Lo que ayuda a construir esta conversión de los medios no es sólo esa brega constante contra el sistema político
y contra el poder. Es también ese mal hacer de los políticos, mezclado con el seguidismo de medios e intelectuales
a las formas autoritarias de control social de la opinión pública, que ha vuelto lo políticamente correcto en un
arma letal contra los que opinan distinto. Esa opinión pública que no representa la razón sino que se asume como
presión del más fuerte, del que puede imponer sus argumentos al otro. Y el más fuerte en este caso no se refiere a
las instituciones políticas sino a sectores sociales que imponen sus puntos de vista a otros sectores sociales, que
impiden la expresión de las opiniones que disienten de los consensos políticamente correctos, sostiene la misma
Edurne Ituarte. Esto lo vivieron los socialistas españoles en una época en que lo políticamente correcto era atacar al
gobierno socialista de Felipe González. Por encima de cualquier razonamiento, dice Ramón Cotarelo: "Los medios
habían conseguido que calara la idea de que la mayoría de la opinión pública estaba en contra del gobierno socialista
y repudiaba con el mismo frenesí la larga lista de escándalos y corrupciones, etcétera, de tal forma que los
discrepantes no se atrevían a manifestar su opinión en público por miedo a quedar excluidos de la mayoría o a sufrir algún tipo
de estigma o de agresiones". (Citado por Edurne Ituarte.)
Es decir que en el incipiente México democrático, muy rápidamente se inauguraron el modo mediático del
ejercicio del poder y un ejercicio mediático del poder. Este fenómeno dual ha cambiado la política y a los políticos, y se
ha creado una tremenda confusión en la relación que debería prevalecer entre unos y otros. Ahora los políticos
tienen un escollo muy grande que son estos medios y con estas pretensiones. Y los medios, creyendo poseer un
nuevo estatus político, se enfrentan a las tempestades de sus éxitos, como lo han demostrado los flujos y reflujos de
mareas que los inundan con procesos incontrolables como el fenómeno de López Obrador y las manifestaciones como
las del propietario de TV Azteca. Creyeron que sofocarían la popularidad del gobernante capitalino y éste
terminó quemándoles su agenda e imponiéndoles la suya.
Un colofón con vocación de ciudadano
Aceptar como Bernard Crick que los periodos de transición siempre le cobran un alto precio a las sociedades, tiene la ventaja de que ratifica que la democracia se significa como un componente de una política libre, para
hacer posible que las naciones experimenten mejoras y avances en la construcción de un sistema de gobierno estable y
de un orden razonable.
La política democrática se sustenta en instituciones, en partidos y en leyes para garantizar la representatividad
de las mayorías y los derechos de las minorías. El análisis de los sistemas que han surgido en las últimas dos
décadas muestra diferencias en el desarrollo de esas instituciones y de esas leyes que son las que sustancian la política como "una excelente y civilizadora" actividad humana.
La evolución de la política y de la democracia en la etapa contemporánea ha llevado a consolidarlas como un asunto de los ciudadanos, de los políticos y de las instituciones. Pero el problema es que al mismo tiempo los medios de comunicación crecieron aceleradamente e hicieron notar con vehemencia indiscutida su mayor influencia entre los ciudadanos. En forma simultánea, el avance de las comunicaciones y de las tecnologías provocó cambios en la forma de gestionar la economía y las finanzas a nivel del globo, y todas las mudanzas sociales y culturales que siguieron, modificaron los vínculos del Estado con los ciudadanos y obligaron a buscar mecanismos más eficaces para fortalecerIos y lograr su apoyo electoral.
Los gobernantes asumieron la importancia de ese vínculo con los medios, precisamente con la idea de ganar la confianza de la opinión pública y mantenerse en el poder. Ya vimos el papel positivo de los medios pero vimos cuán grande es su déficit frente a la democracia. Por eso ahora, el gran problema de vincular los medios a la política -y por ende a los políticos- es que en la sociedad actual su relación se ha tomado mutuamente instrumental. Cuando deje de serlo, cuando cada uno asuma su papel, las cosas tomarán otro cauce. Por ahora no, el ciudadano está contento que se siga castigando a los políticos. Eso fue lo que les inculcaron quienes se encargaron de derrumbar el viejo sistema político. En 2000 llegó a la Presidencia un personaje más empresario que político con una consigna que se convirtió en verdad histórica, consistente en que los 70 años de antiguo régimen habían sido una pérdida irreparable para todos los mexicanos. La aseveración fue una frase incontestable que le obvió a mucha gente el análisis del pasado. Ninguna sociedad que se tragó el anzuelo de ese pasado ominoso puede ser eximida del pesimismo que hoy priva en nuestro país, ni de la dificultad de redimir a la política ni a los políticos de tamaña responsabilidad. Al menos por un tiempo.