"Ese lentísimo señor presidente"
Bettina Martino
La relación de Fernando de la Rúa con los medios fue conflictiva desde el principio. La falta de celeridad para
tomar decisiones frente a una crisis que avanzaba como una bola de nieve fue el principal motivo para que la
expresión "excelentísimo señor presidente Fernando de la Rúa" la forma protocolar de anunciar al primer mandatario
fuera rápidamente sustituida por la jocosa
"ese lentísimo señor presidente Mermando de la
Rúa". La falta de reflejos del Presidente también fue motivo para que en su "honor" la televisión hiciera una sátira del
Big Brother.
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Foto: Newsweek |
El primer mandatario, calificado con el mote de autista, fue objeto
de una excesiva caricaturización donde el
rasgo sobresaliente, exagerado, fue su falta de reacción, su retardo frente a los acontecimientos, sus
respuestas extemporáneas, característica que mantuvo hasta el final de su mandato, cuando al día siguiente de la
represión en la Plaza de Mayo y la declaración del Estado de sitio, luego de su renuncia, desconocía la cifra de 28
muertos, algunos de los cuales fueron vistos por millones de argentinos en las pantallas de sus televisores.
Como si su propia imagen fuera poca, el ex Presidente resultó escasamente beneficiado por las declaraciones
de su propio entorno: luego de que a De la Rúa se le practicara una "angioplastia" de urgencia, el mismo ministro
de Salud amigo personal del Presidente declaró a la prensa que éste sufría de "artereoesclerosis". Como
decimos en Argentina, siempre plagada de referencias al futbol y al balón, el ministro "la dejó picando" justo para que
los medios metieran un nuevo gol. Durante semanas periodistas, animadores, locutores y hasta
modelos-conductoras se nutrieron de tan infeliz exabrupto para explicar por qué el Presidente funcionaba en cámara lenta mientras
que la debacle económica y social lo hacía a la velocidad del Concorde.
Tal vez la crítica televisiva que más preocupó al gobierno fue una sátira del
Big Brother donde sus integrantes eran políticos de diversa extracción, tanto oficialistas como opositores, funcionarios problemáticos y hasta la
primera dama. Paralelamente a la emisión del
Gran hermano verdadero en la televisión argentina, Marcelo Tinelli
conductor y productor televisivo muy exitoso, montó su versión denominada
Gran cuñado (en alusión a tal familiar de
De la Rúa, cuyas actividades poco claras le trajeron varios dolores de cabeza). Los integrantes de la casa eran los
políticos en turno, personificados por actores hábilmente maquillados. Así como en la versión original debían sortear
ciertas pruebas, además de ser nominados y echados de la casa uno por uno por el voto de la gente. En la
representación, el Presidente se caracterizó por aparecer siempre descolgado de todas las novedades, por su lentitud para
comprender las reglas del juego (su esposa aparecía constantemente a manera de "traductora"), siempre retrasado
y debiendo ser informado de los acontecimientos por sus compañeros de juego. Pero quien realmente hacía
capote era el personaje de Carlos "Chacho" Alvarez, el vicepresidente renunciado de De la Rúa. En la parodia,
Alvarez aparecía frecuentemente con las valijas armadas tratando de huir desesperado por cualquier ventana o
puerta abierta.
Gran cuñado ostentó altísimos índices de audiencia y tuvo su segunda edición:
Gran cuñado II.
En otra ocasión, en el mismo programa, el Presidente fue atacado en persona por un familiar de un grupo
de presos que se encontraba realizando una huelga de hambre. Lejos de ser cubierto por su guardia, el
primer mandatario fue salvado por el "oso Arturo", un actor disfrazado que forma parte de la escenografía.
Este tratamiento "irrespetuoso" recibido por el mandatario mereció las declaraciones de sus asesores de
imagen pidiendo un poco de respeto a la investidura presidencial. Sin embargo, la mayoría de los especialistas y
periodistas relevantes consultados en el país no dudaron en coincidir en que el principal libretista de los programas de
humor y las bromas subidas de tono en cualquier género televisivo fue el gobierno mismo.
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Pero cuando todo comenzó a salirse de control ni siquiera los medios estaban preparados. Lejos de los
análisis y consideraciones tan frecuentes en los últimos días sobre las medidas económicas y el rumbo asumido por
el gobierno, matizadas con la opinión jocosa sobre las deficiencias mentales de sus integrantes, el periodismo
asistió tan atónito como los espectadores a la feroz represión policial en la Plaza de Mayo. La reacción de la policía
federal frente a los manifestantes estaba fuera de toda previsión, incluso para los mismos medios, que desde la declaración del Estado de sitio llamaban a la calma a los ciudadanos. Si bien con las imágenes de cada canal, los relatos de
cada radio y las crónicas de los diarios la audiencia pudo unir como en un rompecabezas las piezas de los
acontecimientos, todos los medios de comunicación coincidieron en la sorpresa de los hechos y su brutalidad.
Todo Noticias, por ejemplo, quedó situado del lado de la formación policial, mientras que
Crónica TV situó sus cámaras justo
en medio de los manifestantes, pudiendo registrar de manera impactante el atropello policial.
Desde ese momento, contrariamente a la acostumbrada adecuación de los políticos al lenguaje de los
medios, éstos abandonaron por un momento la tiranía del mercado, los tiempos propios, la estética de lo televisable
y estuvieron presentes en los escenarios "naturales" de cada actor social: largas horas de cacerolazo (consistente
en golpear insistentemente utensilios de metal) frente a la casa de gobierno, de represión policial, de sesiones de
la Asamblea Legislativa luego de la renuncia presidencial, fueron transmitidas casi sin edición y sin el respeto
habitual a los tiempos televisivos o radiales.
Atentando contra los axiomas más básicos de la comunicación comercial, los extensos discursos de los
legisladores fueron televisados desde el Congreso Nacional, sin más escenografía que un montón de bancas ocupadas por gente y sin mayor movimiento de cámara que el paso del plano fijo de un diputado a otro. Los que antes "no
daban cámara" ahora también tienen visibilidad pública. Los que no podían adecuar su lenguaje y la extensión de
sus alocuciones a los tiempos radiales también son escuchados.
Por un momento, aunque esto no entusiasme ni dé esperanzas a nadie respecto de la forma de
funcionamiento de los medios a futuro, las declaraciones y respuestas de los políticos son desmentidas, reformuladas o al
menos puestas en duda. Habiendo tomado conciencia de la gravedad de la situación se evitan las expresiones antepredicativas ("se rumora que...", "fuentes bien informadas dicen...") que, escudadas en los actos de enunciación más que
en los enunciados a efectos de ganar la carrera del
rating, evitan confirmar las fuentes. Cada afirmación de los
medios puede desencadenar corridas de la gente a los bancos o a los supermercados, por lo cual se advierte mayor
cautela en la entrega de información y mayor prudencia si se trata de datos sin poder constatar en su totalidad.
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De la Rúa Foto: Time |
Pero si de algo han servido los medios es para dar a conocer las caras del espanto. Así como las plantas
se caracterizan por el llamado fototropismo positivo (buscan constantemente la luz que les asegura la
subsistencia), los políticos en Argentina como en otras partes del mundo ostentan desde
hace tiempo un "teletropismo positivo" que se les ha vuelto en contra. La mayoría de los funcionarios, otrora afectos a las cámaras, hoy no pueden salir
a la calle o reunirse en lugares públicos, pues su imagen repetida en las pantallas de los televisores los hace
rápidamente reconocibles.
Un ministro de Justicia del gobierno de Carlos Menem fue echado por una multitud de una plaza
comercial porteña, un ex gobernador de provincia invitado a retirarse de un club, tres actuales ministros obligados a
subirse a una patrulla y huir despavoridos frente a la bronca de la gente que los reconoció y un asesor del ex ministro
de Economía Domingo Cavallo atacado a golpes al bajarse de un taxi, entre otros episodios. Gracias a su
presencia mediática (o, por desgracia, según desde dónde se lo mire) los políticos son rápidamente reconocidos y ya casi
no pueden caminar tranquilos por las calles. Hay bares con carteles que rezan: "prohibida la entrada a elefantes
y políticos" y hasta un restaurante de la provincia de Mendoza niega el ingreso a estos últimos hasta tanto se
habiliten los comedores infantiles. Algunos empresarios, también asiduamente televisados, deben excusarse al ser
confundidos con funcionarios.
Hoy, la tragedia del país convive con los programas de chismes y las emisiones veraniegas, que se lamentan
con los lugares comunes y las frases hechas escuchadas en cualquier café o almacén de barrio. La referencia es
obligada antes de pasar rápidamente al romance farandulesco o la pelea entre vedettes. Sin embargo, el eco de las
cacerolas de la Plaza de Mayo todavía resuena y se multiplica en cada barrio ante cada injusticia. La bronca de los
"caceroleros" es hoy la espada de Damocles de los funcionarios. Y los medios están atentos a ello, aunque deban renunciar a
sus programaciones habituales y a sus rígidas lógicas de funcionamiento.
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Cacerolazos electrónicos
Lo sucedido en Argentina desde mediados de diciembre no sólo ha ocupado el espacio de la prensa, radio
y televisión, como reporta en su texto Bettina Martino. Internet y el correo electrónico han sido también un
amplio foro donde los argentinos vierten sus opiniones o, de plano, denuncian la situación económica y política en su
país. Poco antes de terminar el año hubo convocatorias para salir a la calle a manifestar repudio contra los
gobernantes, testimonios personales acompañados de fotografías, denuncias de enriquecimiento y corrupción de
funcionarios públicos, así como análisis y propuestas para cambiar el modelo económico argentino y para discutir "la
nueva República". Por otro lado, algunas páginas en la Web, como http://argentina.indymedia.org, presentan
testimonios, fotografías y videos de las jornadas del 19 y 20 de diciembre pasado.
Como sostenía un artículo publicado en el diario bonaerense
Clarín a principios de enero, el e-mail político
ha llegado para quedarse.