. El sobreviviente

El año pasado la revista europea Lettre International durante varios meses dejó un espacio amplio a una discusión sobre el impacto real o irreal de los atentados del 11 de septiembre. Participaron escritores y pensadores de la talla de Eliot Weinberger, Tariq Alí, Samuel Weber y Jean Baudrillard. Casi todos los articulistas, sin importar su actitud en contra o en favor de EU, subrayaron el carácter mediático de los actos terroristas. Los días fatídicos del septiembre de 2001 vieron el estreno del reality show más exitoso y mejor puesto en escena en la historia de los medios de comunicación. No se me malinterprete. No creo en las teorías que propagan que la administración Bush organizó la catástrofe, ni creo que Bin Laden sea un agente pagado por la CIA. Sólo estoy convencido de que la caída de las Torres Gemelas reveló el carácter metafísico que los medios de comunicación, la televisión en primera fila, han obtenido en Estados Unidos, y ­aunque no le guste a un europeo admitirlo­ fuera de ellos.

Jean Baudrillard se vio atacado por un gran número de intelectuales europeos y estadounidenses por su ensayo "El espíritu del terrorismo", publicado en Lettre International, núm. 54. El pensador francés afirma que "nosotros habíamos soñado con este evento, todo el mundo, sin excepción, había soñado con él, porque nadie puede evitar soñar con la destrucción de un poder hegemónico [...] Es un hecho que se refleja en la violencia patética de los discursos que lo quieren hacer olvidar. En un caso extremo se puede decir que ellos lo han hecho, pero que nosotros lo hemos querido".5 Hemos querido, hemos ansiado ver el espectáculo de las Torres Gemelas cayéndose como en cámara lenta. Estas afirmaciones eran demasiado para muchos lectores del francés. Mas la clave para evaluar justamente a Baudrillard está precisamente en la palabra espectáculo. Samuel Weber refiere a otro pensador francés para defender a Baudrillard: a Guy Debord y su teoría del espectáculo, elaborada hace 35 años. Debord establece la relación entre espectáculo y espectador. Éste, frente al televisor, al diario, al radio, se genera como un ente completamente aislado del espectáculo y de los otros espectadores. Al mismo tiempo el espectáculo une a los entes separados sin obligarlos a tener un contacto real, forma una sociedad de espectadores unidos y aislados a la vez, en la cual nadie tiene que renunciar a su individualismo, pero la que permite una existencia en comunidad sin correr el riesgo de enfrentarse al otro. Vale la pena traducir aquí un pasaje de Debord, citado por Weber: "El espectáculo no es otra cosa que el lenguaje común que franquea la separación. Los espectadores, en sus relaciones mutuas, se unen, a través de una calle de dirección única hacia el centro, con el espectáculo, el que mantiene la separación e individualización entre ellos. Entonces el espectáculo une lo separado, pero sólo lo une en su separación".6

De nuevo nos encontramos frente al mecanismo del reality show, frente a la relación entre voyeur y exhibicionista. En un contexto puramente sexual, el voyeurismo pierde todo su encanto si, en un caso muy inverosímil, se consume una relación íntima con el objeto observado, con el exhibicionista. La unión entre los dos participantes en este juego debe respetar las reglas de Debord: la unión dentro del marco de la separación. Esta unión se debe efectuar en un lugar artificial, en el espacio deshabitado que separa el voyeur del exhibicionista. Los dos, por ende, están en un lugar sin la necesidad fastidiosa de su presencia física. Por otro lado, las mismas reglas produjeron el reality show "Torres Gemelas" (ojalá primera y única serie). Para los espectadores en todo el mundo la catástrofe se llevó a cabo exactamente en este lugar desértico y ficticio entre el World Trade Center y el aparato de televisión, donde se situaron las cámaras para reunir a millones de individuos que gozaron un espectáculo en el ambiente de un muy agradable aislamiento. Además tuvieron la posibilidad de ser testigos de miles de muertos (en los atentados mismos y en las consecutivas guerras) y de afirmar de una vez por todas: ¡Sobrevivimos también esto! Por el inmenso alivio de poder afirmar esta victoria individual habíamos soñado con los actos terroristas. Así las palabras duras de Baudrillard se explican de una manera muy humana, demasiado humana.

Foto: Newsweek
Romper el marco de la separación en este caso sería letal. Se desarrolla la convicción de ser invulnerable. Se genera un impresionismo vivencial engañoso. Los acontecimientos históricos y particulares, las grandes y pequeñas catástrofes, pero también los grandes y pequeños placeres vistos desde lejos, a vista de pájaro, dejan de incomodar, ya no infunden miedo ni alteraciones nerviosas demasiado fuertes. El status quo se establece de una vez por todas. No importa en este contexto si éste se llama sueño americano, vida hogareña o bohemia, paraísos familiares o intelectuales; el ojo de "Big Brother", es decir, las cámaras de CNN y muchos otros, garantizan su persistencia y mantienen el oxímoron existencial de la unión separada.

Es inevitable que los reality shows sigan su carrera exitosa, en formas todavía no previsibles, pero seguramente espectaculares. Es de temer que acontecimientos políticos del futuro, así como el diálogo intercultural con el que muchos intelectuales y artistas soñaron desde décadas, sean afectados por este desarrollo. Ni modo: es inevitable, pues ­en últimos términos­ "sólo" refleja la necesidad del individuo de autoafirmarse en el anonimato de ciudades cada vez más pobladas, de sentirse vivo y hasta cierto grado aun inmortal, sin tener que rozarse con el otro, pues este contacto podría producir sensaciones incómodas y peligrosas.



Notas

1 El artículo de Volpi se publicó el 19 de junio de 2003 en el suplemento El Cultural.

2 Manuel Gutiérrez Nájera, "La novela del tranvía", en Cuentos completos, México, FCE, 1987, pp. 208-215.

3 Dejamos, a propósito, fuera del juego los más de 20 pseudónimos que usó Gutiérrez Nájera en sus obras periodísticas, pues estas otras identidades complicarían el asunto de manera demasiado borgesiana.

4 José Juan Tablada, "Fantasmas de apaches", en Obras III. Los días y las noches de París, México, UNAM, 1988, pp. 161-165.

5 Citado por Samuel Weber en su ensayo "Türme und Höhlen" (Torres y cavernas), en Lettre International, núm. 58, noviembre 2002, pp. 18-22. La traducción es mía.

6 Idem.


Andreas Kurz (Austria, 1968) es maestro en Literatura y Lengua Hispanoamericanas por la UDLA-Puebla. Es profesor de Literatura en el Tecnológico de Monterrey.
Correo: ankurz@avantel.net

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